Los Puentes entre Matamoros y Brownsville y sus planes.

Por Jorge Chávez Mijares
Querido lector, algunas ciudades encuentran su identidad en las montañas, otras en edificios peculiares. Matamoros la encontró en un río. Desde hace dos siglos ha crecido con la mirada puesta en la orilla opuesta, consciente de que su historia jamás podría contarse sin mencionar a la ciudad que la observa desde enfrente, Brownsville.
El miércoles 15 de julio de 2026 llegué con Ernesto Parga, mi amigo, casi mi hermano, a uno de los salones del Holiday Inn Matamoros que tenía ese aire extraño de las reuniones importantes que todavía no saben que lo son. Afuera, el calor de julio hacía lo suyo sobre el pavimento. Adentro, el café comenzaba a perder la batalla contra el aire acondicionado y los empresarios matamorenses se saludaban con la familiaridad de quienes han visto a la ciudad cambiar demasiadas veces.
Fue mi amigo Manuel García quien convocó. Lo hizo con la sencillez de quien sabe que las mejores conversaciones rara vez nacen de una convocatoria oficial. “No es una reunión de consejo ni hay jerarquías”, dijo apenas tomó el micrófono. “Es una reunión de amigos empresarios matamorenses”. Y en esa frase estaba todo. Porque Matamoros tiene una vieja costumbre, las grandes decisiones de su historia suelen comenzar en una sobremesa.
Ahí estaban Rubén Longoria, secretario general del STIME; Marte Rodríguez Martínez; el ingeniero Jesús Maldonado Reyes; Juan Carlos Montalvo; Ernesto Parga; Claudio Vázquez; el propio Manuel García; Gilberto Cavazos; Gustavo Guajardo; Lauro Peña; Miguel Ángel Tello; Miguel Ángel Caballero; Marina González y el ingeniero Hugo Carrillo. Un mosaico improbable de experiencias, memorias y preocupaciones compartidas.
En algún lugar, me pareció ver también la sombra de Sergio Argüelles. Porque cuando Arturo de las Fuentes comenzó a hablar, quedó claro que aquella reunión era, en cierta forma, una conversación con los ausentes. “Todo esto se lo debemos a Don Sergio Argüelles”, dijo el consultor binacional mientras recorría, como quien abre un viejo álbum familiar, la historia de cómo llegó a Matamoros a principios de siglo. Fue Ramiro Gutiérrez, primo de Sergio, quien lo presentó. Una llamada, una oficina en Paseo de la Reforma en la Ciudad de México. Del otro lado de una puerta estaban Pete Sepúlveda y John Hudson esperándolo. Y así comenzó una aventura de quince años que terminaría con un puente ferroviario concluido y una certeza, los optimistas también construyen infraestructura. “Cada vez que le decía a Don Sergio que algo no se podía hacer, me respondía: sí se puede hacer, usted va a ver”. Y resultó. Mientras Arturo hablaba, me daba la impresión de que Matamoros no es una ciudad sino un proyecto inacabado. Una especie de manuscrito fronterizo escrito a cuatro manos, una mexicana y otra texana.
La presentación mostraba algo que pocos alcanzan a dimensionar, en los últimos veinte años, ninguna otra región de la frontera México-Estados Unidos ha construido tanta infraestructura binacional como Matamoros y Brownsville. No Ciudad Juárez, no Nuevo Laredo, no Tijuana. Matamoros. Y entonces aparecieron los tres puentes. Porque, al final, las ciudades fronterizas siempre terminan explicándose a través de sus puentes.
El primero es el Proyecto del Puente Internacional Peatonal Gateway, el Puente Nuevo. Un proyecto que parece sencillo hasta que uno descubre que cuatro mil vehículos y tres mil peatones generan más de dos millones y medio de puntos potenciales de conflicto al año. La solución es elegante en su simplicidad, separar a las personas de los automóviles. Un puente exclusivamente peatonal de 600 pies de longitud, con una inversión de 16 millones de dólares aportados íntegramente por el Condado de Cameron. Un puente para caminar. Para recordar que antes de las mercancías y los tratados comerciales, la frontera fue hecha para las personas.
La diapositiva mostraba una línea azul suspendida sobre el río. Arturo la describía en términos técnicos; yo no podía evitar pensar que se parecía a una costura. Como si alguien estuviera remendando una vieja herida entre dos ciudades que, en el fondo, nunca terminaron de separarse. Además, el proyecto contempla una transformación completa del entorno del lado americano: hoteles, plazas comerciales y un corredor que una el Puente Nuevo con el Puente Viejo. Brownsville parece haber entendido algo que nosotros apenas comenzamos a sospechar, el futuro de las fronteras será peatonal antes que vehicular.
El segundo proyecto fue quizá el más fascinante: el Puente Flor de Mayo. Desde la pantalla apareció una línea imaginaria que conectaba la avenida Emilio Portes Gil con Flor de Mayo Road en Brownsville. Cuatro carriles, paso peatonal. Cincuenta y cuatro millones de dólares. Permiso presidencial otorgado desde el 31 de mayo de 2024. Pero lo verdaderamente interesante no estaba en las cifras, sino en la dirección. La ciudad crecerá hacia el poniente.
Fue entonces cuando el ingeniero Hugo Carrillo levantó la mano y la conversación dejó de ser una exposición para convertirse en una clase magistral sobre hidrología, geología y memoria urbana. Preguntó por la Química Fluor y su cinturón de seguridad, preguntó por la fase intersalínica, preguntó por los mantos friáticos. Y de pronto el Holiday Inn dejó de ser un hotel. Nos encontrábamos hablando del agua que corre debajo de nuestros pies. Hugo Carrillo explicó cómo la modernización del Distrito de Riego 025 había modificado el comportamiento de los acuíferos, cómo la salinidad había retrocedido y cómo la ciudad había insistido, durante décadas, en crecer hacia las zonas equivocadas. “Hay agua dulce desde el río hasta la carretera Matamoros-Reynosa”, dijo. Después habló de los cerros de la Química Fluor. Los describió con una imagen imposible de olvidar: “Creo que es el mirador más grande que hay en Matamoros”. Poquito exagerado mi amigo Hugo. Hubo algunas sonrisas. Pero detrás de la frase permanecía una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una ciudad crece alrededor de sus propios fantasmas?
Arturo respondió con la serenidad de quien ha sobrevivido a demasiados estudios ambientales. “Cuando hicimos el ferroviario realizamos diecisiete estudios para diecisiete canales. Con este proyecto tendremos que hacer lo mismo”. La frontera, aprendimos esa tarde, no se construye únicamente con concreto. También se construye con permisos, estudios de impacto ambiental, reuniones con SEMARNAT, CONAGUA y una paciencia casi monástica. Entonces intervino Manuel García. Como suele ocurrir con los hombres prácticos, hizo la pregunta correcta. “Como comunidad hay que revisar el impacto de eso.” Y tenía razón. Porque las ciudades no solamente heredan puentes, también heredan decisiones.
El tercer proyecto provocó un silencio distinto. Era el Puente Viejo. El Brownsville & Matamoros Bridge. El puente de 1910, el anciano de acero que ha observado revoluciones, guerras mundiales, tratados comerciales y millones de despedidas. Arturo explicó que el Condado de Cameron está en proceso de adquirir la participación de Union Pacific en una operación cercana a los 34 millones de dólares. El objetivo es integrarlo al sistema de puentes internacionales del Condado, que ya incluye el Gateway, Los Tomates y Los Indios.
No es una compra cualquiera, es en cierta forma, la adopción de una reliquia. Me gusta pensar que los puentes tienen memoria. Que recuerdan los pasos de quienes los hemos cruzado. Que el Puente Viejo todavía conserva el eco de las locomotoras y las voces de quienes, hace más de un siglo, cruzaron buscando una vida distinta. Quizá por eso me pareció apropiado que sea precisamente Brownsville quien quiera rescatarlo.
Arturo también compartió un dato que ayuda a comprender por qué los puentes internacionales son mucho más que infraestructura. Explicó que tanto el Gobierno del Estado de Tamaulipas como el Municipio de Matamoros reciben, cada uno, el 12.5 por ciento de los ingresos brutos generados por el Puente Viejo y el Puente Nuevo. La razón de que este esquema no aplique en otros cruces es sencilla: la Ley de Ingresos únicamente contempla aquellos puentes donde el concesionario no es el Fondo Nacional de Infraestructura (FONADIN). En el momento en que el Fondo asume la concesión, ese ingreso desaparece para el municipio y para el estado. De pronto, los puentes dejaron de ser solamente acero, concreto y aduanas; también son una fuente silenciosa de recursos públicos cuya historia pocas veces se cuenta.
Al final de la plática, mientras las diapositivas desaparecían y las conversaciones regresaban a su tono habitual, me quedé pensando en algo que Arturo dijo casi al pasar: “A nosotros nos toca hacer los proyectos. A ustedes les toca usarlos”. Y ahí está el verdadero desafío. Porque los puentes, por sí solos, no producen desarrollo. Son apenas una invitación. La historia de Matamoros ha sido, desde 1826, la historia de una ciudad empeñada en mirar más allá del río.
La conversación no terminó con los puentes. Como ocurre siempre en las ciudades fronterizas, tarde o temprano terminamos hablando del tiempo. No del tiempo que marcan los relojes, sino del tiempo que se pierde. Alguien recordó que entre Matamoros y Brownsville existen decenas de casetas de migración distribuidas a lo largo de los distintos cruces internacionales. Cuatro, quizá más, por cada puente. Puertas que, abiertas o cerradas, tienen la capacidad de alterar la rutina de miles de personas. Porque en la frontera una hora no siempre dura sesenta minutos; a veces dura una fila interminable bajo el sol de julio.
Querido y dilecto lector, se habló entonces de la necesidad de tocar las puertas correctas, de encontrar los interlocutores adecuados ante el Departamento de Estado de los Estados Unidos para plantear algo que parece sencillo, pero que tendría profundas implicaciones para nuestra región: que en las horas de mayor afluencia todas las casetas operen simultáneamente, como un gesto elemental de buena vecindad entre dos comunidades que hace mucho tiempo aprendieron que comparten mucho más que un río. Después de todo, los puentes no fueron construidos para contemplarse a la distancia, sino para ser utilizados. Y las fronteras, cuando funcionan correctamente, dejan de ser cicatrices para convertirse en puntos de encuentro. De ello hablaremos en la próxima columna.
El tiempo hablará.
