“Consolatio” por Guillermo mi hermano. A cinco años de su partida.
Por Jorge Chávez Mijares
Querido lector, Marco Tulio Cicerón, tras perder a su amada hija Tulia, escribió una obra llamada “Consolatio”. Lastimosamente esa obra se extravió en la historia: no se conserva más que referencias y fragmentos. Y, sin embargo, aunque perdida, sigue inspirando. En ella, Cicerón buscaba calmar con filosofía un dolor imposible de mitigar: la muerte de su hija, la niña de sus ojos. Yo, en este quinto aniversario del fallecimiento de mi hermano Guillermo, encuentro en esa obra desaparecida un espejo para mi propio duelo, una guía para escribir mi propia “consolatio”.
Amable lector, perdona mi nepotismo narrativo, pero te comparto que Guillermo murió a los 58 años, víctima del Covid. Era pediatra, era bohemio, era un hombre alegre y fraternal. Su ausencia me duele con la intensidad de un silencio que no se extingue, pero también me impulsa a recordarlo con la misma mezcla de lágrimas y sonrisas con que él vivía.
Cuando me fui a estudiar a Monterrey, reencontré a Guillermo. Él había partido antes, a cursar preparatoria y luego medicina. Nuestro vínculo, interrumpido por la distancia, se renovó en esas calles regias, sobre todo en la colonia Tecnológico, donde, sin saberlo, íbamos a coleccionar recuerdos que hoy son bálsamo y dulce punzada.
Una de esas memorias quedó marcada en mi piel. Viajábamos en un carro que se recalentó frente a la Parroquia de San Jerónimo, donde se llevaba a cabo una boda. Yo, con la torpeza y arrebatamiento de la juventud, abrí el radiador y el agua hirviendo me quemó el brazo izquierdo. Mi grito fue una grosería nítida, estridente, inevitable e inexorable. Guillermo, entre preocupado y risueño, me dijo: “Baja la voz, vas a hacer que uno de los novios se retracte”.
Ese era mi hermano: capaz de poner humor incluso en medio de la quemadura. Después vino la hospitalización en el Universitario, y aunque apenas era estudiante, Guillermo estuvo al pendiente de mí con una mezcla de hermano y médico en ciernes. Esa escena resume su carácter: atento, protector, luminoso en medio del dolor.
Guillermo mi hermano, aunque no era perfecto, fue un inagotable panal de miel de sabiduría, hablaba de todo, de religión, de deporte, de chistes encendidos y eventualmente de penas. Platicar con Guillermo o filosofar con él, era una fuente de variedad diaria, un estímulo perpetuo, creo que por eso yo amaba la sinceridad en su imperfecta humanidad.
Sesudo lector, debo confesar que no todo fue armonía entre Guillermo y yo. Hubo un silencio de seis meses, un distanciamiento fraterno que parecía grieta, pero que en realidad era un extraño pacto de lealtad. Porque aun en ese mutismo, él pasaba por mí a casa para llevarme a jugar futbol a Brownsville. Íbamos callados en el trayecto, pero en la cancha el balón se encargaba de decir lo que nuestras palabras callaban.
Guillermo era tozudo al jugar, terco como solo él sabía serlo. Cuando defendía la portería y me tocaba a mí estar de defensa, su voz tronaba desde el arco con una mezcla de orden y afecto: “¡Sin miedo, sin miedo, y si es necesario muérdelo!”. En esas frases, mitad broma y mitad mandato, se condensaba la esencia de nuestro vínculo: un silencio que en realidad era compañía, y un grito que era al mismo tiempo instrucción y cariño.
También corrimos juntos, y esos recuerdos hoy me pesan con dulce nostalgia. Participamos en los maratones de Monterrey de 2016 y 2017, ya viviendo en Matamoros. Recuerdo el olor metálico del amanecer regio, la multitud agolpada en la salida y esa sensación de hermandad silenciosa que se convierte en resistencia compartida. Correr más de 42 kilómetros junto a Guillermo era mirarlo de reojo y saber que, aunque cada paso era personal, la meta era común. En esas carreras entendí que la vida con mi hermano era eso: esfuerzo individual, pero destino compartido.
Y estaba también su vena bohemia. Guillermo era un médico que sabía escuchar diagnósticos en los cuerpos pequeños, pero en las noches escuchaba canciones en su guitarra. Cantaba con ese dejo de melancolía alegre que tienen los que saben que la vida no basta solo con ciencia; hace falta música para que duela y al mismo tiempo sane.
Guillermo fue, para mí, como los personajes de Stefan Zweig: no un ser impecable, sino una contradicción viviente. Lo amaba precisamente por eso, porque era una mezcla de virtudes y defectos. No lo quise por ser perfecto, sino —como bien decía Zweig— por ser como hermano irremediablemente fascinante.
No solo fuimos hermanos, y no sé si eso sea bueno, porque también fuimos cómplices, aliados, confesores, protectores, encubridores, confidentes, consejeros. Compartíamos todo tipo de secretos, como si la hermandad fuera no solo sangre, sino también un pacto inquebrantable de confianza.
Por eso hoy puedo decir que los defectos de mi hermano no disminuyen su estatura de Gran Hombre. Al contrario, lo engrandecen, porque lo hicieron real, cercano, humano, profundamente entrañable.
Hoy lo pienso y no sé si Cicerón tenía razón al decir que la filosofía consuela. Quizá no consuela, pero ordena el dolor. Mi “consolatio” es recordar a Guillermo en esas escenas mínimas: en un carro humeante frente a San Jerónimo, en un hospital donde él me atendía, en un partido silencioso hacia Brownsville, en una guitarra nocturna que aún suena en mi memoria. Y entender que, aunque la muerte lo apartó hace cinco años, esas memorias me queman, sí, pero también me recuerdan que estoy vivo y que lo sigo llevando conmigo.
En esto radica la consolación: en descubrir que Guillermo no está muerto del todo, porque aún hoy me hace reír con su advertencia absurda frente a una boda, (Albert Camus dixet), aún hoy me acompaña en el trayecto silencioso hacia Brownsville, aún hoy canta en las cuerdas de mi memoria.
Cicerón escribió para Tulia un consuelo que nunca alcanzó a calmarlo. Yo escribo para Guillermo una memoria que tampoco lo devuelve, pero que lo mantiene cercano como esa niebla que no se disipa en el horizonte y con una Fe en Jesucristo que compartimos y que mantiene la esperanza de una cercanía en el futuro.
Querido y dilecto lector, si Guillermo como hermano fue cómplice y aliado, como pediatra fue también guía y esperanza para cientos de familias que confiaron en él. Su recuerdo vive en los niños que cuidó, en los padres que lo escucharon con fe y en cada vida que alivió con ciencia y ternura. Por eso, en esta “consolatio”, afirmo que mi hermano Guillermo no solo fue grande para mí, sino también para quienes lo conocieron en su bata blanca: un médico de cuerpos pequeños, un maestro exigente y un hombre de corazón inmenso. Amo tu recuerdo.
El tiempo hablará.
