POR CARLOS ACOSTA
JOSEFINA VICENS
Los pasos, como siempre, sin rumbo, me llevaron a un libro cuyo título me hizo detener el caminar. Con letras borrosas, como si un tiempo obstinado se esforzara todos los días en borrarlo sin que hasta hoy lo hubiese conseguido, decía: “El libro vacío”. Ah, exclamé con desencanto, no debe tener una letra entre sus páginas. No obstante, me llamó la atención que era un volumen no delgado, sino más bien, con un buen número de páginas a donde – ¡ah vicio placentero! – yo podría entrar.
La sorpresa fue cegadora. No por el efecto de impedir la visión, sino, al contrario, por el hecho de encontrarme inmerso, desde el inicio, en una serie de reflexiones breves, una seguida de otra de manera continua, como quien va hallando pepitas de oro dispersas a la orilla de un arroyo de aguas limpias. Leí: “No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años. Veinte años de oír ‘tienes que hacerlo… tienes que hacerlo ‘. De oírlo de mí mismo”. Desde la primera página casi casi me estaba nombrando. No pude parar de andarlo, quiero decir, de leerlo.
Seguí recorriendo las letras con los ojos: “Hay algo independiente y poderoso que actúa dentro de mí, vigilado por mí, contenido por mí, pero nunca vencido”. Josefina Vicens, la autora, había encontrado la manera de nombrar lo que, no una sino muchas veces, pasó por mi conciencia, atravesó mi vida. ¿Cuántas veces había seguido una voz interior que profería mandatos que yo mismo no comprendía? ¿Se refería acaso a ese otro yo que, según se dice, está en el fondo de nosotros y que pocas veces -a veces nunca- nos percatamos de su presencia?
En realidad, como ahí se menciona: “…el libro, si lo termino de andar, será uno más entre los millones de libros que nadie comenta y nadie recuerda”. Duele pensarlo. A medida que lo camino, niego esa posibilidad. Quiero, deseo, invertir tanto tiempo en andarlo, que yo termine creyendo, como aquel del niño interplanetario, cuando supo que su flor era única por el tiempo que había invertido en su cuidado. En mi caso seria, el tiempo invertido en caminarlo; es decir, en leerlo. No importa que tenga frases lapidarias como está: “No podré escribir jamás. ¿Porqué entonces está necesidad imperiosa?”…de hacerlo?, agregaría en mi interior.
Mientras más recorro sus páginas, más me parece un espejo. En especial cuando dice: “Pero a veces me ocurre, o que he olvidado la verdad, o que creo que lo que escribo es la verdad, o que escribo lo que me gustaría que fuese la verdad”. Ese soy yo, pienso con alegría y resignación. Bueno, no soy yo -corrijo a solas y a tiempo- pero soy alguien, como quien escribe esas letras. Este fajo de hojas, que es la más amada paradoja que hasta hoy he conocido. Se anuncia como “El libro vacío”. Y no obstante, es uno de los ejemplares más cargados de sabiduría y reflexión, que en mi andar desde que escape del primero, he tenido la fortuna de encontrar.
RAINER MARÍA RILKE
Debido a mi condición de viajero proveniente de un libro, del que un día escapé; y ya que la gente me mira, me recibe de buena gana, incluso acepta mi conversación, tengo, como ya se ha podido constatar en páginas anteriores, posibilidades que para la mayoría de los mortales están vedadas. Verbigracia: moverme en el tiempo. Quiere decir esta disertación inicial, que ahora mismo, camino las calles sin pavimento de la bellísima Praga, Bohemia, parte del imperio Austrohúngaro. Corre apenas, el séptimo año del siglo veinte. He conocido a un hombre enigmático. Serio. De escaso hablar. Por lo que puedo inferir según su traje y modales, se trata de un personaje de alto nivel social.
Soy escritor, dice con voz determinante y mirada fija, cuando lo abordo mientras se dirige a la Estación del tren. ¿A dónde es su viaje? Será un recorrido entre París y Roma. Nos comunicamos en alemán, su idioma. Dado mi procedencia y particularidades, me es posible comunicarme casi en cualquier lengua. Animado por una osadía natural, pregunto: ¿…y me podría platicar de lo que actualmente está escribiendo? Me doy cuenta que estamos llegando a la Estación. Te lo diré otro día, contesta. Hay en su voz un tono casi confidencial. Ello me anima para mentir: yo también voy de viaje con ese rumbo, ¿le molestaría si continuamos la charla en el tren?
Ya en nuestros respectivos asientos, vamos uno frente a otro, mediados por una mesa angosta. Por los amplios ventanales pasan paisajes neblinosos. Es baja la temperatura. Antes de continuar, dice de manera puntual, al tiempo que extiende su mano: mi nombre es: Rainer María Rilke. Yo saludo, casi como un autómata. No puedo creerlo, ¡estoy frente a uno de los escritores íconos del siglo veinte! Él continúa con su hablar parco: ahora escribo una correspondencia con Franz Xaver Kappus, un joven aprendiz de poeta, que me pide consejos literarios. El escritor lo dice como si se tratara de cualquier cosa. No imagina que sus cartas dirigidas a Franz, a futuro, terminarán trascendiendo espacio y tiempo, hasta convertirse en una guía filosófica sobre la vida, la soledad y la creación artística, y se convertirán en un clásico: “Cartas a un joven poeta”.
Quedamos en silencio. Rilke mira por la ventana el paisaje que pasa de prisa en sentido contrario a nosotros. De vez en vez, con sus dedos toca su barba entrecana. Así, hasta que poco a poco cierra los ojos. En unos minutos queda dormido. Observo, en la mesita, su libreta con funda de cuero. Y como he venido de libro en libro, no me es difícil entrar a este fajo de manuscritos. Leo en la primera página: “París, 17 de febrero 1903. Apreciado señor: Su carta me llegó hace pocos días. Quiero darle las gracias por su confianza, grande y afectuosa. No está en mi mano hacer mucho más. No puedo entrar en detalles sobre la forma de sus versos, puesto que me siento muy lejos de cualquier intención crítica. No hay nada menos apropiado para aproximarse a una obra de arte que las palabras de la crítica: de ellas se derivan siempre malentendidos más o menos desafortunados. Las cosas no son tan comprensibles ni tan formulables como se nos quiere hacer creer casi siempre; la mayor parte de los acontecimientos son indecibles, se desarrollan en un ámbito donde nunca ha penetrado ninguna palabra. Y lo máximamente indecible son las obras de arte, existencias llenas de misterio cuya vida, en contraste con la nuestra, tan efímera, perdura”.
Yo voy de página en página. No llevo prisa. Cada renglón, cada palabra, los camino con cuidado. No se trata de pisar letras, hacerlas polvo. Sino más bien, de pasar a su lado. Escuchar el sonido de cada una de ellas, por sí solas, en silabas, oraciones, párrafos, disfrutando de su musicalidad, su ritmo, pero sobre todo, de su contenido y resonancia después de haberlas leído: “Aquí el tiempo no cuenta; un año no importa y diez años no son nada; ser artista significa no calcular ni medir; madurar como el árbol que no apremia su savia y se yergue confiado en medio de los grandes vientos de la primavera, sin miedo a que después pueda no llegar el verano. Porque el verano siempre llega. Pero llega sólo para quienes saben esperarlo, tan pacientes y tranquilos como si tuvieran ante sí toda la eternidad, serenos y distendidos. Lo aprendo a diario, lo aprendo en el dolor. Estoy muy agradecido al dolor. ¡Todo es paciencia!”
Leo casi todos los apuntes, sin embargo, no sería ético vaciarlo todo aquí. Más bien, prefiero invitar a quienes pasen sus ojos por estas letras, a que los lean, ya editados. Han sido traducidos a decenas de idiomas, Sucedió que Kappus conservó las cartas de Rilke. Y después de la muerte del poeta, en 1929, las publicó. Rainer, por ahora, sigue dormido. El tren, antes de llegar a París, para en Estrasburgo. Sin hacer ruido para no despertarlo, desciendo del tren. Permanezco en los andenes. Veo como, en unos minutos, se aleja el convoy. En él va un poeta que, sin saberlo, como sucede con los clásicos, ha escrito un libro atemporal. Yo, feliz.
