LA MUJER QUE NO SABÍA LLORAR

Fecha:

POR CARLOS ACOSTA

 

Cuando vivíamos por las calles, Canales y González, conocí a una mujer que no sabía llorar. Bueno, sí lloraba, pero lo hacía sin lágrimas. En ese tiempo yo cursaba la prepa. Para mí y para mis compañeros, todo era risa, ruido, alegría. La vida en colores chillantes pasaba en cámara lenta y un día era casi tan largo como un año. Araceli Balladares, era siete años más grande que yo. Trabajaba, por las mañanas, en las oficinas de El Ingenio. Por esa razón iba en prepa de horario nocturno. Yo había escogido ese turno de escuela como un rasgo más de intención de ser yo, o de no ser yo, hasta la fecha no he logrado dilucidarlo bien a bien. En las veinticuatro horas de aquellos días, podías ir a la biblioteca, hablar con los amigos, escuchar música, tocar guitarra, hacer las tres comidas en casa. Por la tarde-noche, te quedaba tiempo para ir a la escuela y más tarde, ya después de cenar, disponer todavía de una o dos horas para desvelarte y de paso imaginar que, alguna vez te irías de la casa paterna y ya andando lejos, accederías al sueño de sueños: el secreto delirio de ser poeta algún día. 

 

Aunque yo era ruidoso y locuaz, cuando tomábamos clases, me gustaba sentarme en la fila de bancos pegada a la pared que da al sur. Desde ahí se podía ver el sol de la tarde cayendo al horizonte. Una esfera anaranjada que ya no encandilaba. A esa misma hora, aparecía la estrella en el poniente -el planeta Venus, según los compañeros- y ya fuera en horario de recreo, o incluso en el transcurso de la clase, fui afecto a mirar ese paisaje por largos minutos. No exagero si subrayo que lo hacía sin parpadear. Esto, que pasaba inadvertido para el resto de los compañeros, a ella, le llamó la atención desde el principio. Sin embargo, esperó el momento justo para acercarse. Una tarde que venía hipersensible, (la tarde no yo), fue tan impresionante lo rojizo del cielo y el brillo de Venus, que luego de unos minutos de estarlos viendo, sin parpadear, me empezaron a rodar dos lágrimas por las mejillas. Araceli, fue la única persona que se dio cuenta. Sin decir palabra, se acercó. Se sentó en el banco de al lado. Respetó mi silencio. Yo no la sentí llegar. No la vi. Ella me lo contaría todo, después.

 

Se conmovió al máximo al ver lo que estaba sucediendo en mis mejillas. Entonces, conociéndose como se conocía, hizo un esfuerzo sobrehumano: se quedó mirando fijamente al cielo, el sol, la estrella. Estuvo así unos minutos. Los colores del paisaje se le fueron de la cara al corazón. Le vinieron taquicardias, aumento del pulso, una emoción que no supo definir se apoderó de ella. Sintió muchas ganas de llorar. Sintió que lloraba. Pero no había lágrimas. Fue cuando me despertó. Puso su mano en mi hombro. Me sorprendí. La miré a los ojos. No sentí pena. Hola, dije apenas. Hola, disculpa que interrumpa, ya viene el profesor de Botánica. Sí, sí, claro. En ese preciso momento, entraba el maestro Godoy. Buenas tardes jóvenes, saludó. Buenas tardes, profe, contestamos la mayoría. Cada uno de los alumnos tomaron sus lugares. Yo no me moví de donde estaba. Ella, tampoco. 

 

A partir de entonces Araceli me buscaba mucho. No tuve problemas para hacer buenas migas con la mujer sin lágrimas. Este sobrenombre se lo adjudiqué semanas después, conforme nos fuimos conociendo cada vez un poco más. Era muy callada. Tendría veinticuatro años, tal vez. Siempre fue muy puntual. Jamás la vimos que llegara tarde a clases. No tenía un lugar preferido para sentarse, como lo hacíamos la mayoría, pero desde aquella vez, empezó a tomar el lugar atrasito de mí. Al tercer o cuarto día me sacó plática. Yo estaba sentado a la sombra de un almendro en el jardín de la prepa, cuando ella se acercó. Sin decir agua va, atacó: quisiera ser como tú. ¿Cómo?, me sorprendí. Sí, yo no sé llorar. ¿No sabes o no puedes? No sé y no puedo. Ahí se nos atravesó un largo silencio. Ni ella ni yo sabíamos qué decir. Luego de dos mil años, volvió a hablar. Me emociono como cualquier persona, incluso como tú, que eres hipersensible. Era la primera vez que yo escuchaba aquella palabra. Después, según sicoanalistas y psiquiatras, será mi compañera de por vida. Lloras por ver una tarde. No lloré, me defendí, fueron dos lágrimas nada más. Quedamos callados otra vez.

 

Nos saludábamos a diario. Hola. Hola. Breves comentarios sobre clases y exámenes, pero nada más allá. Hasta que otra vez agarramos conversación, y fui yo quien la abordó. ¿Sabes Araceli?, yo me doy mucha guerra, nunca pensé que alguien quisiera ser como yo. Bueno, no en todo, no seas tan ego, se rio de buena gana. Sólo en tu capacidad para llorar. Pero, eso es justamente el centro de las burlas de mis compañeros. Sí, los he oído, tu apodo es ‘el lágrima-pronta’. ¡Cuando bien me va!, ahora reí yo. No saben lo que dicen, agregó como si estuviera molesta. Ellos no saben mi secreto, me confió. Ni el mío, repliqué enseguida. Pero lo tuyo es un don. ¿Tú crees? Silencio. Silencio. Silencio. La verdadera tragedia, no es que no lo amen a uno; sino la incapacidad de uno para amar. ¿Y eso, qué? Que es equiparable: vaya si lo sé. No llorar es una enfermedad, orgánica o emocional que, para fines claros, es lo mismo. ¿En serio? Sí, fue contundente. Puede ser el síndrome de Sjorgen, ese padecimiento sin cura, según la ciencia médica. Suspiró, como anunciando lo que iba a decir: o puede ser que el que llora, padece de miseria espiritual. ¡No!

 

Vimos muchos atardeceres juntos. La mayoría desde el salón de clases sin decirnos palabra. Algunas veces, desde la sombra del almendro, en hora de recreo, por la falta de un maestro, porque todo el grupo nos poníamos de acuerdo para “matar clase”. No me sucedió siempre. Y me parecía que eso, a ella, la defraudaba. Es que no es a mi voluntad, expliqué, sucede sin que yo me dé cuenta. Lo sé, lo debería saber, y se apenaba un poco. No obstante, cuando en las contadas veces que ocurrió, ni ella ni yo, dijimos palabra una. Intuíamos que al hacerlo se rompería algo, no sabíamos muy bien qué, pero era algo que a toda costa deberíamos mantener intacto. Después de las cascaditas de agua salda en las mejillas, jamás intentamos explicarlo. Sabíamos lo que cada uno pensábamos al respecto. Casi al terminar el semestre, tuvimos la que yo nunca sospeché, sería nuestra última charla. Aquella vez, yo fui quien se reveló: a veces quisiera ser como tú, Ara, tener la capacidad de no llorar. Ni lo pienses, dijo entre dientes. Llorar es una bendición, en especial si las lágrimas son de risa, liberación, alegría. Incluso por cortar una cebolla. O por ver un atardecer, agregó y dejó caer con el tono de sus palabras, invisibles gotas de tristeza. 

 

Para el siguiente semestre, mi amiga no volvió. Los primeros días, algunos compañeros preguntaron por ella. Al paso de las semanas, su nombre, para el grupo de segundo semestre del horario nocturno, entró en esa cueva invisible, que es el olvido. Para mí, no. De hecho, pensé que habría una razón para que no hubiera regresado a tiempo, pero que, en unos días, quizás mañana, seguro reaparecería por la escuela. Mas no fue así. Y a pesar de que la ciudad es pequeña, nunca volví a encontrarla por las calles, en la plaza, en el mercado. Una vez fui a El Ingenio, tampoco la vi. Para este nuevo semestre ya nos tocó un salón en la planta alta del edificio de la prepa. Desde los primeros días, descubrí que, debido a la altura, desde aquí había una mejor visión del paisaje. Ahora mismo, cuando me descubro sentado en la fila que está pegada en la pared que da al sur, y veo el sol anaranjado que ya no encandila, bordeando el filo de la sierra, la estrella, Venus, con su brillo espectacular, las nubes, tengo la impresión que, de un momento a otro, una mujer, va a tocarme el hombro. Y algo va a decir.

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