¿LA VIDA DEL OTRO, DEJÓ DE IMPORTAR?

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Consuelo González del Castillo

Hace algunos días leí una noticia estremecedora: dos estudiantes de secundaria se pusieron de acuerdo para resolver sus diferencias a golpes y, como en tantas historias repetidas una y otra vez entre adolescentes, se dirigieron al terreno baldío que, seguramente, ha sido testigo silencioso de innumerables enfrentamientos similares.

Los jóvenes iniciaron la pelea mientras el resto del grupo los rodeaba. Nadie intervenía, porque así suele suceder. Algunos observaban con morbo; otros alentaban la violencia con risas, gritos o desafíos. Ese intercambio de adrenalina, que muchas veces termina sólo en moretones y orgullo herido, suele durar apenas unos minutos, el tiempo suficiente para que se imponga el más fuerte o el más hábil, pero esta vez fue diferente: El muchacho que iba perdiendo no soportó la derrota y, sin medir las consecuencias, sacó un objeto punzante y atacó a su contrincante en repetidas ocasiones hasta quitarle la vida.

La noticia conmocionó a muchas personas, no sólo por la brutalidad del acto, sino porque los involucrados eran apenas dos adolescentes de catorce años. El hecho ocurrió en el pueblo de Ezequiel Montes, muy cerca de la ciudad de Querétaro, pero podría haber sucedido en cualquier otro lugar del país, porque la violencia juvenil ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en el reflejo doloroso de una sociedad emocionalmente fracturada.

Generalmente, cuando hablamos de problemas escolares pensamos en bajo rendimiento académico, dificultades de aprendizaje, indisciplina o rebeldía. Sin embargo, pocas veces queremos aceptar que dentro de nuestras escuelas también se manifiestan crisis mucho más profundas: por un lado, la incapacidad de muchos jóvenes para reconocer el valor de la vida humana y por otro, no menos importante, controlar sus impulsos frente a la frustración.

Y hay que decirlo con claridad: la escuela no es el origen de esta violencia. La escuela es solamente el escenario donde se hace visible el deterioro social que desde hace años viene creciendo silenciosamente dentro de muchos hogares y comunidades.

Vivimos tiempos en los que se ha debilitado la formación emocional y moral de los hijos. Se les enseñan conocimientos, se les provee de tecnología, se les llena de actividades, pero muchas veces se deja de lado lo principal: aprender a convivir, respetar, tolerar, esperar, perder, dialogar y algo muy importante: reconocer el dolor ajeno.

Hoy se cosifica a las personas. El otro deja de ser alguien digno de respeto y se convierte en un obstáculo, un enemigo o simplemente en alguien desechable. La empatía se pierde cuando desaparece la vida familiar, cuando faltan conversaciones profundas, cuando nadie enseña a manejar la ira y cuando el sufrimiento ajeno deja de importar.

Las instituciones educativas no pueden enfrentar solas esta crisis y muchas veces ni siquiera están preparadas para identificar las carencias. 

Ningún reglamento escolar, ninguna campaña preventiva y ningún protocolo de seguridad será suficiente mientras la formación humana siga debilitándose desde el núcleo familiar. Educar no consiste únicamente en preparar estudiantes para competir académicamente, sino personas capaces de convivir sin destruirse unas a otras.

Estamos llegando a un punto alarmante: adolescentes que aún no terminan de comprender la vida ya pueden arrebatarla. Y eso debería estremecernos como sociedad… ¿De cuántos suicidios nos hemos enterado por esta falta de empatía?

Porque cuando un joven mata a otro por no tolerar una derrota, el verdadero fracaso no pertenece solamente a quien empuñó el arma. El fracaso es de toda una sociedad que dejó de enseñar que la vida del otro es tan valiosa como la nuestra.

 

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