LOCURAS CUERDAS

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¿En el caso de Venezuela cuál es el beneficio para los mexicanos?

Por Jorge Chávez Mijares.

Hoy domingo 4 de enero me surgió la opinión de un fronterizo que en función de sus lecturas piensa que hay que aplicar pragmatismo, datos duros y política exterior sin consignas.

Querido lector, en política exterior, como en la vida, hay decisiones que se toman para la galería y otras que se toman para la casa. Las primeras suelen ser ruidosas; las segundas, discretas pero decisivas. Y hoy, frente a ciertas posturas del gobierno mexicano en el escenario internacional, conviene formular una pregunta que no es ideológica ni moralista, sino doméstica y concreta: ¿cuál es el beneficio para los mexicanos?

La pregunta no es menor cuando se observa que México parece inclinarse a respaldar —al menos en el discurso— al régimen de Nicolás Maduro en su confrontación con Estados Unidos. No se trata aquí de beatificar a Washington ni de ignorar las complejidades de América Latina. Se trata, simplemente, de mirar los números.

Y los números, sesudo lector, no son sentimentales. Más de 37 millones de personas de origen mexicano viven hoy en Estados Unidos. No son abstracciones diplomáticas, ni ideológicas: son familias, remesas, vínculos laborales, estabilidad emocional y económica. Cualquier tensión innecesaria con el país donde reside una población mexicana equivalente a casi un tercio de nuestro territorio nacional debería, por lo menos, encender focos amarillos.

A eso se suma un dato contundente: alrededor del 80 % de todas las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Dicho de otra manera: ocho de cada diez dólares que México gana exportando provienen del mercado estadounidense. No de Rusia. No de China. Mucho menos de Venezuela.

Y el flujo no es unilateral. Desde la perspectiva mexicana, Estados Unidos representa cerca del 42 % del total de nuestras importaciones. Es decir, cuatro de cada diez dólares que México gasta en compras al exterior se dirigen a proveedores estadounidenses. Y no hablamos de mercancía prescindible, sino de insumos intermedios, maquinaria, equipos electrónicos, combustibles y productos agrícolas: aquello sin lo cual la economía nacional simplemente no funciona. México no importa por gusto; importa para producir, transformar y exportar.

Quisquilloso lector, este entramado revela una verdad incómoda para el discurso inflamado: nuestra economía depende en un porcentaje altísimo de Estados Unidos, no de alianzas retóricas con potencias lejanas ni de solidaridades ideológicas con regímenes que, en términos prácticos, nada aportan al bienestar del grueso de los mexicanos.

Otro dato que rara vez se menciona con énfasis: la mayor cantidad de empresas internacionales que invierten en México son estadounidenses. Capital, tecnología, empleo, cadenas productivas: ahí está el músculo real, no en los aplausos diplomáticos.

Y como si esto no bastara, a principios de este 2026 se iniciará la ronda de negociación para la renovación del T-MEC. Un tratado que, con todos sus claroscuros, le conviene a México mantener. Llegar a esa mesa con tensiones artificiales o gestos innecesarios no parece precisamente una jugada maestra.

Entonces la pregunta vuelve, insistente: ¿por qué meternos a opinar, y a tomar partido, en el tema de Maduro, cuando en estricto sentido no beneficia en nada a la mayoría de los mexicanos?

La relación con el régimen venezolano se mire por donde se mire, no genera empleo, no fortalece exportaciones, no atrae inversión, no mejora la vida cotidiana del mexicano promedio. Es, en el mejor de los casos, una postura simbólica; en el peor, un costo gratuito.

Ojalá quienes deciden la política internacional de nuestro país tengan a la vista esta información pragmática, no como renuncia a principios, sino como ejercicio elemental de responsabilidad. Porque el nacionalismo verdadero no consiste en levantar la voz, sino en no poner en riesgo los beneficios concretos que ya tenemos.

Querido y dilecto lector, la soberanía no se grita: se administra. Y administrar bien, hoy por hoy, implica entender que la realidad económica de México está profundamente entrelazada con Estados Unidos. Negarlo no nos vuelve más libres; nos vuelve más vulnerables.

El tiempo hablará.

 

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