Por: Jorge Torres Garza
Todavía faltan las campañas formales, pero algunas de sus prácticas parecen haberse adelantado al calendario.
Basta recorrer las colonias —o simplemente abrir las redes sociales— para encontrarnos con escenas demasiado conocidas: lápices, tapas de huevo, tinacos, techumbres, costales de cemento, sillas de ruedas, medicamentos, despensas, rifas, loterías, brigadas para recoger basura, jornadas para limpiar áreas verdes y políticos tapando baches. A eso habría que agregar la “eventitis”: una sucesión interminable de festivales, convivios, torneos y actividades cuyo impacto público parece, en ocasiones, menos importante que la fotografía que dejan para las redes sociales.
Los servilleteros, vasos, gorras y playeras que durante décadas fueron símbolos casi folclóricos de las campañas mexicanas quizá hayan quedado atrás, pero la lógica permanece intacta: entregar algo que permita asociar una necesidad o un beneficio con el nombre de determinado personaje político.
Cambian los objetos, las plataformas y los rostros. La fórmula sobrevive.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿este es el relevo generacional del que tanto hablamos?
Jóvenes en edad, viejos en ideas
Uno de los mayores equívocos de nuestro tiempo es confundir juventud con renovación. Tener treinta o cuarenta años no convierte automáticamente a nadie en representante de una nueva generación política.
El verdadero relevo generacional no ocurre cuando cambia la fecha de nacimiento de quienes ocupan los cargos. Ocurre cuando cambian las ideas, los métodos y, sobre todo, la manera de entender el poder.
Si un político joven reproduce exactamente las mismas prácticas que criticábamos hace treinta o cuarenta años, difícilmente estamos frente a una nueva generación. Estamos frente a la vieja política con una cara más joven y, probablemente, con mejores redes sociales.
Tampoco se trata de condenar el trabajo territorial. Un político debe caminar las colonias, escuchar a la gente y conocer sus necesidades. El problema comienza cuando la cercanía sustituye a las propuestas y la fotografía termina siendo más importante que aquello que se pretende hacer desde el gobierno.
Una cosa es escuchar a la ciudadanía. Otra muy distinta es convertir cada necesidad en una oportunidad de promoción personal.
La campaña permanente
Y esto no es exclusivo de quienes aspiran a un cargo. Lo vemos desde regidores y funcionarios municipales hasta alcaldes, diputadas y diputados locales, legisladores federales y otros representantes populares. En distintos niveles se ha normalizado una especie de campaña permanente en la que buena parte de la comunicación política gira alrededor de recorridos, entregas, gestiones, eventos y fotografías.
Resulta particularmente llamativo cuando quienes tienen responsabilidades legislativas dedican mayor esfuerzo a demostrar presencia territorial que a explicar qué iniciativas impulsan, qué leyes pretenden modificar, cómo votaron determinados asuntos, qué presupuesto defendieron o cómo están fiscalizando los recursos públicos.
Conviene recordar algo elemental: un legislador no fue electo para sustituir al servicio de limpia, reparar calles o convertirse en organizador permanente de eventos sociales. Su responsabilidad está en legislar, representar, fiscalizar y construir mejores instituciones.
Por supuesto que debe recorrer las colonias y escuchar a la ciudadanía. Pero conocer un problema debería ser el principio de una solución institucional, no únicamente la oportunidad para generar contenido.
Una silla de ruedas puede transformar la vida de una persona. Un medicamento puede ser indispensable para una familia y una techumbre puede mejorar las condiciones de una comunidad. Nadie sensato cuestionaría su utilidad. Lo cuestionable es convertir la necesidad social en estrategia de posicionamiento, particularmente cuando quien entrega el apoyo ocupa un cargo desde el cual podría impulsar soluciones para que cada vez menos ciudadanos dependan de la intermediación de un político.
Porque el objetivo de una buena institución debería ser precisamente ese: que nadie necesite conocer al político correcto para ejercer un derecho.
La política del favor
Durante décadas construimos una cultura política basada en una transacción sencilla: yo te ayudo y tú recuerdas quién te ayudó.
Es una fórmula extraordinariamente efectiva para construir reconocimiento político, pero muy limitada para construir instituciones.
Una despensa puede resolver una necesidad durante algunos días; una política pública bien diseñada puede modificar las condiciones que provocaron esa necesidad. Tapar un bache resuelve un problema inmediato; construir gobiernos municipales eficientes debería evitar que un ciudadano necesite recurrir personalmente a un político para conseguir que lo tapen.
Ahí está la diferencia entre administrar necesidades y transformar realidades.
La política del favor produce fotografías inmediatas y agradecimientos personales, mientras que una buena política pública puede tardar años en mostrar plenamente sus resultados. Pero cuando las instituciones funcionan, el ciudadano deja de necesitar favores para ejercer derechos.
Eso debería ser una de las aspiraciones fundamentales de una democracia madura.
Entre la sobreexposición y la ausencia
También existe el fenómeno contrario. Mientras algunos representantes públicos parecen vivir en campaña permanente, hay otros de quienes prácticamente no sabemos nada. Llegaron al cargo, aparecieron en la fotografía oficial y después resulta difícil identificar qué están haciendo, qué propuestas defienden o qué resultados han producido.
Ninguno de los extremos debería parecernos normal.
Ni la sobreexposición sustituye los resultados ni la ausencia puede justificarse indefinidamente como trabajo silencioso. Quien ejerce una responsabilidad pública también tiene la obligación de rendir cuentas y explicar qué está haciendo con ella.
Así terminamos atrapados entre dos formas igualmente pobres de representación: la política del regalo y la política de la ausencia.
Y en medio de ambas se nos está perdiendo algo mucho más importante: la política de las ideas.
También debemos mirarnos al espejo
Sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los políticos. La política responde también a los incentivos que construye la sociedad.
Mientras valoremos más al funcionario que “nos consiguió algo” que al que diseñó una buena política pública; mientras conozcamos mejor quién entregó un tinaco que quién presentó una iniciativa importante; mientras premiemos la fotografía por encima del resultado, habrá quienes sigan utilizando exactamente la misma fórmula.
Nos quejamos de la política de los favores, pero seguimos recurriendo a políticos para resolver problemas que deberían solucionar las instituciones. Poco a poco terminamos sustituyendo derechos por favores.
Ese intercambio puede beneficiar a ambas partes en el corto plazo, pero debilita las instituciones en el largo. Por eso el relevo generacional tampoco depende exclusivamente de quienes quieren gobernarnos; depende también de la ciudadanía que decidimos ser.
¿Dónde están las propuestas?
Aquí es donde deberíamos elevar el nivel del debate.
Tamaulipas debería estar discutiendo cómo aprovechar su posición geográfica y la relocalización de cadenas productivas; cómo desarrollar infraestructura logística; cómo convertir su potencial energético en desarrollo regional; cómo preparar a nuestros jóvenes para la automatización y la inteligencia artificial; cómo fortalecer la salud mental y prevenir las adicciones; cómo enfrentar el desafío del agua; cómo construir ciudades más sostenibles; cómo recuperar el tejido social y cómo generar empleos mejor remunerados.
Y esas discusiones requieren algo más que buenas intenciones. Necesitamos propuestas con objetivos, presupuestos, indicadores y mecanismos de evaluación, porque una propuesta que no explica cómo se realizará, cuánto costará y cómo mediremos sus resultados corre el riesgo de convertirse simplemente en otra promesa.
La discusión pública no debería reducirse a quién organizó más eventos, quién entregó más apoyos o quién apareció en más fotografías recorriendo colonias. Tampoco deberíamos conformarnos con representantes que pasan prácticamente inadvertidos durante todo su encargo.
Deberíamos preguntarnos quién entiende mejor los problemas que enfrentará Tamaulipas durante los próximos diez o veinte años y, sobre todo, quién tiene propuestas serias para enfrentarlos.
Tenemos problemas del siglo XXI que difícilmente resolveremos con herramientas políticas del siglo XX.
El verdadero relevo
El relevo generacional en Tamaulipas no ocurrirá simplemente cuando llegue otra camada de candidatos jóvenes a las boletas. Ocurrirá cuando aparezca una generación —de veinte, cuarenta o sesenta años— que entienda que gobernar no significa administrar favores, sino construir instituciones.
Necesitamos liderazgos capaces de utilizar datos para tomar decisiones, comprender las transformaciones tecnológicas, dialogar con universidades, empresarios, organizaciones de la sociedad civil y comunidades, escuchar a quienes piensan diferente y pensar más allá de la siguiente elección.
Tamaulipas tiene una posición geográfica privilegiada, recursos naturales, universidades, talento y enormes posibilidades de desarrollo. Vivimos además en medio de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales que modificarán profundamente la manera en que trabajamos, producimos y gobernamos durante las próximas décadas.
La oportunidad es enorme, pero no podemos pretender construir el Tamaulipas de 2040 haciendo política como en 1970.
El verdadero relevo generacional no se mide en años, sino en ideas. No aparece en una lona ni se demuestra acumulando fotografías en las colonias, sino en la capacidad de presentar propuestas, construir instituciones y ofrecer una visión de largo plazo.
No consiste en sustituir al político de sesenta años por uno de treinta que aprendió exactamente las mismas prácticas. Consiste en cambiar nuestra manera de entender el servicio público y también nuestra manera de evaluar a quienes aspiran a ejercerlo.
Por eso quizá la pregunta correcta ya no sea cuándo llegará el relevo generacional a la política de Tamaulipas, sino quién está dispuesto a empezar a construirlo.
Y mientras algunos parecen haberse adelantado a las campañas y otros todavía parecen no haberse enterado de que ocupan un cargo público, quizá nosotros podamos adelantarnos a algo mucho más importante: discutir las ideas, contrastar proyectos y preguntarnos seriamente qué Tamaulipas queremos construir durante las próximas décadas.
Elevemos la conversación.
Porque una nueva generación política no debería distinguirse solamente por tener nuevos rostros, sino por atreverse a poner nuevas ideas sobre la mesa.
Rola del día: Bob Dylan – The Times They Are A-Changin’ https://www.youtube.com/watch?v=90WD_ats6eE
