María Consuelo González del Castillo
El terrible acontecimiento que tuvo lugar hace algunos días en Teotihuacán ha dado pie a una innumerable lista de comentarios, reflexiones y cuestionamientos, todos intentando comprender el motivo de un suceso tan grave.
La mayoría de las observaciones que he escuchado giran en torno a la falta de vigilancia en este emblemático lugar: “que no revisan a los visitantes”, “que no hay suficiente seguridad”, “que no existen arcos detectores de metales porque nunca había pasado algo así”. En fin, estos y muchos otros cuestionamientos y justificaciones han surgido en distintos sectores sociales y profesionales del país.
Desde mi trinchera, también me hago preguntas, pero van más allá de analizar la vestimenta del joven agresor, sus creencias o sus motivaciones. Mi cuestionamiento es otro:
¿Qué está pasando con nuestros jóvenes? ¿Qué sucede con los jóvenes del mundo? ¿En qué estamos fallando como familia y como sociedad para que ocurran hechos tan dolorosos como este?
Ayer leí el testimonio de una mujer que estuvo en la Pirámide de la Luna apenas veinticuatro horas antes del suceso: “Mi hijo y yo visitamos Teotihuacán con la tranquilidad de quien aún cree que el mundo puede ser un lugar seguro”. Y yo me pregunto: ¿por qué no habría de serlo?
La vigilancia y la seguridad profesional son importantes, sin duda, y deben fortalecerse donde corresponda. Sin embargo, igual o incluso más importante es lo que hacemos dentro del hogar por nuestros niños y jóvenes. Es ahí donde se forma la personalidad, se construye el carácter, se moldea el temperamento y se atienden las heridas emocionales, con amor, comprensión y presencia. No solo debemos cuidar su bienestar, sino también su “bienser”.
La base del “bienser” es, sin duda, hacerlos sentir amados y valorados: reconocer sus logros y corregir sus errores con firmeza, pero también con amor y entendimiento.
Un hijo que se sabe amado difícilmente pensará en un arma, y mucho menos en usarla para quitarse o quitarle la vida a alguien.
Un hijo valorado encontrará razones para crecer y convertirse en una mejor persona.
Entonces, ¿qué nos falta para criar hijos plenos y felices?
En la educación de los hijos existe un concepto fundamental: la intencionalidad. Y eso es, precisamente, lo que, hoy en día, a muchos nos ha faltado. Tener claridad sobre qué tipo de persona queremos formar, y luego buscar los medios adecuados para lograrlo, sin rendirnos.
Porque habrá momentos difíciles, inevitablemente los hay, pero no se trata de claudicar. Se trata de persistir, de insistir, de sostener el esfuerzo con convicción hasta verlos convertirse en personas de bien.
También implica ser selectivos: no todo lo que está de moda es bueno. No debemos permitir que agentes externos definan lo que es correcto o incorrecto para nuestros hijos. Ese criterio debe construirse y sostenerse desde la familia.
Hoy contamos con abundante bibliografía y excelentes voces en distintos espacios, como los pódcast, que pueden orientarnos en esta tarea. Pero al final, la responsabilidad es nuestra.
La formación de nuestros hijos no es un acto improvisado: es una decisión consciente que se construye todos los días.
