La carretera invisible de San Fernando a Matamoros.
Por Jorge Chávez Mijares.
Querido lector, hay cartas que no se escriben con tinta sino con afecto. Cartas que nacen después de una sobremesa larga, entre platos que ya se enfriaron y conversaciones que siguen calientes porque hablan de lo que importa: la ciudad, el tiempo y la esperanza de que las cosas puedan hacerse mejor.
Ayer recibí una de esas cartas. La envió mi amigo Jorge Velarde, compañero de jueves culinarios en Garcias y cómplice en esa vieja devoción por las palabras bien dichas, esas que no buscan estridencia sino sentido. Su carta no es un reclamo; es algo más antiguo y más noble: el ejercicio ciudadano de pedir que la justicia territorial también tenga asfalto.
Sesudo lector, la petición es sencilla en apariencia y profunda en sus consecuencias. El Corredor Golfo Norte, proyecto que busca modernizar y ampliar la conectividad del estado, contempla el tramo que llega hasta la “Y” Griega de San Fernando y continúa hacia Reynosa. Pero deja fuera el camino que conduce a Matamoros, como si la carretera, cansada, decidiera detenerse antes de llegar al mar.
Conviene decirlo con claridad para entender la dimensión del asunto: se trata de un proyecto mixto, impulsado con recursos federales pero gestionado y coordinado en buena medida por el gobierno del Estado. Es decir, la visión nace en la federación, pero su aterrizaje territorial depende también de la voluntad y la gestión estatal. Por eso la petición ciudadana no busca confrontar, sino completar; no señalar culpables, sino abrir la puerta para que el proyecto alcance su sentido pleno.
Y sin embargo, Matamoros no es un destino menor. Es frontera, puerto, industria, historia viva, más aún en este año del Bicentenario. Es una ciudad que ha aprendido, al rodar de los años, a reinventarse cada vez que la geografía económica cambia de rumbo. Del algodón al sorgo, del campo a la maquila, del comercio tradicional al dinamismo fronterizo. Cada etapa ha sido una respuesta a la adversidad.
Por eso la carta de Jorge Velarde no habla solo de kilómetros. Habla de equilibrio. De la necesidad de que el desarrollo no se distribuya como privilegio sino como derecho.
Hace unos meses, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo una frase que quedó resonando en la conversación pública: “al llegar nosotros, llegamos todos”. La frase encierra una promesa moral: que el progreso no debe detenerse en una bifurcación del camino ni favorecer únicamente a quienes quedaron del lado correcto del mapa.
En Tamaulipas, además, la circunstancia tiene un matiz particular. Al gobierno del Estado han llegado, en forma consecutiva, dos matamorenses. Era natural, y humano, pensar que esa coincidencia histórica se reflejaría con mayor claridad en obras que fortalecieran a la ciudad que los vio nacer. No siempre ocurre así; la administración pública tiene sus tiempos, sus prioridades y sus inercias. Pero también es cierto que nunca es tarde para corregir el rumbo.
Las carreteras, decía un viejo ingeniero, son las venas de un territorio. Por ellas circula la economía, pero también la dignidad de sus habitantes. Cuando una vía se moderniza, no solo se acortan distancias: se amplían posibilidades y queremos que Matamoros, en el año de su Bicentenario, amplíe las suyas.
Quienes amamos a Matamoros imaginamos la carretera 101 esperando su turno, como esos caminos polvorientos que saben que tarde o temprano alguien volverá a mirarlos con justicia. Como si el propio viento del norte repitiera la misma pregunta cada noche: ¿por qué detener el progreso antes de llegar a Matamoros?
La carta de Jorge Velarde es, en el fondo, una invitación respetuosa. Al secretario de Obras Públicas, ingeniero Pedro Cepeda, y al gobernador del Estado, para que miren hacia el extremo noreste del mapa y recuerden que aquí también late una ciudad que aporta, trabaja y espera. Es más, hasta ya le tenemos nombre al tramo: bien podría llamarse “Trayecto Bicentenario”. No se trata de pedir privilegios. Se trata de pedir inclusión.
Querido y dilecto lector, cuando las obras públicas llegan a todos, entonces sí, y solo entonces, las palabras dejan de ser promesa y se convierten en camino.
El tiempo hablará.
