LOCURAS CUERDAS

Fecha:

Jorge Chávez Mijares

Jenny Rivas Padilla: La arquitectura del destino. (I)

.Querido lector, en días pasados me enteré que mi amiga Jenny fue elegida para ser la presidente nacional de la AMPI, Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios, me dio mucho gusto por ella y por Matamoros.

Jenny nació un 14 de octubre de 1978, bajo un cielo tibio de otoño. Por lo que ahora se de su vida puedo anticipar en mi relato que el aire en Matamoros tenía esa transparencia de las cosas que están por comenzar.

Dicen —y en su caso parece cierto— que hay personas marcadas por un sino luminoso, una especie de brújula interior que las empuja hacia donde deben estar, aunque no lo sepan todavía.

Jenny Rivas Padilla nunca buscó protagonismo. “No me gusta,” suele decir con la serenidad de quien se sabe suficiente. De corazón humilde y mirada firme, aprendió desde niña lo que su madre le repetía como oración cotidiana: “Nada se hereda si no se trabaja.”

A ella le gusta mucho hablar de su abuelo paterno, Miguel Rivas Badillo, de quien heredó la elocuencia del líder. Él nacido en Santa Engracia y formado en Valle Hermoso, fue maestro de ciencias sociales, masón, sindicalista y político apasionado. En su pueblo todavía hay calles con su nombre, y en las sobremesas de la familia su espíritu sigue sentado a la mesa, conversando sobre ética, educación y lealtad. Murió joven, a los 54 años, pero dejó una estela de respeto y cariño.

Jenny tenía apenas siete años, la edad en que los recuerdos se imprimen como tatuajes en el alma. Era la primera nieta de ambos linajes, la adoración de dos familias y, sobre todo, del abuelo que la llevaba a los desfiles escolares, a las reuniones políticas y a las plazas donde los maestros debatían el rumbo del país.

Cuando él murió, la niña quedó como un hilo suelto en el tejido familiar. Sus padres —él, el doctor Bernardo Rivas Carrillo, un hombre de ciencia y aventura; ella, mujer de temple doméstico y sabiduría discreta— se mudaron a la frontera chica, buscando oportunidades en Camargo. El doctor Rivas montó su consultorio cerca de la presa Marte R. Gómez, en el poblado de Comales. Allí floreció entre el rumor del agua y la esperanza de los enfermos que lo esperaban con devoción.

Jenny creció entre recetas médicas y libretas de contabilidad. Estudió la primaria, la secundaria y el bachillerato técnico en Miguel Alemán, graduándose en 1996 como contadora privada. Pero el horizonte de Comales le quedaba corto; presentía que su destino estaba en otro sitio.

Su padre, hombre de criterio amplio, la animó: —Adelante, hija. No quiero que mañana me reproches no haberte dejado volar. Su madre, protectora como todas las madres del norte, replicó con el corazón en vilo: —Pero estás muy chica, ¿a dónde vas a ir?

El acuerdo familiar fue salomónico: Jenny podría irse a Matamoros, donde vivían sus abuelos maternos, con la condición de encontrar trabajo en un mes. Llegó con una maleta y una promesa: “No regresaré sin un destino.”

A los cinco días ya lo había encontrado. Por un azar que parecía guiado por el propio abuelo Miguel desde algún plano invisible, Jenny fue contratada por don José Caballero, pionero del sector inmobiliario, dueño de extensas propiedades y de una visión que olía a futuro.

Su oficina en la calle Morelos parecía un universo de planos, contratos y sueños de concreto. Don José, recuperándose de un cáncer de estómago, la miró entrar con su juventud de 17 años y su determinación intacta. Algo en ella —su templanza, su voz o quizá su modo de mirar de frente— le recordó que la confianza también se enseña.

Empezó en la recepción, tomando llamadas, archivando documentos y observando. Pero las personas como Jenny aprenden con los cinco sentidos. En pocos meses comprendió que lo suyo no era un empleo: era un oficio.

“Yo no sabía que el sector inmobiliario me iba a enamorar,” confiesa hoy.

Diecisiete años permaneció allí, creciendo junto al negocio y convirtiéndose en su alma operativa. Su madre, que al principio visitaba la oficina para asegurarse de que todo estaba en orden, terminó saludando a Don José Caballero como a un mentor, quien en el apellido llevaba su virtud.

El empresario inmobiliario la respetaba y le explicaba con calma en qué consistía el trabajo de su hija, quizá sin saber que estaba moldeando a la futura presidenta nacional de la AMPI.

Sesudo lector, durante aquellos años, Jenny aprendió el arte invisible de hacer que las cosas funcionen: la administración, el desarrollo, la urbanización, la obra pública, el financiamiento, el trato humano. Comprendió que un terreno no es sólo una propiedad, sino la semilla de una historia; que cada lote vendido contiene la esperanza de una familia.

Y también allí, entre planos y escrituras, conoció a Edgar Gallardo, el arquitecto que se convertiría en su compañero de vida. El amor se coló por los pasillos de la oficina como una corriente de aire nuevo. Se casaron en 2001 y juntos formaron un hogar donde el trabajo, la lealtad y la fe serían las columnas de su destino.

Hoy, Jenny Rivas Padilla mira hacia atrás y comprende que nada fue casualidad. Todo —su abuelo maestro, su padre médico, su madre prudente, su primer jefe, su esposo arquitecto— fue una alineación secreta, una arquitectura del destino. Y en esa arquitectura ella aprendió que el verdadero liderazgo no necesita estridencias, sólo coherencia.

Querido y dilecto lector, en 2026 se convertirá en la primera mujer de Matamoros en presidir la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios, y no por ambición, sino por consecuencia. Porque la vida, a veces, premia a los que trabajan en silencio con la elegancia de una justicia poética.

El tiempo hablará.

Esta Historia continuará.

 

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