BIBLIOTECA
Por esta vez no estoy dentro de un libro. Me encuentro sentado en un diván rojo. Frente a mí, en desorden absoluto hay una serie de libros en los entrepaños de varios muebles de madera. Estoy frente a una biblioteca. No hablo de un recinto como el de Umberto Eco, mucho menos, ni de cerca, parecido a la legendaria de Alejandría. Aquí se respira un ambiente íntimo. Personal. De alguien que no delira sueños de grandeza. Alguien para quien los libros son mucho más que objetos decorativos en su casa.
No se trata de grandes paredes tapizadas de libros ni largos estantes de revistas apretujadas. Hay aquí ejemplares que, según sus lomos, pertenecen a los clásicos, otros cuyos nombres me son familiares y algunos más desconocidos por completo. Los géneros, en su mayoría son de novela y poesía. Aunque también puedo ver algunos ensayos, crónicas y otra parte nada desdeñable de dramaturgia. A primera vista, creo que la colección anda alrededor de cuatrocientos volúmenes. Nada comparable a Borges que tenía, según la leyenda, más de cinco mil ejemplares.
Se sabe que cada biblioteca define a su dueño. El acomodo nos habla de su carácter. Los temas, de filias y fobias. Se puede asegurar que un librero personal en casa, dice más de nosotros de lo que nuestras propias palabras. Si observo bien, puedo concluir cuáles libros son los consentidos. Tienen las pastas gastadas, sus páginas subrayadas. Están a la mano. Se nota que se han abierto y cerrado muchas veces. De igual modo se puede inferir cuáles se han leído poco y aquellos que nunca se habrán de leer. Porque también hay libros que nunca serán visitados. ¿Entonces por qué los compras?, pregunta airada para los compulsivos. Son sustento, espejo, de los que resultan ser los preferidos. No obstante, aquí hay algo triste: los libros no leídos, corren el riesgo de que, cuando alguien los abra y repase las páginas, sus letras se hayan borrado.
Hay algunos, por qué no decirlo, que decepcionaron al lector. Están allá en un lugar apartado. Los ojos, siguiendo sus letras nunca fueron más allá de la página veinte. Hay otros que son ausentes, aquellos prestados o perdidos (si no es que ambas cosas resultan ser lo mismo). Luego, los que un día próximo, lejano, pero un día, como los sueños posibles, van a estar aquí. Y otros que desde el día cuando llegaron, no causaron pena ni alegría y hacen la función más silenciosa -sabia quizás: el anonimato.
Una buena Estación, para alguien que vive viajando de libro en libro, sin duda es un Archivo de ejemplares que, de tan significativos, se han vuelto los mejores compañeros. Compañeros. Si el propietario de esta colección libresca pudiera contarnos de las noches que, por insomnio pernicioso, por interés profesional, por pura ociosidad, ha venido hasta este altar privado y ha encontrado algo. Podría hablar de apoyo emocional, aporte de información, consejos que en secreto esperaba. En la esquina inferior izquierda del librero, se ven varios, no pocos, en mini ediciones. No más de diez centímetros por cinco. Delgados. La brevedad es su sabiduría.
¿En cuál de ellos entraré para seguir mi viaje? ¿Cuáles páginas serán veredas para mis pies, brújula para mí desorientación, consuelo en el abandono que un día haré de mí mismo? A pesar de no ser tantos, me resulta imposible caminar por todos. Tres o cuatro habré de escoger. Los demás que me perdonen. Que tampoco se lo tomen tan personal. Soy un peregrino que va de página en página, haciendo vida entre letras, tocando con las yemas de los dedos, las memorables frases de una especial narrativa, respirando, de manera natural con la única intención de seguir vivo, el aire de un poema.
