Adiós 2025, Bienvenido 2026 y nuestro Bicentenario.

Por Jorge Chávez Mijares.
Querido lector, en 2025, buena parte de mis columnas se detuvieron en el ámbito municipal, no por fijación personal, sino porque ahí se cruzaban, como en una intersección donde confluyen prisa, expectativa y destino, las aspiraciones de una ciudad y la complejidad de un liderazgo joven enfrentado, quizá demasiado pronto, a la totalidad del poder. El municipio fue, durante meses, el escenario más elocuente para observar cómo la promesa política se pone a prueba cuando deja de ser consigna y se vuelve administración cotidiana, trato humano, decisión concreta.
No fue un año de complacencias, pero tampoco de descalificación gratuita. Escribí desde un lugar que considero legítimo para quien ejerce el oficio de periodista: el de la observación crítica, no el del rencor; el de la exigencia cívica, no el de la trinchera. Porque gobernar, lo he sostenido una y otra vez, no es solo administrar recursos ni multiplicar gestos visibles, sino aprender a leer la ciudad que se gobierna, comprender sus silencios, sus inercias, sus impaciencias y sus memorias largas. Todo eso y más.
Esta última lectura del año se vuelve aún más significativa cuando Matamoros se asoma al umbral de su Bicentenario, así con mayúscula. Doscientos años del nombre de la ciudad no son un dato ceremonial: son una invitación a mirarnos con mayor responsabilidad histórica. Las ciudades, como las personas, llegan a ciertas edades con la obligación de entender quiénes han sido y hacia dónde desean ir. En ese contexto, la crítica inteligente no es estorbo: es una forma de cuidado.
A lo largo del año, Locuras Cuerdas insistió en una idea central: el poder joven no se extravía por falta de energía, sino por exceso de prisa; no tropieza por ausencia de buenas intenciones, sino por no distinguir a tiempo entre el aplauso y la legitimidad. Las columnas del 2025 señalaron riesgos, no para cancelar futuros, sino para advertirlos; no para clausurar caminos, sino para evitar extravíos innecesarios.
Ahora me pondré un tanto más romántico. Nada de esto habría tenido sentido sin ti, querido lector. Que me lees en silencio, que discrepas con argumentos, que esperas cada texto y a quienes llegan por primera vez: gracias. Gracias por sostener la conversación, por no pedir simplezas, por acompañar una escritura que a veces incomoda porque se niega a ser cómoda. El lector exigente es, siempre, el mejor editor invisible.
Y permito aquí una mención especial —serena y sin ironía— para mis haters. A ustedes también, gracias. Porque con sus comentarios, a veces ásperos y otras deliberadamente incómodos, le ponen un sazón necesario a este ejercicio público de escritura. Me obligan a revisar mis propias certezas, a no sentirme demasiado seguro de mis convicciones, a desconfiar del aplauso fácil y, sobre todo, a mantener a raya ese riesgo silencioso que acecha a todo opinador persistente: la soberbia.
En una conversación pública viva, incluso la disonancia cumple una función saludable. Y si estas letras siguen respirando, es porque hay lectores que acompañan, críticos que exigen y contradictores que incomodan. Todos, sin excepción, forman parte del mismo diálogo.
Y un agradecimiento especial, entrañable y necesario, para quien ha creído desde el principio en esta locura llamada Locuras Cuerdas: mi amigo y casi hermano Miguel Trejo Arrona, quien entendió —antes que muchos— que la locura, cuando es honesta, lúcida y bien intencionada, no extravía: todo lo cura. Sin su confianza, esta aventura no habría encontrado puerto ni persistencia.
Querido y dilecto lector, cierro 2025 con gratitud y abro el 2026 con un deseo sobrio y de buena fe: que tengamos un año de aprendizajes reales, de decisiones más pensadas, de palabras menos estridentes y más precisas; que la ciudad sea leída con atención y gobernada con escucha; que la crítica siga siendo puente y no barricada. Que sepamos, todos, estar a la altura del tiempo que nos toca. Porque los tamaulipecos no pedimos perfección. Pedimos conciencia. Y, de vez en cuando, una locura bien escrita.
El tiempo hablará.
