- Seguimos con artistas mexicanos para celebrar septiembre y esta vez le toca a un trovador, digno representante de una tradición en la que se cruzan el folclor, la trova, la canción de protesta, el canto nuevo y eso que él mismo bautizó como canción informal. Fernando Delgadillo lleva cerca de cuatro décadas escribiendo y cantando historias, pero yo llegué a él tarde.
En las misiones jesuitas de la prepa, en el Cultural Tampico, descubrí primero a Mexicanto. Después llegaron Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y con ellos entendí que una canción podía hablar de amor, política, nostalgia, libertad y de las cosas que uno apenas comenzaba a descubrir a esa edad. De Fernando sólo conocía Hoy ten miedo de mí.
Luego llegué a Monterrey para estudiar la universidad, con una maleta llena de ilusiones y esa sensación maravillosa de que la vida apenas comenzaba. En esos primeros años apareció Nicho, interpretando canciones de distintos autores que ampliaron todavía más mi mapa musical, y un día me enteré de que Fernando Delgadillo daría un concierto gratuito en el Auditorio Coca-Cola, en Fundidora. Fui y me ganó.
Era distinto. Silvio podía parecerme inalcanzable. Escuchaba Ojalá, Unicornio o La maza y sentía que estaba frente a alguien que había encontrado palabras que a los demás jamás se nos habrían ocurrido. Alejandro Filio era más lírico, más deliberadamente poeta. Fernando era más raza. Hablaba, hacía bromas, explicaba de dónde había salido una canción y comenzaba a tocar como si estuviera sentado entre amigos. En una misma noche podía pasar del amor a México, de una despedida a una injusticia, de la nostalgia a la risa, sin volverse solemne.
Con el tiempo entendí mejor aquello de la “canción informal”. Fernando podía ser poético y coloquial, romántico e irónico, profundo sin necesidad de anunciarlo. Escribía sobre una carta, un barco, una muchacha, una calle, el país o una relación que se acababa y encontraba en esas cosas comunes material suficiente para una canción.
Después fui descubriendo Entre pairos y derivas, No me pidas ser tu amigo, Carta a Francia, Julieta, Noche sin luciérnagas, Olvidar, Llovizna, Serenata, Puede que pueda, Hoy hace un buen día y tantas otras que durante una época podía reconocer la siguiente apenas escuchando los primeros acordes.
También fui conociendo al hombre detrás de esas canciones. Antes de consolidarse como cantautor tocó percusiones en un grupo de música andina, participó en peñas, pasó por la Sociedad de Escritores y Músicos Urbanos Subterráneos y distribuyó sus primeras grabaciones de manera artesanal. Mucho antes de que la independencia se convirtiera en una bandera para los músicos, Delgadillo construyó una carrera recorriendo ciudades, vendiendo casetes y discos y formando un público fuera de las grandes estructuras de la industria.
Lo volví a escuchar en distintos escenarios y comprendí que sus conciertos explicaban buena parte de su personalidad artística. Improvisaba, conversaba, recibía peticiones desde las butacas, recordaba anécdotas y podía tardar varios minutos en llegar al primer acorde. Nunca sentí demasiada distancia entre el hombre que estaba arriba y quienes lo escuchábamos abajo.
Con los años empecé a encontrarle algo de Joaquín Sabina, aunque menos cabrón. Sabina suele mirar la vida desde la madrugada, entre bares, hoteles, derrotas y personajes que sobreviven como pueden. Fernando me parece unas horas anterior, cuando todavía queda luz, alguien puede llegar y uno conserva ganas de escribir una carta. También le encuentro algo de Rockdrigo González, esa mirada urbana, chilanga, inteligente, irónica y popular que descubre una historia en una conversación, un camión, una calle o una tarde cualquiera.
Nunca lo sentí tan poeta como Filio ni tan lejano como Silvio. Fernando estaba en otro lugar, uno mucho más cercano a mí. Sus canciones hablaban de cosas que podía reconocer, de amores que comienzan o terminan, de amigos, recuerdos, ciudades, desencuentros y también del país. Algunas me acompañaron durante años y terminaron ligadas a momentos que ya me cuesta separar de ellas. Entre todas, en este septiembre vuelvo especialmente a Hoy hace un buen día, porque pocas canciones expresan de una manera tan sencilla lo que siento por México.
Me gusta porque Fernando canta al país sin convertirlo en consigna ni esconder sus dificultades. Parte de algo mucho más íntimo, haber nacido en esta tierra, caminarla, reconocerla como casa y agradecer lo recibido. Cuando canta que hablar de México le inflama el pecho entiendo perfectamente a qué se refiere, porque el país deja de ser una abstracción y se vuelve familia, memoria, trabajo, paisaje y pertenencia.
Pero lo que más me gusta está en la mirada hacia quienes estuvieron antes y hacia quienes vendrán después. Delgadillo nos coloca en medio de una larga sucesión de viajeros que reciben un lugar, trabajan en él y un día se marchan mientras otros continúan construyéndolo. México deja entonces de ser únicamente una herencia y se convierte también en responsabilidad. Me conmueve cuando reconoce la dignidad de quien trabaja para sacar adelante a los suyos y superar su condición aun durante los tiempos adversos, porque encuentro en esos versos un país que conozco y quiero.
Hoy hace un buen día habla también de sembrar para quienes están por llegar. Recibimos una tierra que otros construyeron antes de nosotros y nos corresponde dejar algo digno a los que vienen detrás. Un día también nosotros seremos aquellos viajeros que cruzaron por aquí. En septiembre, entre banderas, ceremonias y discursos, me quedo con ese patriotismo sencillo de Delgadillo, el que nace del agradecimiento, reconoce el esfuerzo de la gente y entiende que querer a México implica participar en lo que todavía falta por construir.
Para entonces yo ya había pasado por Con cierto aire a ti, Primer estrella de la tarde, Entre pairos y derivas, Campo de sueños, Desde la Isla del Olvido, Febrero 13 y los conciertos de Parque Naucalli. Sus canciones habían dejado de pertenecer únicamente a sus discos y se habían mezclado con personas, ciudades y momentos de mi propia vida. Supongo que eso ocurre con los músicos que terminan acompañándonos durante décadas.
Tengo, sin embargo, un reclamo de admirador. Fernando tarda demasiado en sacar un disco con canciones inéditas. Publica conciertos, nuevas versiones, sesiones acústicas y grabaciones recuperadas, pero sigo esperando canciones nuevas y al menos una vez al mes reviso si apareció alguna. En tiempos de Spotify resulta extraño conservar la costumbre de esperar música como esperábamos antes un disco, pero con Fernando todavía me pasa.
Cumplió sesenta años y continúa recorriendo escenarios mientras nuevas generaciones descubren en plataformas las canciones a las que otros llegamos mediante casetes, discos, peñas y conciertos. Escucharlo me pone de buenas y me lleva de regreso a aquella adolescencia llena de sueños e ideales, cuando uno se sentía más fuerte y tenía la emoción mucho más cerca de la piel. Sus canciones me devuelven por unos minutos a ese tiempo en el que todo parecía posible y buena parte de mi vida estaba todavía por estrenar.
Aquella noche en Fundidora, Fernando Delgadillo subió al escenario con una guitarra, habló, bromeó y cantó. Yo había llegado a Monterrey con una maleta llena de ilusiones y apenas conocía una canción suya.
Salí con un amigo que todavía me acompaña y un casete autografiado que no sé dónde quedó.
Playlist recomendado: Hoy ten miedo de mí, Entre pairos y derivas, No me pidas ser tu amigo, Carta a Francia, Julieta, Noche sin luciérnagas, Olvidar, Llovizna, Serenata, Puede que pueda, Hoy hace un buen día, A tu vuelta, La bañera y Primer estrella de la tarde.
Puede que pueda para Greis y Hoy hace un buen día para Alo.
