EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DE UN LIBRO

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Con esta entrega, iniciamos la publicación de un manojo de textos, con la mira de que algún día, sea Libro. Acosta, lo intentará por entregas catorcenales. Él espera que La Vida, le conceda terminarlo. Trato hecho. Gracias.

CARLOS ACOSTA

1

Yo, soy un hombre que escapó de un libro. No lo vayan a contar más adelante. Es mi secreto. La gente me mira, se acerca, platica. Creen a pie juntillas lo que digo. No me contradicen. Hay varias versiones de mi procedencia. De hecho, hay alguien, que por ética no diré su nombre, que escribe todo lo que yo le cuento. Y luego lo firma como propio. Son relatos breves y a veces, algunos poemas. Con ellos, ha publicado algunos libros. Creo que tiene buen prestigio como narrador. Hago esta confesión porque ustedes son gente lectora. Se acercan a los libros y a veces encuentran hombres un tanto parecidos a mí, que aparentan ser tan reales. Y son, él.

Para sobrevivir al silencio, salí de las páginas. Una noche, cuando el chico lector dormía, aprovechando que unas ráfagas de viento entraron por la ventana y abrieron el libro pasando una y otra y otras hojas, di un salto. Caí de pie sobre el escritorio. El joven afecto a la lectura, hizo el intento por despertar. Por un momento quedé inmóvil. Él se acomodó de nuevo entre las sábanas y me volvió el alma al cuerpo. No quiero imaginar lo que hubiera sucedido, si me hubiera descubierto ahí de pie. Yo, por ejemplo, no sé qué haría si alguna vez me encontrara por la calle con El Caballero de la Triste Figura y su escudero, Sancho Panza. Imagínense.

Salí de la habitación. La noche alta y oscura, no me impresionó. Era muy parecida a la del mundo, quiero decir a la del libro, del que provengo. Caminé por la ciudad como si ya conociera sus calles, los semáforos, las plazas y en especial, las librerías. A estas horas, algunas cafeterías todavía estaban abiertas. Al pasar por una, me di cuenta que tenía un estante de libros a la entrada. El anuncio decía, “Toma tu café, Lee tu libro”. Y no pude evitarlo, algo me llamó, quizás la portada, la cuarta de forro, o sólo la temprana nostalgia por el lugar de mis orígenes. Sin pensarlo un instante lo hice. Cuando me percaté, ya vivía otra historia.

2

Me encontré en la edad media. Por una calle de tierra suelta, caminaban, a paso lento, un hombre y una mujer. Ella, con vestido largo, de manta, hasta los tobillos y un ánfora en las manos; él, alto, pelo hasta los hombros y ropas de soldado, con un garfio que sustituía su mano izquierda. Enseguida los reconocí. Eran Blimunda y Baltazar Siete Soles. Ella, con la mirada fija, iba recogiendo el aliento de cada una de las personas sin vida, que yacían en el suelo.

Puedo pensar que iba en ayunas, que era cuando adquiría el poder de colectar los últimos alientos de la gente. Él, cuidando a la mujer, vigilante ante los peligros callejeros, atento para no caminar sobre los cuerpos tendidos en el suelo, moribundos por la epidemia. Con los alientos recogidos por la mujer, en el ánfora, irían de visita con su amigo, el Padre Laurenko, quien había construido aquel artefacto que, usando la colecta de Blimunda como combustible, se despegaría del suelo y habría de surcar los cielos y las nubes de la villa.

Al pasar cerca de mí, Blimunda, de tan concentrada que iba, con la mirada fija en un punto indefinido, no me vio. Baltazar, en cambio, desde cierta distancia, me miró a los ojos. Hizo contacto visual conmigo por, quizás, diez segundos. Luego, me concedió una leve inclinación de cabeza como saludo matutino. Yo, correspondí con un gesto similar. Pasaron muy cerca de mí. Yo no podía creerlo. Nunca imaginé que un día, me iba a encontrar con aquella memorable pareja. Él y ella siguieron su camino. Yo el mío.

3

Al llegar a las puertas de la ciudad, entré en un callejón muy angosto. Me había perdido sin saber a qué horas. Al doblar en una esquina, me encontré formando parte de un grupo de monjes discípulos que buscaban la luz en su camino. A un lado mío reconocí a Sidartha y Govinda. Ambos, con los ojos entrecerrados pronunciaban el mantra sagrado. Om. Buscaban ser uno con el universo. Encontrarse a sí mismos en la perfección. Frente al gran grupo, con una figura perfecta, un gesto inexpresable, siendo uno con lo que le rodean, estaba el gran maestro.

Sidartha abrió los ojos. Enseguida lo hizo, Govinda, su amigo. Se pusieron de pie. Echaron a andar. Su vestuario consistía en una simple bata en color amarillo pálido. No pude contenerme, los seguí muy de cerca. Decía Sidartha: Sigue al iluminado y te encontrarás, Govinda. Lo haré, amigo querido, y tú, ¿vendrás conmigo? No, no iré contigo, no seguiré al maestro. Pero él, el perfecto. Síguelo, amigo, yo no iré. Puedo saber por qué. Caminaban despacio. Yo iba muy cerca de ellos.

El iluminado, explicó Sidartha, ha llegado a la perfección andando un camino: el suyo. Y nadie más, nadie, podrá llegar por ese camino, solo de él. Síguelo amigo. Yo continuaré buscando mi camino, el único para mí, para nadie más. Por ese, llegaré, si es que así lo quieren los dioses, a mi propio yo. Volvió la mirada a dónde yo venía y dijo, ¿tú lo seguirás? Yo no supe qué decir. Permanecí inmóvil. Cómo si me hubiera quedado dormido de pie. Govinda volvió a donde el maestro. Sidartha, tomó otro rumbo. Me pareció que en mis sueños, él terminaba como botero en un río, pasando a gente de una orilla a otra. Los que lo conocían, solían decir que era un santo.

4

Abrí los ojos. Estaba en un Vapor Fluvial “Nueva Felicidad”, que navegaba por el río Magdalena. Una pareja, hombre y mujer, consuman por fin su amor que debió esperar muchos años. Fermina Daza y Florentino Ariza, que desde jóvenes sentían las atracciones propias de los cuerpos a esas edades, debieron esperar más de cuarenta años para consumarlo.

Siendo ambos jóvenes, a Fermina Daza, le parecía demasiado arrebatador y vehemente, el amor que Florentino Ariza le proponía. Ella, siempre muy propia, con su andar elegante muy propio de ella. Por eso, casa con el Dr. Juvenal Urbino. Luego de la muerte del marido, Fermina empieza a recibir muchas cartas de Florentino. Después de cincuenta y un años, se le concede al eterno enamorado conquistar a la mujer de sus sueños.

Ahora los puedo ver. No lo tengo claro, pero me da la impresión de que voy de polizón en el barco. Están en una especie de primer encuentro. Se miran a los ojos con tanta intensión, que no me ven llegar. Yo hago como que limpio una mesa de madera. Fermina Daza, me llama. Me acerco a ellos. Pienso que es un sueño, que en cualquier momento despertaré. Pero no. Con su mano de dorso rugoso, me revuelve el cabello, mientras dice a Florentino: está edad tenías cuando nos vimos por primera vez. Ignoro cómo es que la señora sabe que, en ese barco, en ese momento, tengo dieciocho años. Y tú tenías trece, señala él. Yo, de tanta felicidad, quería desaparecer.

5

Abro los ojos. Estoy a media calle de un pueblo casi a oscuras. Un silencio que viene desde la altura del cielo, cae sobre mí. Casas de adobe y cielo de teja antigua, vigilan. Los árboles son tan viejos que ya ni siquiera dan hojas. Veo que sale de una de las casas, Eduviges. Camina con la ligereza de quien, al hacerlo, parece no tocar el suelo. Junto a mí, sin hacer el menor de los ruidos, aparece Juan Preciado. Lo miro y tengo la sensación de que hace mucho tiempo que nos conocemos. Nos miramos a los ojos. Él pronuncia una frase que me parece haber oído antes: vine a Comala porque me dijeron que acá vive mi padre, un tal. Pedro Páramo.

Camina siguiendo a Eduviges. Voy tras él. Y, detrás de nosotros, viene Susana San Juan. Sus ropas son blancas, relucen en medio de la noche. ¿Ya es de noche, Juan? No lo sé, aquí a todas horas está oscuro contesta Susana San Juan. ¿Y el sol? Parece que se olvidó de nosotros. La mujer que seguimos ahora es Damiana Cisneros. Ella conoció a tu madre, insiste Susana. Si, ella la conoció, tercia mi compañero andante. Damiana, le grita. Ella, corre y en la primera puerta, sin tocar, entra.

Juan Preciado toca la puerta. Se abre y aparece Dolores Preciado. Yo te conozco desde que abrí los ojos. Y ella se funde con las sombras. ¿En dónde está mi padre? Pero ya no hay quien le conteste. Susana San Juan, se acerca y en secreto dice: no lo encontrarás, Pedro Páramo, es un rencor vivo. Yo, que había permanecido callado, me animé a hablar: entonces, lo encontrarás en el interior de cualquiera de nosotros. Sentí un escalofrío. Busqué con la mirada a mi alrededor y estaba sólo.

 

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