Alicia Caballero Galindo
Después de cinco años, regresé a esos barrios queridos donde pasé mi adolescencia y parte de mi juventud. A orillas de la ciudad, está la casa de mis padres, aún en pie, aunque silenciosa y un tanto abandonada. En esta ocasión, decidí revivir tiempos felices, desempolvaré un poco la casa y me instalaré en mi recámara que aún se conserva, de hecho, está habitable un poco descuidada, pero todo tiene arreglo, aprovecharé mi tiempo libre para revivir viejos recuerdos. Antes de entrar acaricié con cierta nostalgia, la áspera corteza de aquel encino, donde construiríamos con sueños, una casa entre la fronda y sería nuestro refugio. Como las aves que dejan el nido, nos desbalagamos por distintos caminos. El recuerdo que secretamente acaricia mi corazón, es el de Mercedes; la jovencita de grandes ojos color miel que me hacían temblar cuando me miraba y aquel beso en la mejilla la última vez que nos vimos. No hubo más, me beso fugazmente y corrió rumbo a su casa que hoy se ve despintada como que nadie viviera ahí. La recuerdo con un pato amarillo de peluche del que nunca se separaba, último regalo de su madre que murió repentinamente de una afección cardiaca, decía que cuando había tormenta lo abrazaba y sentía la voz de su mamá calmándola. Después de su muerte se veían tristes ella y su padre. El patio de mi casa colindaba con el de ella y en infinidad de ocasiones, platicábamos largos ratos por las tardes, compartiendo sueños. Yo me montaba en la barda que es baja y ella, se sentaba en un bazo grueso del flamboyán, de tal manera que nos mirábamos a los ojos al compartir fantasías y sueños. Muchas veces me soñé con ella en esa casa que nunca construimos en el encino.
Inserté la llave en cerradura y el sonido que produjo al abrir, me regresó en el tiempo. Mis padres la mandan asear una vez al año, por eso no está tan deteriorada. Nos mudamos a la ciudad porque mis dos hermanos y yo requeríamos estudiar en la universidad y era más saludable que toda la familia cambiara de domicilio, pero siempre con la esperanza de volver algún día a nuestros orígenes.
Abrí puertas y ventanas para que circulara el aire fresco del atardecer, abrí la puerta del patio e inconscientemente, miré hacia la ventana del cuarto de Mercedes y sonreí, esperaba ver su rostro. No se si fue mi imaginación, pero me pareció verla bajo la incipiente luz de una vela.
Al recorrer el pato, me llamó la atención ver algo amatillo medio escondido cerca de la barda y al acercarme, descubrí el pato de Mercedes. El corazón me dio un vuelco en el pecho, lo recogí, le quité el polvo y lo llevé hasta mi habitación. Me sentí sorprendido por ese hecho inexplicable.
Esa noche no pude dormir bien, por una razón desconocida, los ojos de Mercedes, estaban presentes en mi mente. Tomé el pato de mi amiga nuevamente y al examinarlo, descubrí una parte de su cuello descocido y adentro, un papel amarillento con un manuscrito que de inmediato reconocí que era la letra de ella.
Querido Manuel:(ese soy yo)
Estoy desesperada, mi padre se volvió a casar con una mujer que, me recha-zó siempre. Creo que mi papá murió envenenado por ella, sólo quería quitarle la casa, pero al morir mi padre, descubrió que está a mi nombre. Me tiene en-cerrada desde hace dos años y me amenaza con matarme si no firmo, tiene un cómplice que es el jardinero, cuando ella sale, él se queda vigilándome. No debo firmar porque me envenenaría, tengo miedo. A todos los conocidos les dijo que me había ido con unos familiares a otra ciudad para asistir a la universidad, seguramente a nadie le extrañó.
Mi única esperanza es que encuentres mi pato un día, eres el único que cono-ce su significado. Pude tirarlo a tu patio, un día que rompí los vidrios de la ventana y lo lancé con todas mis fuerzas. Ayúdame a escapar de aquí. Eres mi única esperanza. Cuando sale de la casa deja al jardinero vigilando.
Mercedes.
