LAS CHICHARRAS

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POR CARLOS ACOSTA

Para Jacobo Castillo Cervantes

Ayer, ya de noche, escuché otra vez a las chicharras. Mientras me preparaba para dormir, sentado ya en la cama, llegó a mis oídos el inconfundible canto. Permanecí un buen rato ahí, nomás oyendo. Luego, dije a mi mujer: ahorita vengo, voy a salir al patio. ¿Y eso?, se sorprendió. Quiero respirar un poco de aire fresco. ¿Aire fresco en junio, con estos calorones? Sí, enseguida vuelvo.

 

Me encontré con una noche muy oscura. Ni luna ni estrellas, arriba. Más bien, parecía una sola nube, del tamaño del cielo, que lo cubría todo. El eco lejano, de unos truenos, algo bueno quería predecir. Del aire fresco, pues, la verdad, nada. Con las muy altas temperaturas de los últimos años, ya nos anda. Pero algunos, dizque, críticos, todavía niegan el cambio climático. Pero, bueno.

 

Como decimos aquí en el pueblo, paré la oreja. Había un silencio, absoluto. Eso, me gustó. A lo lejos, las chicharras. Su canto lejano, poco a poco, se fue oyendo cada vez más cerca. Hasta que me pareció, que estaban a unos pasos de mí. Aquí, a media cuadra, hay un almendral. Ahí han de estar algunas. Me alegraron la noche. Ya tenía un buen tiempo, que no las oía. 

 

Aquí, en Tampemol, decimos que las chicharras cantan, por madurar las ciruelas. En otros lugares, se cree que, con sus cajitas de resonancia, sus timbales, llaman a la lluvia. Las chicharras, estridulan, para que llueva, dicen. Es lo mismo. Los ciruelos, ya están tupidos de ciruelas. Pero todavía, verdes. Con una agüita que les caiga del cielo, seguro se maduran. Gracias a Dios, que me dejó vivir otro año.

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