CASTILLO PERSONAL

Fecha:

                      CASTILLO PERSONAL

                                               ARTURO GUERRERO CAMERO

 

-Ven acá arriba, sube, no asustan. – Se escucha la voz de mi hermano Alfredo desde la planta alta en la casa de mis padres. Algo en mi interior me impide subir, miro al alrededor;  el viejo gabinete de lámina está ahí, yo ayudé en la última ocasión en la que se pintó con ese color beige casi amarillo que conserva hasta el día de hoy, mi madre colocaba en la parte superior esa loza que rara vez usábamos, y que estaba destinada  a salir sólo cuando teníamos visitas en casa, los delgados cajones llenos de cucharas, tenedores y cuántos más utensilios de cocina podía guardar en ellos,  la parte baja estaba destinada para almacenar las ollas y cacharros más grandes. Miro el comedor, y en éste una vieja jarra de plástico  que casi puedo asegurar tiene más de veinte años, al pie de la escaleras, en la pared descansa una fotografía mía de cuando tendría acaso unos cinco años (o quizá menos), en ese mismo cuadro aparezco luciendo una cabellera larga y lacia al más puro estilo del cuarteto de Liverpool; y los escalones, esos escalones pintados de rojo en los que tantas veces jugué a las canicas, aventé coches y disfruté de todos los juegos que podían crear la mente de un niño, y que con el paso de los años los llegué a ver tan pequeños tanto que los bajaba brincando ante el regaño de mi madre, ahora nuevamente los veo enormes, tan intimidantes que ni aún con la voz de mi hermano desde la parte superior me atrevo a escalarlos. Finalmente acudo al llamado, agradezco al cielo que la habitación de mis padres estuviera cerrada, charlo con mi hermano y reímos un poco, pero por dentro me estoy derrumbando, sé que al bajar de nuevo por las escaleras no estará mi madre, no disfrutaré del olor a comida recién hecha, que ya nada será igual. Se dice que uno siempre regresa al lugar en el que fue feliz, pero nadie habla sobre el dolor que se forma en el estómago, ese vacío que sube por el pecho y estrangula la garganta para después amenazar con desbordarse por los ojos. 

Ayer estuve ahí, en mi castillo personal, y fui aplastado por él.

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