LOCURAS CUERDAS

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Claudia Sheinbaum: Cuando la patria habló con voz de mujer.

Por Jorge Chávez Mijares. 

Querido lector, la noche de anoche, 15 de septiembre de 2025, cumpleaños de dos entrañables amigos, la Maestra Lupita Flores y el periodista Jorge Pérez, me quedé en casa observando a la distancia el Grito de Independencia que daría la presidenta Claudia Sheinbaum. Una mezcla de morbo y expectación me impedía perderme el instante que, por sus características, prometía inscribirse en la historia: era la primera mujer en hacerlo en doscientos quince años.

Mientras tanto, mi amigo Ernesto Parga me enviaba por WhatsApp escenas de su propio festejo familiar; desde el balcón de su guarida, él mismo imitaba la ceremonia con arengas patrióticas. Me pareció admirable su entusiasmo doméstico, casi entrañable en su espontaneidad. Yo, en cambio, me limité a contestarle con tres letras que resumían todo: GPI.

Finalmente me concentré en lo que veía por televisión, como cronista diría que el Palacio Nacional crujió en solemnidad como si sus muros barrocos hubiesen esperado dos siglos y quince años para contemplar lo que estaba por suceder. Vi con verdadera emoción histórica tipo Stefan Zweig como Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, caminó por los pasillos dorados del recinto de la mano de su esposo Jesús María Tarriba. A su alrededor, los candelabros parecían estrellas detenidas y los cuadros de los próceres, centinelas que inclinaban la cabeza. Deliberadamente se proyectó la imagen de Miguel Hidalgo, pintado con estandarte en alto, parecía saludar desde el lienzo a la mujer presidenta que iba a doblar el tiempo: la primera en gritar la Independencia en más de doscientos años.

Sesudo lector, la escena se volvió aún más simbólica cuando una escolta integrada únicamente por mujeres le entregó el lábaro patrio. El verde, blanco y rojo se encontraron por primera vez con la firmeza de unas manos presidenciales femeninas. Allí, en ese intercambio de miradas entre la presidenta y la cadete, se resumía un cambio de época, (ufff): la patria, tantas veces nombrada en femenino, se encarnaba por fin en la voz de una mujer.

El reloj marcaba las 22:50 hora de la ciudad de México, cuando Claudia Sheinbaum salió al balcón. Las butacas invisibles del Zócalo, ese océano humano de casi 280 mil almas, se encendieron como brasas que se confundían con los colores patrios. La presidenta levantó la bandera y su voz se volvió campana, quebrando el silencio de la historia con veintidós “¡Viva!” que fueron invocaciones más que arengas. Nombró a Hidalgo, Morelos, Guerrero y Allende, pero también a Josefa Ortiz, a quien acorde con los tiempos de hoy le quitó el “de Domínguez” y la mencionó por su apelativo de soltera: Josefa Ortiz Téllez Girón. 

También mencionó otras mujeres: Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Manuela Molina, las heroínas tantas veces relegadas a pie de página. Honró a los migrantes, a las mujeres indígenas, a conceptos abstractos como la dignidad del pueblo, a la libertad, la justicia, la democracia, la igualdad. Cada palabra era un conjuro que hacía vibrar la plaza, y el triple “¡Viva México!” final se expandió como eco que llegó hasta las montañas, rebotó en los mares y se elevó a las estrellas, casi creo que lo escuche hasta Tamaulipas. 

Audaz lector, estarás de acuerdo conmigo que el Grito de Claudia no fue solo ritual: tenía el peso de hechos recientes que la definen. Gobernar como mujer en un país marcado por la rudeza política ha significado enviar a Estados Unidos a los capos más peligrosos, ventilar sin miedo la corrupción del huachicol, romper con la secrecía y no ocultar lo incómodo bajo la alfombra. Ha gobernado con un valor que desarma, discreto pero contundente, y que muy pronto empieza a demostrar que está resultando mejor que muchos de los varones que han sido presidentes de este México nuestro. Ya en retrospectiva pensé que cuando gritó “¡Viva la justicia!”, no era un adorno: era la síntesis de sus decisiones.

Para entonces, repito, la misma emoción de Stefan Zweig me tenía atrapado y pude ver como el Zócalo se convirtió entonces en un corazón desbordado. La bandera monumental ondeaba como un ave que desplegaba sus alas sobre la multitud, y la Catedral y el Palacio parecían dos guardianes de piedra que se inclinaban ante la magnitud del instante. Después vino la coronación del cielo: los fuegos artificiales estallaron en rojo, dorado y esmeralda, y el humo transformó la plaza en un sueño surrealista donde la patria respiraba.

En lo alto del balcón, mientras la multitud aún vibraba con los ecos, la presidenta se recogió en un instante íntimo: junto a su esposo, observó el cielo incendiado en luces. Me seduce la pregunta de ¿Qué pasaba por su mente en ese momento? Era la pareja presidencial mirando hacia arriba, como si ambos quisieran leer en el firmamento el signo del nuevo tiempo.

Querido y dilecto lector, yo, en la comodidad y soledad de mi cama King Size —esa que compré en Ciudad Victoria en una tienda de nombre británico—, mientras devoraba unas botanas de alto contenido calórico y me acompañaba con una de esas cervezas artesanales raras de hoy, una IPA llamada Lagunitas, observaba cómo culminaba este momento histórico. Y entendí que la noche del 15 de septiembre de 2025 no fue solo otra ceremonia republicana. Fue la noche en que la patria habló con voz de mujer. La campana de Dolores resonó de nuevo, pero su eco llevaba ahora un timbre distinto, un timbre que en 215 años había sido postergado. La historia, finalmente, se inclinó para abrirle paso a Claudia Sheinbaum Pardo, la primera presidenta de México que, con valor, con firmeza y con ternura, convirtió el Grito de Independencia en una proclamación de futuro.

El tiempo hablará.

 

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