Por: Mtro. Jorge Torres Garza
La ley que no existe (todavía)

Aprobada, pero no vigente: cuando el consenso no alcanza para cambiar la realidad
Hace 42 días, Tamaulipas aprobó una ley de salud mental.
Hoy, esa ley no existe.
30 votos a favor.
Cero en contra.
Un consenso poco común.
Un momento que, en cualquier otro contexto, se celebraría como un avance histórico.
Pero incluso entonces hubo señales.
Algunas abstenciones.
Cautelas discretas.
Silencios que hoy, con el paso del tiempo, empiezan a cobrar sentido.
Porque en política, lo que no se publica… no existe.
El argumento institucional es conocido:
proceso, revisión, coordinación.
Y es válido.
Pero el tiempo también es una decisión.
Porque mientras los documentos avanzan en ruta administrativa, la realidad no espera.
La Organización Mundial de la Salud estima que la ansiedad y la depresión generan pérdidas cercanas a un billón de dólares anuales en productividad a nivel global.
No es solo un tema de salud.
Es un tema de desarrollo.
Y hay un dato que lo resume todo:
por cada dólar que se invierte en salud mental, el retorno puede ser de entre cuatro y cinco dólares, según datos de la misma OMS.
Dicho de forma sencilla:
por cada 100 dólares invertidos, la sociedad puede recibir entre 400 y 500 en beneficios…
incluyendo mayor productividad, menor presión sobre el sistema de salud y un impacto positivo en las finanzas públicas.
Es de las pocas inversiones públicas que no solo se pagan solas…
también generan valor.
Esto ya no es solo un diagnóstico técnico.
Es una percepción social.
Según Ipsos, la salud mental es hoy la principal preocupación sanitaria a nivel mundial, por encima del cáncer y la obesidad.
El 45% de las personas la identifica como el mayor problema de salud.
Hace unos años, era mucho menor.
Algo cambió.
Y no fue para mejor.
Y sin embargo, el presupuesto cuenta otra historia.
En México, menos del 2% del gasto en salud se destina a salud mental.
Y para 2026, ese porcentaje podría ser incluso menor, de acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria.
Esto coloca al país muy por debajo de las recomendaciones internacionales, que sugieren destinar al menos el 10%.
El mensaje es claro:
mientras la preocupación crece… la inversión no.
El rezago no es solo presupuestal.
También es estructural.
Hoy, solo 17 de los 32 estados cuentan con una ley de salud mental.
Y en ninguno de los casos se cumplen plenamente los estándares internacionales.
Es decir:
no basta con legislar.
Hay que hacerlo bien… y hacerlo realidad.
En ese contexto, Tamaulipas dio un paso importante.
Pero hoy enfrenta su prueba más relevante:
convertir ese acuerdo en acción.
Porque una ley detenida también es una forma de abandono.
La brecha es evidente.
México cuenta con apenas 0.4 psiquiatras y 1.5 psicólogos por cada 100 mil habitantes.
Más que cifras, es una señal clara:
la atención llega tarde… o no llega.
Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda.
Hace apenas unos días, un episodio de violencia en Teotihuacán volvió a poner sobre la mesa una realidad que no siempre queremos ver: muchas crisis no comienzan en el momento del estallido, sino mucho antes.
No se trata de simplificar causas complejas, sino de reconocer algo evidente:
la salud mental también es prevención.
También es seguridad.
Porque la salud mental no es solo un tema de salud.
Es educación.
Es trabajo.
Es economía.
Es seguridad.
Es, en el fondo, estabilidad social.
También es una oportunidad.
Si Tamaulipas decidiera fortalecer la inversión en salud mental —como sugieren distintos organismos internacionales—, el impacto no sería únicamente sanitario.
Bajo estimaciones globales, este tipo de inversión puede multiplicar varias veces su valor, generando beneficios en productividad, bienestar y reducción de costos sociales.
Más que cuánto se invierte, la pregunta es cómo se organiza, cómo se prioriza y cómo se articula una política pública que hoy se encuentra dispersa entre distintas áreas.
En términos simples: más de lo que se invierte… regresa.
Menos ausentismo.
Menos abandono escolar.
Menos presión sobre hospitales.
Menos violencia asociada a crisis no atendidas.
Es una de las pocas áreas donde invertir no solo mejora vidas… también genera retornos tangibles para la sociedad.
Hoy, además, existen herramientas que hace unos años no estaban disponibles.
La tecnología ha comenzado a cambiar la forma en que se aborda la salud mental: desde plataformas digitales que permiten monitorear el estado emocional, hasta modelos de acompañamiento que pueden ofrecer apoyo inmediato, incluso antes de que una persona llegue a una consulta clínica.
La inteligencia artificial, en este contexto, abre una posibilidad clave: escalar la prevención.
Detectar señales tempranas.
Acompañar en tiempo real.
Acercar herramientas a quienes hoy no tienen acceso.
En un entorno donde los especialistas son limitados, estas soluciones no sustituyen la atención profesional, pero sí pueden ampliar su alcance de manera significativa.
La oportunidad es clara:
pasar de reaccionar ante la crisis… a anticiparla.
Por eso, la conversación ya no es si estamos de acuerdo.
Eso quedó claro con la votación.
La pregunta es otra:
¿qué estamos esperando?
Porque el bienestar no puede depender de los tiempos administrativos.
Porque el papel puede esperar.
La gente no.
Porque una ley en pausa… también deja vidas en pausa.
Lo que no se publica, no protege.
Y lo que se implementa… transforma.
