EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DE UN LIBRO.

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Por Carlos Acosta

 

INSTRUCCIONES A MIS HIJOS

 

Por esta vez, hecho a propósito, he llegado al libro, “Instrucciones a mis hijos”. Cuando leí el título en la portada, francamente desconfié de haberlo elegido tan a la ligera, es decir, no por ser un libro como tal, sino por un poema que contiene. ¿Eso es elegir un libro sin pensarlo? ¿Por un poema? Esa fue la razón por la que, al empezar a caminarlo después de haber leído la portada, estuve a punto de no andarlo. Pero por enésima vez, el impulso decidió -si a seguir un impulso se le puede llamar, decidir- por mí. Pensé, de entrada, que se trataría de una serie de sermones y consejos de una madre a hijos adolescentes, y eso siempre me ha producido náuseas. Los hijos aprenden con lo que los padres hacer, y no con lo que los padres les dicen que hagan. Veo con total desconfianza a la gente mayor que predica ante sus hijos virtudes que alguna vez, en teoría, ellos o ellas tuvieron. Aun así, me dejé llevar por la vehemencia del ser y entré a sus páginas en busca del poema.

 

Y di con él. Fui un hombre feliz, a despecho de los que se ofendan -que los hay-debido a ello. Iba poniendo un pie y luego el otro al caminar por sus letras, al tiempo que las leía y la imaginación se echaba a volar lejos, muy lejos. Decía: Si algún día, hijo mío, la tentación te vence y quieres ser poeta, hazme caso, olvídalo y espera. No vayas a decir que sí a ese oficio tan serio a la primera. Olvídalo y sigue tu camino. Era la voz sosegada de una madre hablándole a su vástago. Yo podía caminarlo sin tropiezo alguno. Era andar por una vereda que sentí muchas veces haberla recorrido, no obstante ser la primera vez que lo hacía.

Seguí caminando, leyendo: Pero, si persistiera, si sigue persiguiéndote donde quiera que vayas esa idea, entonces, hazme caso, hijo mío, olvídalo de nuevo como sea. Busca otro asunto que te guste, y ten entretenida la cabeza. No era la voz de mi madre. No. Aunque por momentos me parecía. En mi caso, yo nunca le conté ni siquiera a ella, depositaria de casi todos mis secretos, el más preciado que guardaba. Aunque debo reconocer que muchas veces comprendí, por la manera como me miraba, que ella lo sabía.

 

No podía para de leer: Si al cabo, cuando menos te lo esperes, un buen día, la tentación regresa, si no te deja en paz y con el tiempo, ves que persevera, dile que no otra vez. Hazme caso, hijo mío, de ninguna manera digas que sí a un oficio que hace daño, que ni dormir te deja. A un oficio tan grave y tan sufrido. Seguía el sueño vivo en el hijo. Ella, la madre, en sus instrucciones, incluía una reflexión diciendo en pocas palabras: cuidado, esos terrenos suelen ser resbaladizos. Por la manera como lo escribía, se dejaba ver que ella, por experiencia propia, sabía de lo que hablaba.

 

Antes de salir del libro, recordé que no fue fácil llegar al título original. La información en la era de la información, es cada vez menos verdad. ¡Hay tanta mentira circulando por el mundo! Aparecieron tres nombres más, dos hombres y una mujer, que se las daban de autores del poema. Hubo incluso uno, cuya ficha de presentación dice que había nacido a finales del siglo diecinueve. Hurgué, esa es la palabra, hurgué en lo más escondido. Cotejé varios sitios de referencias. Editoriales varias. Así, hasta dar con, Magdalena Sánchez Blesa, (1970), de nacionalidad española. Y constatar, por las editoriales en las que la escritora, publica.

 

De este modo llegué a los últimos y detonantes versos del texto: Pero, si no lo aguantas, si te vence, entonces, bienvenido. Prepara el corazón para que duela, haz un hogar en él donde te quepa toda la humanidad, y sé poeta. Un final en donde la voz de la autora hablándole a sus hijos, se fusionaba con el murmullo de quien ahora solo puedo recibir murmullos: la voz de mi madre, que murmuraba cerca de

mi oído: Prepara el corazón para que duela, haz un hogar en él donde te quepa toda la humanidad, y sé poeta. Y yo, como caminador de libros, esta vez, ya no sabía si solo caminaba por el poema o ya era parte de él.

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