EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DE UN LIBRO 

Fecha:

          

                                        (DÉCIMA ENTREGA)

                                                                      CARLOS ACOSTA

 

SENEL PAZ

 

Este libro que transito ahora es un laberinto. No sé cómo llegué hasta aquí. Ignoro de qué manera saldré. Son pasillos que conducen en apariencia a un lugar indefinido que, por cierto, no termina nunca de mostrarse. No es que esté enredada la trama, sucia la sintaxis, patas arriba el planteo. No, nada de eso. Por el contrario, está muy bien escrito y hay dos o tres temas que atraen mi atención de manera especial. Tiene además un acierto pocas veces encontrado en un libro: un excelente sentido del humor. En el renglón menos esperando, estallas en carcajadas. Así. Más adelante habré de transcribir uno de esos detalles. Por eso es que, una vez que entré, no quiero salir. 

 

Arnaldo es un personaje. David es el otro. No obstante, entre más avanzo, menos encuentro sus diferencias. Hay renglones en los que no sé quién es cuál. Un personaje se sobrepone con el otro. Esa duda, me persigue hasta el final del libro. Debí decir que volví dos o tres veces al libro. Quería delimitar las diferencias entre uno y otro muchacho. Pero después de varias visitas, sé que no va a suceder. Y eso, tiene su especial encanto. Quizás ese sea el secreto de aquello que nunca terminas de entender. Aplicable desde luego esta aseveración, para amigos, amigas, casas, árboles, perros, gatos, plantas, piedras, flores. Entonces, ¿el secreto no era mostrarse desde el principio tal y como uno era?

 

Otro punto al que llego casi a cada paso. La imagen, las letras de sus canciones, las referencias a sus frases célebres. Para mí, habitante de la segunda mitad del siglo veinte y primera del veintiuno, suena cercano y entrañable. Hablo del “cuarteto de Liverpool”, The Beatles. Músicos de rock geniales. Con la mención de títulos de canciones, de fragmentos de las mismas, la celebración de sus actitudes sociales y políticas más allá de la música. No en balde, el título del libro es “En el cielo con diamantes”. Y la manera cómo marcaron el siglo que les tocó vivir y de muchas maneras, la historia de la música y -no creo que sea exagerado decirlo- el devenir de la humanidad. Todo proveniente de lo que Los Beatles sabían hacer: música para siempre.

 

En un capítulo de Arnaldo, me detengo ante este párrafo: “Las palabras, dijo por fin, superan en todo a la realidad; las palabras son la verdadera fuente de placer, conocimiento y felicidad para el hombre; enriquecen el espíritu más que la experiencia y lo visible, en tanto que la emoción es anticipo de la verdad.” Me regresé tres veces a caminar estos renglones. Los volví a andar a paso lento. Trataba que aquella escritura se me tatuara en el alma. Esa, me digo, es una de las mejores maneras de que lo que encuentres en un libro sea parte de ti, te habite.

 

La parte en donde me tiré al piso de la risa a carcajadas fue cuando recorrí lo que a continuación, he de transcribir. Sucede esto, en la isla de Cuba, a pocos años de la revolución. Lo contaba la abuela del narrador: “Fidel (Castro) iría de visita a la granja de un pueblo. Todos los guajiros se reunieron y determinaron que cada uno trajera de regalo algo de lo mejor que producían para así demostrar el apoyo a Fidel; y una vieja que era la más revolucionaria y comecandela de todos, decidió llevar una pata que tenía con doce huevos, no tanto por la pata como por los huevos, que eran el asombro de cuantos los veían por grandes y colorados. Pues bien, llegó Fidel y los guajiros le entregaban sus regalos. Fidel, muy contento los mostraba al público y a la televisión: calabazas que parecían palanganas, racimos de doscientos plátanos, pepinos que se confundían con melones, y así, pero no enseñaba la pata de la vieja, y esta, impaciente y temerosa de que olvidara su regalo, le gritó, ¡Fidel, levanta la pata y enseña los huevos…”

 

Al final, a pesar de poblar el libro con citas y canciones y anécdotas de The Beatles, algo que me pareció de lo más entrañable en todo momento, Senel Paz -que es el nombre del autor- termina dudando de sí mismo, lo cual me pareció de lo más saludable, cuando escribe: “La culpa de todo la tenían las palabras, pensé, que no acaban de salir, ni habladas ni escritas.” En ese momento comprendí, o creí hacerlo, que él escritor estaba hablando por mí. ¿Cuántas veces dije que soy un hombre congruente con sus incongruencias? Ahora, aquí, me encontraba con alguien que podría ser un espejo en el cual podría, a ratos, y en muchas expresiones, encontrarme.

 

MILAN KUNDERA

 

A este libro llegué, en una balsa personal, lo mismo que según el autor refiere, llegó Moisés en un canasto traído por el Río Nilo. La hija del Faraón lo encontró y lo adoptó como su hijo. Luego de ir leyendo sus páginas me enteré que con esta metáfora explicaba que había llegado Teresa hasta la casa de Tomás. De este modo supe también que la pareja es la parte central del libro. Desde las primeras páginas empecé a descubrir filosofías interesantes. Por ejemplo, señala el autor que “La carga más pesada nos denosta, nos aplasta contra la tierra. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud en la vida. Cuánto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.”

 

En esta y la disyuntiva contraria se movían, Tomás y Teresa. “Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terrenal, que sea real solo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.” Por un amor que nace en un pueblo a doscientos kilómetros de Praga, en una taberna donde ella es mesera y él bebe cerveza. Luego, él se va a la ciudad y ella lo sigue. De ahí se deriva la encrucijada: ¿Es soportable la carga para sentirse en la realidad? ¿Será insoportable la levedad que te aleja de tu entorno? La pareja vive altibajos emocionales como cualquier hombre y mujer en su relación. Y cuando el tono del relato sube, el autor -Milan Kundera- nos deja unas palabras que, siento, es necesario, dejar aquí: “Sería estúpido que el autor tratase de convencer al lector de que sus personajes están realmente vivos”.

 

He sido testigo de los acercamientos y distancias entre la pareja. Ella, enamorada de él. Él, alocado, con relaciones fugaces con muchas mujeres, sin decidirse a separarse de ella. Es médico. Y por cuestiones políticas, le tienden una trampa y le es retirada su licencia para ejercer la profesión médica. Se dedica a limpiar ventanas de edificios. Llega a una conclusión: “A la medicina no lo había conducido ni la casualidad ni el cálculo racional, sino un profundo anhelo interior.” Por alguna razón, extraña, algo se conmueve en mi interior. Parece que se abre una ventana y entra un aire fresco a mi habitación.

 

Ya casi al final, de hecho, en la última página, nos trae la revelación que nadie esperábamos: “La misión es una idiotez. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.” Igual que pocas veces, supe que aquella frase había sido escrita, especialmente para mí. Algo parecido a una sonrisa se dibujó en mi cara. No la vi, no necesitaba espejo. La sentí, tenía la certeza de que así era. Salí del libro a paso lento. Dejé la página, luego la pasta y lo cerré con parsimonia. Desde luego que hay mucho, mucho más de lo aquí comentado. Es una gran aventura. No de un amor. O bien, quizás de un amor, pero además de esa aventura fascinante que es la vida de cada una de las personas que han vivido y vivirán en este planeta de nombre equivocado, el que se llama, Tierra, cuando debería -debido a su constitución real- llamarse, Agua. Agua, como la de la metáfora del río que trajo a Teresa hasta Tomás. Como la referencia a Moisés. Como la balsa en donde llegué a este libro y en la cual ahora me alejo.

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