LOCURAS CUERDAS

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Por Jorge Chávez Mijares.

Cuatro años: la semiótica del poder en Tamaulipas.

Querido lector, la política también habla cuando guarda silencio. Habla en la disposición de unas sillas, en quién permanece sentado y quién se levanta, en el color de una corbata, en la distancia entre el gobernante y sus colaboradores, en el momento preciso en que una imagen aparece sobre una pantalla. Hay ceremonias que dicen mucho antes de que alguien tome el micrófono. Eso ocurrió el jueves pasado en el Teatro Amalia G. de Castillo Ledón, en Ciudad Victoria.

El Gobernador no convocó formalmente a un Informe. Y la diferencia no es menor. El propio Américo Villarreal Anaya recordó que el Informe constitucional corresponde a otro momento. Lo que se organizó para conmemorar los cuatro años de su administración fue un conversatorio. Informe del Gobernador Américo, la palabra modificó la escena. No hubo un gobernador solitario detrás de un atril, con un rosario de cifras en las manos y el gabinete convertido en escenografía humana. El poder fue distribuido visualmente. Los secretarios ocuparon el escenario. Estaban sentados, visibles, formando parte del relato. Se levantaban, hablaban y regresaban a su lugar. Américo escuchaba.

La primera lectura semiótica estaba servida, el gobernador decidió que sus cuatro años también fueran explicados por quienes gobiernan con él. No es un detalle. En el antiguo ceremonial político mexicano, el gobernante solía apropiarse simbólicamente de todos los logros. Las carreteras las construía él; los hospitales los inauguraba él; la seguridad mejoraba por él y hasta parecía que la lluvia caía gracias a una gestión oportuna ante las autoridades correspondientes. Era aquella extraña taumaturgia del presidencialismo trasladada a los estados. Aquí ocurrió algo distinto.

Américo Villarreal ocupó naturalmente el centro político del encuentro, pero cedió repetidamente el centro físico del escenario. Y ceder el centro, aunque sea durante unos minutos, también comunica. El escenario tenía algo de gabinete puesto bajo la luz. Ya no eran solamente nombres impresos en un organigrama gubernamental, eran hombres y mujeres obligados a levantarse delante del gobernador, delante de sus compañeros y delante de un teatro abarrotado para asumir públicamente una parte de esos cuatro años. La escenografía ayudaba. Tonos guinda, fondos luminosos, enormes superficies verticales y, en el centro, la identidad gráfica: “Cuatro Años Transformando Tamaulipas”. El mensaje no descansaba únicamente en las palabras. Todo estaba construido para producir una sensación de continuidad, cohesión y pertenencia a un mismo proyecto.

Pero había otro signo, Las corbatas. Rojo, guinda, rojo, guinda. Una reiteración cromática que recorría buena parte del escenario y terminaba por convertir a funcionarios distintos en integrantes visuales de un mismo cuerpo político. No hacía falta colocarles una camiseta partidista. El color cumplía discretamente esa función simbólica. Las mujeres, predominantemente de negro, producían otro contraste. Sobriedad, institucionalidad, cierta uniformidad deliberada o coincidente. El resultado final era un gabinete que, visto desde las butacas, tenía una sorprendente coherencia visual.

Y entonces comenzó aquel curioso ejercicio de tomar el micrófono. Unos caminaron con seguridad. Otros buscaron las palabras. Algunos demostraron oficio para hablar en público y otros dejaron claro que administrar una secretaría y dominar un escenario pertenecen a universos distintos. Eso también humanizó el encuentro. Porque el conversatorio tuvo imperfecciones. Y precisamente por eso pareció, por momentos, conversatorio. Hubo incluso ese pequeño episodio maravilloso que ninguna coreografía puede fabricar, Karl Heinz Becker Hernández levantándose para intervenir y descubriendo que el micrófono se le caía en pleno evento. El gobernador lo vio con gracia. Un instante mínimo, casi doméstico, pero revelador. Por unos segundos desaparecieron el protocolo y la enorme pantalla y quedaron dos personas resolviendo un problema elemental, levanta el micrófono y habla. La política está llena de esas pequeñas metáforas involuntarias.

Y hubo numeraria hasta en las voces. Por aquel centro del escenario pasaron 18 titulares de secretarías, 13 hombres y cinco mujeres, además de responsables de otros organismos públicos y tres representantes del sector empresarial y de la sociedad civil. No todos hablaron igual ni durante el mismo tiempo. Algunos parecían querer ganarle al reloj; otros parecían haber olvidado que existía. El más extenso fue el ingeniero Raúl Quiroga Álvarez, secretario de Recursos Hidráulicos para el Desarrollo Social, cuya exposición terminó convirtiéndose prácticamente en una pequeña cátedra sobre el agua en Tamaulipas.

Y entre aquel fárrago de voces hubo dos intervenciones que, sin pretender restar importancia a las demás, me parecieron particularmente sustantivas: Carlos Irán Ramírez González, secretario de Finanzas, y Raúl Quiroga. Uno habló de los dineros; el otro, del agua. Uno del recurso que permite gobernar y el otro del recurso que permite vivir. Ramírez fue breve, directo y numérico; Quiroga, técnico, pedagógico y considerablemente más largo. 

Curiosa simetría: la hacienda pública y el agua terminaron recordándonos que un gobierno puede prometer muchas cosas, pero primero necesita tener con qué pagarlas y tener qué beber.

También allí apareció una diferencia imposible de ocultar: tener una secretaría no significa necesariamente tener oratoria. Hubo funcionarios que consiguieron convertir números y asuntos técnicos en mensajes comprensibles; otros se refugiaron en el lenguaje administrativo; y algunos se acercaron peligrosamente al viejo oficio del merolico, vendiendo futuros esplendorosos cuyos resultados, por su propia naturaleza, todavía están pendientes de verificarse. Nada extraordinario: gobernar, administrar y comunicar son tres oficios distintos y rara vez vienen juntos en la misma persona.

Otra decisión escénica me resultó particularmente significativa: Américo no utilizó a sus secretarios simplemente como coro laudatorio. Los convirtió en narradores parciales de su propio gobierno. Naturalmente, aquello seguía siendo un acto organizado por el Gobierno del Estado; nadie debía esperar una mesa de periodistas interrogando al gabinete ni un ejercicio de contradicción. Sería ingenuo confundir una rendición de cuentas institucional con un debate. Y ahí aparece uno de los claroscuros. Hubo mucha celebración y poca o nula autocrítica.

Después de cuatro años, resulta difícil imaginar una administración pública que no haya acumulado errores, retrasos, proyectos que no caminaron como se esperaba o decisiones que, vistas a la distancia, pudieron tomarse de otra manera. En el escenario predominó el balance favorable. Es comprensible por la naturaleza conmemorativa del encuentro, pero precisamente por llamarse conversatorio habría resultado interesante escuchar alguna vez: esto no salió bien. La autocrítica también comunica seguridad, el Gobernador lo sabe, pero era su fiesta y su momento. 

Hubo una decisión narrativa que me pareció inteligente, reservar para el final el componente social. El propio gobernador presentó ese último eje como el más sensible y el más importante, el desarrollo y bienestar de las personas. No comenzaron con las personas, terminaron con ellas. Semióticamente es distinto. El último mensaje suele ser el que acompaña al espectador cuando abandona el teatro. Después de las instituciones, las obras, los proyectos y la maquinaria gubernamental, aparecía la razón que pretende justificarlo todo, la gente.

Claudia Sheinbaum apareció casi al final. No físicamente, apareció en la enorme pantalla. Su voz irrumpió cuando el conversatorio estaba prácticamente consumado y recordó conceptos de soberanía, pueblo, justicia social, democracia y rendición de cuentas. Su incorporación en aquella posición narrativa difícilmente puede analizarse solamente como un recurso audiovisual. En política, sesudo lector, el orden de los factores sí altera el mensaje. Andrés Manuel López Obrador, se mencionó solamente una vez, su nombre apareció de manera explícita al recordarse una decisión relacionada con el Puerto del Norte. Pero la gramática política del conversatorio tuvo otro tiempo verbal. AMLO pertenecía al pasado. Claudia pertenecía al presente. Y probablemente ésa sea una de las claves políticas más interesantes de todo el encuentro.

No sería riguroso asegurar, a partir de una ceremonia, que Américo Villarreal ha dejado de ser obradorista para convertirse en claudista. Ambas identidades, además, no son necesariamente excluyentes dentro de la Cuarta Transformación. Pero si nos atenemos exclusivamente a la semántica, la escenografía y la temporalidad política construidas, el centro de gravedad ha cambiado. López Obrador aparece como antecedente, Sheinbaum como interlocutora.

Por eso la colocación de aquel video casi al final resulta tan sugerente. Claudia no apareció como epílogo decorativo, funcionó como una suerte de bisagra entre los cuatro años transcurridos y los dos que todavía faltan. El pasado tenía fundador y el presente tenía presidenta. Y Américo Villarreal colocó a Tamaulipas discursivamente dentro de esa continuidad.

Por otro lado, resultó significativa una ausencia. La doctora María Santiago de Villarreal no estuvo en el centro de la representación. No hubo una construcción familiar del poder alrededor del gobernador. El protagonista institucional apareció acompañado por su gabinete, no por una escenografía doméstica. Eso reforzó la naturaleza política del acto, era Américo gobernador, no Américo el esposo.

Me quedó la impresión de que el 1o de octubre no pretendía solamente responder qué ha hecho el Gobierno de Tamaulipas durante cuatro años. Pretendió responder algo más sutil, qué clase de gobierno quiere decir que es. Un gobierno colectivo en su representación; humanista en su vocabulario; alineado con la continuidad nacional de la Cuarta Transformación; orgulloso de sus resultados; poco inclinado a exhibir públicamente sus equivocaciones; y claramente instalado, al menos en la semántica del conversatorio, en el tiempo político de Claudia Sheinbaum.

Querido y dilecto lector, el poder habla. Habla cuando pronuncia discursos, desde luego. Pero también cuando acomoda las sillas, cuando entrega un micrófono, cuando decide quién se levanta. Cuando escoge quién aparece en una pantalla. Y, sobre todo, cuando decide quién aparece al final. Otro elemento fue darme cuenta que secretario fue el más aplaudido y cual el menos, pero eso es amarar navajas. 

El tiempo hablará.

 

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