LOCURAS CUERDAS

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Bagdad bajo la lupa: una ciudad que volvió del agua en el Bicentenario.

Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector, el miércoles 28 de enero, día del Bicentenario asistí a un acto fascinante: la Historia fue llamada a declarar en el auditorio de El Colegio de la Frontera Norte, y lo hizo en voz de Octavio Herrera Pérez y Luis Edgar Cárdenas Farías, bajo la conducción sobria y luminosa de la doctora Cirila Quintero. No fue una conferencia: fue una invocación que dejo grato sabor de boca y de ojos.

Herrera, erudito, dueño de una memoria que a veces se comporta como decreto, confesó ante el público que durante meses había ignorado los mensajes de un desconocido persistente. Hasta que un día Luis Edgar Cárdenas Farias pronunció la frase decisiva: “Doctor, tengo una foto.” No era cualquier foto. Era una puerta.

Cuando Herrera la vio por Zoom, ni WhatsApp, ni descuidos digitales, sino ritual moderno, dijo que casi se cae de la silla con toda su humanidad. Y entendí por qué: hay imágenes que simplemente atrapan. 

Luis Edgar, muy orondo y nervioso, tomó la palabra acompañado por su familia, su esposa, sus hijos, su madre, y su hermana Laura y en ese gesto íntimo convirtió la conferencia en acto genealógico. Su colección no nació en una bóveda, sino en los domingos de su padre, que recorría Matamoros y Brownsville como quien caza mariposas del pasado: postales, mapas, litografías, libros, fragmentos de un mundo que se resistía a morir.

Sesudo lector, de postales a mapas, de mapas a litografías, de litografías a libros: así se construye una vocación. No por acumulación, sino por devoción. Luis Edgar habló de su infancia, de las noches en que su padre extendía las postales sobre la cama, y comprendí que ahí nació algo más que un hobby: nació una misión contra el olvido.

Su linaje, digno de presumir, descendiente de las trece familias fundadoras de Matamoros, del Capote y de Marcelino Longoria, no es un dato: es una responsabilidad histórica. Entonces apareció la protagonista: una “carte de visite” (CdV), me puso frente al espejo de mi ignorancia porque jamás había escuchado este concepto, esa pequeña reliquia francesa de dos por cuatro pulgadas, pariente del daguerreotype, del portrait, del álbum antiguo, del gesto aristocrático de presentarse al mundo con rostro y apellido.

Y apareció Bagdad. No la Bagdad legendaria, sino la Bagdad documentada: calles convertidas en espejo por la inundación, hoteles, restaurantes, balcones, bodegas mercantiles, anuncios de “Anything”, “Wet Goods” (vinos y licores), “Oysters”, “Ladies Saloon”, la palabra “Oficina”, los torreones que vigilaban el mar como ojos de madera. Una ciudad viva, bilingüe, comercial, insolente. Una ciudad que no fue mito: fue mercado, agua, frontera y ambición.

Luis Edgar mostró mapas de Casamata, la litografía de 1875, la imagen rotulada como “Church of Bagdad, México, a very rare photograph”, discutida entre iglesia, aduana y gendarme. Herrera intervino con precisión: hasta hoy, era la única imagen oficialmente conocida. Bien dijo, hasta hoy.

La fotografía estelar, develada como si fuera reliquia o milagro, provocó un aplauso que sonó a restitución histórica. En la imagen, Bagdad reaparece bajo la creciente, pero no como ruina: como ciudad funcional, con doble piso, balcones, ladrillo posible, bodegas enormes y comercio transnacional. En el reverso de la CdV se lee: “Une rue de Bagdad. Mexique, Río Grande X, de 1865.”

La fecha no es casualidad. Estamos a meses del saqueo del puerto por las tropas francesas y estadounidenses, las trompas negras, en un episodio narrado en “El Asalto a Bagdad”, memoria diplomática y militar que confirma que la Historia, aquí, no fue romántica: fue geopolítica.

Luis Edgar recordó los fotógrafos posibles de la época: Luis de Planke, Rubén Wallis, Moses, Constand & Moses, Cayetano Izquierdo. Cinco nombres orbitando como sospechosos honorables. Pero entonces ocurrió el giro mayor: la carta dirigida a la Universidad Autónoma de Tamaulipas, específicamente al Instituto de Investigaciones Históricas, bajo la dirección del doctor Octavio Herrera Pérez.

En ella, Luis Edgar Cárdenas Farías solicita evaluación académica y documental de la imagen, sustentando la hipótesis de que la autoría podría corresponder al oficial naval y fotógrafo francés Paul-Émile Miot, tripulante del buque Le Magellan, segundo al mando, luego comandante del Adonis, viajero de Oceanía, Canadá, Chile, Perú, cronista visual del siglo XIX.

La fotografía, según la carta, provino de una familia francesa descendiente del médico naval Albert Levishio, antiguo tripulante del Le Magellan. El linaje, la ruta marítima, la práctica fotográfica, los archivos de Southern Methodist University (SMU): todo forma una constelación de indicios. No es una ocurrencia. Es una hipótesis histórica razonada. Y mientras la academia afila sus lupas, Luis Edgar, con su esposa y sus hijos, posa frente a la imagen como quien entrega una ciudad a la siguiente generación. 

Querido y dilecto lector, la foto ya no es objeto: es herencia. Octavio Herrera cerró con un colofón digno de acta civil y conjuro poético: “Esta foto es un extraordinario regalo de Bicentenario para Matamoros.” Y entendí que Bagdad no estaba perdida. Solo estaba sumergida en el tiempo, esperando a que alguien, un hijo, un padre, un coleccionista, un historiador, se atreviera a sacarla del agua. Porque hay ciudades que mueren. Y hay otras, como Bagdad, que regresan cuando alguien pronuncia su nombre con amor, rigor y memoria.

El tiempo hablará.

 

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