PIEDRAS DEL ARROYO

Fecha:

Cuando el arroyo estaba todavía vivo, nos gustaba ir de vez en cuando, a recoger piedras en las partes más bajas. Especialmente por las tardes de aquellos largos días del verano, cuando el clima rondaba los treinta y cinco grados Celsius. Mi hermano tendría nueve años; yo, poco más de seis. Como el agua venía limpia, podíamos ver las piedras con sólo estar de pie, sintiendo la suave corriente por encima de las rodillas. Pero no nos llevábamos cualquier piedra, no. Nos gustaban pequeñas y bolondas, grises y en color café claro. Después de observarlas durante unos minutos, sumergíamos la cabeza y el cuerpo en el agua. Buceábamos, podría decirse. Y como ya las habíamos ubicado, casi siempre al primer intento, salíamos a flote, contentos, por haber logrado el trofeo. Cada uno alzábamos al cielo, dos pequeñas piedras que traíamos en la mano.

Son piedras con música, nos había dicho El Niño, hombre de casi dos metros de estatura y a quien el pueblo consideraba, por decir lo menos, anormal. Justo a eso se debía su sobrenombre, aun cuando ya debía andar, según la visión de un niño de seis años, más allá de los cincuenta. Son piedras rítmicas. Esa palabra usó: rítmicas. Quién sabe de dónde la sacaría. Yo nunca la había escuchado. Froten una con otra, decía, y van a escuchar la música del arroyo. También dijo, golpéenlas debajo del agua y ya verán. Y agregó, si se ponen atentos, hasta pueden platicar entre ustedes con el sonido de las piedras. Nosotros le creíamos casi todo a El Niño. Era amigo de mis padres. A veces lo llamaban para chapolear el monte del solar. Hicimos lo que nos enseñó, muchas veces; en especial después que, en los primeros intentos, nos asombrara comprobar que aquello era verdad.

De modo que, las tardes cuando íbamos al arroyo, se convirtieron en alegría, ilusión y misterio. Más todavía, si golpeábamos las piedras debajo del agua, es decir, cuando buceábamos. Nos extasiaba golpearlas y escuchar la manera como se transmitía el sonido. Era una resonancia que tardaba en llegar. Parecía que el chasquido, hacía lo mismo que cuando lanzábamos una piedra a La Poza Del Ahogado, que arroyo arriba, estaba muy honda y las aguas ahí eran quietas. Entonces, al caer la piedra al agua, se expandía una onda en círculos cada vez más grandes a partir del sitio en donde había entrado a la poza. Además, descubrimos lo increíble: si las golpeabas con un poco más de fuerza, el choque de las piedras producía burbujas que ascendían y se deshacían, al llegar a la superficie. ¡Ah, cuánto del agua y las piedras hay por conocer! Nosotros estábamos contentos por ser testigos de algo que nos parecía rodeado de magia y enigma.

Luego de un buen rato, antes que oscureciera, volvíamos. Ya de regreso a casa, nos gustaba platicar usando como lenguaje el golpeo de las piedras. Por ejemplo, yo las golpeaba cinco veces y mi hermano, tres. Yo le había dicho: hola, ¿cómo estás? Él había contestado: bien, ¿y tú? Aprendimos a reconocer el significado de cada roce, cada golpe; a oír cierta música de arroyo al frotarlas. Así que, en el trayecto de regreso a casa, lo hacíamos conversando de esta manera. Quién iba a decir que eso nos duraría toda la vida, a tal grado que, en épocas universitarias, nos adivinábamos el pensamiento. Llegamos a demostrar a los (incrédulos) amigos, con actos simples, que no estábamos locos y que en realidad practicábamos, la telepatía. Recuerdo que, ya viviendo separados, yo en una ciudad lejana, cuando compré el libro Rimas y Leyendas, de Becker, dije a mi novia: ¡este libro le gustaría tanto a mi hermano! se lo voy a enviar. Pero dos semanas después, él se me adelantó. Me llegó, por correo, un paquete. Dije a mi novia: mira, ahí viene un libro. Y ese libro es el que yo le iba a enviar a Miguel Ángel. Ella, que ya conocía la historia, yo se la conté muchas veces, solo sonrió. Ábrelo tú, dije con absoluta certeza. Lo abrió. Era el libro Rimas y Leyendas, de Becker. De otra Editorial, pero era exactamente el mismo libro. Me podría extender contando tantas circunstancias como esta, pero sólo quise traer un ejemplo. Es una lástima que mi hermano haya muerto hace muchos años. Este hecho por sí solo significó, para mí, una tragedia que me marcó de por vida. Un ejemplo es el texto que ahora escribo. Y por esa razón, obviamente, él y yo, ya no podemos demostrar nada. 

En casa, en el cuarto donde dormíamos había una cómoda en la que, en su cubierta, estaban un pequeño espejo, un peine, dos cepillos de pelo y un frasco de brillantina. A veces, mis padres, en ese lugar olvidaban monedas de cinco, diez o veinte centavos. Ahí empezamos a dejar nuestras piedras. Nadie de la familia nos hizo preguntas ni las tiró, digamos, a la basura, al patio. O, nada más por jugar, sin pensarlo, lanzarlas a la calle por la ventana. Nunca lo hicieron. Quiero pensar que algo de especial tenían. Allí estuvieron nuestras piedras, durante añitos. Uso el diminutivo por dos razones: nosotros éramos niños, y muy pronto nos fuimos del pueblo. Así fue.

ILUSTRACIONES DE: HÉCTOR CORTÉS CORONADO

Compartir:

Popular

Ecos Informativos

La paridad en México no es una concesión, sino una conquista democrática: Guadalupe Taddei

En el Evento Conmemorativo del Día Internacional de...

Promueve Patty Chío el arte como espacio de reconocimiento a la mujer

  ​El Gobierno Municipal de El Mante llevó a cabo...

Atiende Gobierno de El Mante a adultos mayores con Estancia Segura del DIF

​* Es un espacio temporal donde son cuidados y...