(UNDÉCIMA ENTREGA)
CARLOS ACOSTA
ANTONIO MACHADO
Bajando del tren llegué a un pueblo ubicado al sur de Francia: Coulliure; una pintoresca villa de pescadores con calles pobladas por casas de colores vivos. Los pies, acostumbrados al azar, siguieron una vereda que me llevó a un hotelito del centro: Bougnol-Quintana. Un edificio modesto, con una puerta amplia, un balcón al frente y una escalera lateral. Por un momento pensé que había retrocedido en el tiempo. Quizás me encontraba a principios del siglo veinte. Entré como si no fuera la primera vez que lo hacía.
Sentado en una silla, cerca de la mesa de centro estaba, un hombre de mediana edad, cuerpo grueso. Vestía de traje, oscuro, maga larga y cuello parecido al que usan los curas, “en tirilla”, que se acostumbraba en aquella época. En su mirada había tristeza serena, una de aquellas que conocen sus orígenes. Lo mismo su rostro denotaba el gesto arisco de los que andan huyendo. Después lo supe: aquel hombre huía de la guerra civil española.
Entre sus manos, traía un fajo de hojas y un bolígrafo. Por momentos, miraba un punto perdido en un sitio inexacto. Luego escribía algunos renglones. Volvía a quedar pensativo. Venciendo una timidez extraña, inusual en mí, me acerqué a él. ¿Son cartas?, pregunté antes de saludar como debí hacerlo. El hombre levantó la mirada. Me vio a los ojos con una sombría nube en sus pupilas. Dijo en voz baja: poemas. Aunque era la primera vez que nos veíamos, me tomé la libertad de sentarme frente a él. Y quizás por mi aparente timidez para hacerlo o porque lo necesitaba con urgencia, extendió el manojo de papeletas. Eran manuscritos con algunos borrones esparcidos aquí y allá. Leí con la mirada. Lea en voz alta, clamó, reclamó. Lo hice con voz temblorosa:
Está en la sala familiar, sombría / entre nosotros el querido hermano / que en el sueño infantil de un claro día / vimos partir hacia un país lejano. / Hoy ya tiene las sienes plateadas / un gris mechón sobre la angosta frente / y la fría inquietud de sus moradas / revela un alma casi toda ausente. / Deshójense las copas otoñales / del parque mustio y viejo / La tarde tras los húmedos cristales / se pinta y en el fondo del espejo. / El rostro del hermano se ilumina / suavemente. ¿Floridos desengaños / dorados por la tarde que declina? / Ansias de vida nueva en nuevos años.
Entonces reconocí aquellos versos. No me diga que usted es… Sí, sonrió él… Antonio Machado, agregué con una devoción parecida a las plegarias que vienen a mis labios cuando soy testigo de un milagro. No es para tanto, volvió a sonreír, aunque conservando la mirada triste. Y agregó: Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción. Pero usted habrá de trascender, estuve a punto de interrumpir. Más él siguió con su voz pausada: He andado muchos caminos / He abierto muchas veredas / He navegado en cien mares / y atracado en cien riveras. / Y en todas partes he visto / gentes que danzan y juegan / mientras pueden y laboran / sus cuantos palma de tierra. (…) Y no conocen la prisa / ni aun en los días de fiesta / donde hay vino beben vino / donde no hay vino, agua fresca / Son buenas gentes que viven / laboran pasan y sueñan / y en india como tantos / descansan bajo la tierra.
Quise decir, usted vivirá en la voz de un cantautor catalán de apellido Serrat; justo dentro de treinta años, cuando él haga canciones con sus poemas. Y las canten miles de personas en el mundo. Pero no lo hice. Me invadió un mutismo como aquel que se apodera de ti cuando una luz es tan luminosa que te ciega. Los chicos universitarios de año setenta y cuatro de este alucinante siglo veinte, guiados por las canciones, beberán a grandes tragos sus libros también quise decir. La tarde ya asomaba por las ventanas del hotelito. Me pareció que, por cortesía, debía retirarme. Lo hice. Tuve la impresión que, al decirme adiós, la melancolía de su rostro llegaba a su máxima expresión.
En un parpadeo, como sucede en los sueños a pesar de que este no lo era, muy temprano volví al lugar donde estaba la mesita. El poeta no estaba en su silla. Pregunté al camarero. Un bisílabo, me golpeó la cara, la vida, el alma: murió. ¡¿Cómo?! La tristeza, que por razones obvias ya no podía estar en él, se me echó encima a mí. Me aplastó. Me dejó inmóvil. Cuando salí del onírico estado, me acerqué a la mesa. Hallé un papel arrugado. Guiado por un presentimiento, lo tomé. Era su letra manuscrita. Decía: Caminante son tus huellas / el camino y nada más / Caminante no hay camino /. Se hace camino al andar. Una canción entrañable resonó en algún futuro de mi vida. Seguí leyendo: Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. Me senté de golpe en la misma silla de ayer, pero ya sin el poeta frente a mí. Había una rugosa hoja más. Cuatro renglones manuscritos parecían su despedida. Formaba así: Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar / me encontrareis a bordo ligero de equipaje / casi desnudo, como los hijos de la mar. Y en el reverso de esa hoja, lo que después supe, fueron los últimos trazos de su mano de poeta: Estos días azules / y estos días de la infancia.
