SANACIÓN EMOCIONAL

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Anoche fui al escritorio, por bolígrafo y papel. No regresé al lugar en donde estaba. Ahí mismo, a esa hora empecé a escribir a mano y no detuve hasta que terminé. Hice una lista, sin orden preciso. Se dio como los recuerdos fueron llegando.  No los escribí con prisa. Tampoco lo pensé demasiado. Se podría decir que la escritura era como una cascada de agua que cae desde muy alto. Y no había fuerza que pudiera detenerla.

 

2

 

Una a una fui dibujando, a letras, sobre el papel, mis cicatrices emocionales. Aquellas situaciones que, en la niñez, pubertad y etapas posteriores, me causaron heridas casi imposibles de curar. Una burla, la violencia de un golpe en la cara, un malentendido. Una época de que te dieran carrilla en la secundaria; el apodo de entonces, un desdén, una acusación injusta. La pelea con un amigo, una amiga. El dejarnos de hablar. La discusión con un familiar. Las burlas por mi complexión física, el cabello, las pecas, los anteojos.

 

3

 

Escribí sin prisa y sin pausa. Como si fuera un hecho que, tarde o temprano tendría que suceder, y ahora era el momento. Cuando me percaté, ya llevaba seis hojas, por lado y lado. No eran quejas ni arrepentimientos. No reclamos ni rencores. Sólo la mención de cada uno de aquellos sucesos causantes de heridas sin tiempo. Y que, incluso ahora, al momento de escribirlas, herían de nuevo.

 

4

 

Cuando terminé (¿terminé?), tomé las hojas y las llevé a un cesto de lámina. Encendí un cerillo y les prendí fuego. Quedé callado en medio de la noche. Observé cómo el papel y las palabras se quemaban. Vi, en silencio, la manera como mis heridas emocionales se volvían cenizas. Sentí un alivio especial. Tomé el cesto en mis manos. Era de noche, ya lo dije. Salí a la calle, estaba desierta. Levanté las cenizas sobre mi cabeza. 

 

5

 

Fue entonces cuando sucedió lo inesperado: una ráfaga de viento, sin previo aviso, me envolvió. Revoloteó sobre mi cabeza, removió las cenizas. Y, viento al fin, se las llevó por el aire. Volaron las cenizas de mis cicatrices. Vi el cesto, estaba por completo vacío. Las cenizas volaron a lo alto. Se perdieron en lo vasto de la oscuridad. Pensé: ahora son parte del Universo. Él, con su sabiduría infinita, sabrá esparcirlas donde les corresponde. Quizás en una noche de estas, aparezca una nueva estrella en el cielo.

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