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Enrique Diez Piñeyro Vargas

LAS LETRAS DORADAS QUE HONRAN LA GRATITUD

Hay acontecimientos que trascienden la solemnidad de un acto protocolario. No todo lo que ocurre en un recinto legislativo termina convertido en historia. Para lograrlo, se necesita una causa legítima, voluntad política y, sobre todo, alguien que comprenda que los pueblos también construyen su identidad a partir de la memoria y del reconocimiento a quienes les han dado grandeza.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en el Congreso del Estado de Tamaulipas con la inscripción en letras doradas de la leyenda: “1889 BENEMÉRITA ESCUELA NORMAL FEDERALIZADA DE TAMAULIPAS”

No fue un homenaje improvisado. No obedeció a una moda ni a la intención de llenar una agenda institucional con ceremonias. Detrás de ese momento existe una iniciativa legislativa, una convicción y una historia profundamente ligada a una de las instituciones educativas más importantes que ha tenido nuestro estado.

La Benemérita Escuela Normal Federalizada de Tamaulipas no necesita que nadie explique su grandeza. Durante más de un siglo ha formado generaciones de maestras y maestros que hicieron de la enseñanza una misión de vida. Desde sus aulas salieron mujeres y hombres que llevaron educación hasta los rincones más apartados de Tamaulipas, convirtiéndose en auténticos constructores del desarrollo social.

Los pueblos suelen recordar a sus gobernantes, a sus militares o a sus grandes empresarios. Con demasiada frecuencia olvidan a quienes formaron a todos ellos: los maestros. Por eso el reconocimiento adquiere una dimensión distinta.

Las letras doradas no distinguen únicamente a un edificio o a una institución. Honran el esfuerzo silencioso de miles de docentes que dedicaron su vida a enseñar, a formar valores y a construir ciudadanía.

Pero también es justo reconocer a quien hizo posible este acto histórico. La iniciativa fue impulsada por la diputada Blanca Aurelia Anzaldúa Nájera, una mujer que entiende perfectamente el significado de la educación pública porque forma parte de su propia historia. Egresada de esa institución, construyó una trayectoria reconocida en el sector educativo, en la administración pública, dentro de las estructuras del magisterio y ahora desde el Poder Legislativo.

Quien conoce sus raíces entiende el valor de agradecer. Y pocas virtudes son tan escasas en la vida pública como la gratitud.

Lograr que el Congreso del Estado inscriba en su Muro de Honor el nombre de una institución educativa no es un trámite ordinario. Es una decisión que permanecerá mientras existan las legislaturas y mientras las futuras generaciones recorran ese recinto.

Conozco a la diputada Blanca desde hace muchos años. Me ha distinguido con su amistad y con un afecto que valoro profundamente. Compartió, junto con mi padre, la responsabilidad de servir a Tamaulipas durante el gobierno del ingeniero Américo Villarreal Guerra, una administración que muchos siguen recordando por su cercanía con la gente.

Por eso me resulta natural expresar públicamente el reconocimiento a una mujer cuya perseverancia me consta. He sido testigo de los obstáculos que ha enfrentado como legisladora, de las resistencias que aparecen cuando se pretende hacer bien las cosas y de quienes, desde la comodidad de la crítica, apuestan al fracaso ajeno. Sin embargo, el trabajo serio termina imponiéndose. Esta inscripción en letras doradas quedará para siempre como prueba de ello.

Vivimos tiempos en los que con frecuencia se exige reconocer a todos, pero pocas veces se agradece a quienes verdaderamente transforman la vida de las personas. La educación sigue siendo el instrumento más poderoso para reducir desigualdades, fortalecer instituciones y construir una sociedad más libre. Por eso resulta esperanzador que el Congreso de Tamaulipas haya decidido mirar hacia sus maestros.

Cuando una sociedad honra a quienes educan, en realidad está honrando su propio futuro. Y cuando una legisladora utiliza la representación popular para devolverle a una institución el lugar que merece en la historia, demuestra que la política también puede servir para reconocer, agradecer y hacer justicia.

Mi cariño, mi respeto y mi reconocimiento para mi querida Blanquita. Tamaulipas necesita muchas más mujeres con su preparación, su sensibilidad y su firmeza en el servicio público.

Las letras doradas pueden colocarse sobre un muro. Pero el verdadero reconocimiento se escribe, para siempre, en la memoria colectiva de un pueblo agradecido.

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”

– Nelson Mandela –

 

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