Reaparezco en una ciudad del siglo XX. Aquí, según me informan desde los primeros momentos al llegar, hay una epidemia de ceguera. Toda persona que vea a un ciego se queda ciega. Yo permanezco ajeno a lo que sucede. No quiero ver a nadie. Las calles están pobladas de gente desesperada porque acaban de perder la vista. Corren, tropiezan, caen. Se ponen de pie. Vuelven a caer. Hay un caos reinante disperso en toda la ciudad. Nadie sabe la causa. Yo cierro los ojos. Me lo dijeron claramente: si ves a un ciego, en ese momento te vuelves invidente.
En medio del caos, sin embargo, me es imposible no mirar. Por la acera de enfrente veo una fila de cinco personas que, tomadas de la mano, caminan. Van guiadas por una mujer. Es extraño: los veo y no quedo ciego. Puedo ver que la guía de aquella fila de ciegos camina como si ella conservara su vista intacta. Luego de ella va un hombre que, por su vestimenta, parece médico. Después, una mujer de falda corta y lentes oscuros. Enseguida, un niño como de nueve años. Y al final, un hombre mayor que lleva un parche en un ojo.
Contraviniendo toda lógica, me acerco a ellos. La mujer me mira y ahí corroboro mi sospecha: ella no está ciega. Algo le digo.
—Soy la única —contesta—. Todos los demás están ciegos; esa es la pandemia de nuestro tiempo. Que teniendo los ojos muy abiertos, con la ciencia y la tecnología en su máxima expresión, no ven, no vemos.
Y afirma, conmovida:
—Somos ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven. Y retírate, por favor, antes de que también te suceda.
Yo quedo sin hablar. Ellos siguen como si huyeran de algo o de alguien. Para evitar la tragedia, haciendo caso a las palabras de la mujer, ahí a media calle, de pie, cierro los ojos.
7
Esto parece un desierto. Es un desierto. Arenal es el horizonte. No sé cómo es que vine a caer aquí. A lo lejos veo una tenue luz. Voy hacia allá. Al acercarme, me sorprendo al ver un avión varado en la arena. ¿Un avión en el desierto? Un hombre se esfuerza por acomodar piezas en una parte de la aeronave. Se nota cansado. Junto a él está un niño vestido de príncipe. No puedo creerlo. Cuando se lo cuente a Ale no me lo va a creer. Es el Principito. Algo le dice al hombre, quien, entretenido en su quehacer de arreglar lo averiado, le dice:
—Espera, espera, en un momento más conversamos.
El Principito se aleja. Sin que me vea, lo sigo. Hoy es mi día de suerte porque justo hoy es cuando el zorro espera al pequeño príncipe. Y soy testigo; no me lo crean, pero así fue.
—Dime, pues, lo que habías prometido —dice el niño.
Y el zorro dice con una voz ronquita, como la mía cuando se anuncia una crisis de asma:
—He aquí mi secreto. Es muy sencillo: lo esencial es invisible a los ojos; solo se puede ver con el corazón.
El niño príncipe se sienta. Está feliz y triste.
—¿Es posible eso? —Sin pensar, hago la pregunta en voz alta. Me delato yo mismo.
El Principito me mira.
—¿Qué haces aquí?
—Hola, mi nombre es…
—¿Qué haces aquí? —vuelve a preguntar, ya que él nunca dejaba una de sus preguntas sin respuesta.
Bueno, al verme descubierto, quedo sin habla. Y en el último momento, hablo:
—¿Qué hago aquí? ¡Vivir!
—Ah, ¿y solo eso?
—Sí, vivir lo es todo. Es estar. Mirarnos. Ser.
—Ah —volvió a resoplar—, y pensar que yo debo volver a mi lugar de origen.
Creí recordar su historia.
—No te pongas triste; serás inmortal. Todas las generaciones hablarán de ti, te reconocerán.
—¿Y qué ganarás o ganaré con eso?
—Niño, entonces, de algún modo pervivirás; nunca te irás del todo.
8
Esta vereda me trajo hasta el río. Allá en sus orillas, un niño juega con sus hermanos. Yo le llevo algunos años, los suficientes para recordar vívidamente aquella visión. Es Baudelio Camarillo, quien apenas en un parpadeo pasa a la pubertad y enseguida a la edad adulta. Entonces describe al Guayalejo de sus recuerdos de esta manera: “Es un río solitario en el pecho caliente de este trópico. La luz que entra en sus aguas olvida pronto el cielo”. Es entonces cuando nos conocemos.
Es el momento cuando puedo acercarme. Él no recuerda aquel encuentro. Es lo que sucede con todos, sin excepción, los personajes de estos relatos. Ninguno de ellos recuerda mi presencia ni mis pláticas, a pesar de que para mí ha sido tan significativo cada encuentro. Incluso cada uno me ha incitado a escribirlo por si llega el día en que tampoco yo pueda recordarlo. No obstante, su río no lo olvida: “Peces fuertes del agua son nuestros corazones lejos de esta corriente. Un enorme sabino con tres siglos de sombra hunde sus largas ramas en el río”.
Nos vimos, Baudelio y yo, ganarle años a la vida. Ahora, luego de tanto tiempo que nos parece poco, sigo escuchando su voz en el viento que proviene de las hojas de sus libros: “El verde de estas aguas no se marchita nunca en nuestros ojos. Aquí nacimos. El barro que ahora somos se amasó con esta agua y el aliento de Dios no pudo desprendernos de esta tierra”.
—Muy querido amigo —me dice.
Yo lo interrumpo de la mejor manera que sé hacerlo: dándole un abrazo.
