EDUCAR PARA CONVERSAR

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La escuela tiene como misión principal desarrollar en los alumnos su dimensión intelectual. Dicho de otra manera, allí aprenden materias como: Matemáticas, Ciencias, Geografía, Historia y muchas otras que, sin lugar a dudas, les servirán para colocarse con éxito en la profesión que elijan. Sin embargo, hay algo de enorme importancia que hemos dejado de lado no solo en la escuela, sino también en nuestros hogares e incluso en nuestros lugares de trabajo: la conversación.

En las aulas no se enseña a conversar. Nadie nos explica lo valioso que es sostener un diálogo en el que nuestro interlocutor se sienta verdaderamente escuchado, entendido y atendido, y en el que nosotros podamos experimentar lo mismo. Una buena conversación no es solo un intercambio de palabras, es una forma de encuentro y comprensión mutua.

Hoy en día, sostener pláticas productivas es cada vez más complicado. Nos hemos acostumbrado a preguntar y responder con el mínimo de palabras, como lo hacemos constantemente en las conversaciones digitales coartando un diálogo profundo.

¿Qué podemos hacer, entonces, como padres y como maestros, para recuperar esa costumbre de antaño que nos hacía mejores personas a través de diálogos bien llevados?

Para comenzar, debemos reconocer que la conversación es una herramienta educativa tan poderosa como cualquier otra del plan de estudios. Conversar no es solo hablar: es comprender distintos puntos de vista, aprender a argumentar sin agredir y a discrepar sin romper vínculos. Es, en esencia, una práctica profundamente humana, ningún otro ser vivo conversa como lo hacemos nosotros, y lo ideal es que lo hagamos para entendernos.

Como padres, podemos fomentar este hábito abriendo espacios de diálogo en casa. Algo tan simple como la sobremesa después de la comida puede convertirse en el mejor salón de clase. Hacer preguntas abiertas, interesarnos verdaderamente por las respuestas y compartir nuestras propias experiencias permite que los hijos descubran la riqueza de una conversación pausada y sin prisas.

Por su parte, los maestros pueden recuperar el valor del diálogo respetoso dentro del aula mediante debates guiados, lecturas en voz alta con comentarios o la resolución colectiva de problemas. Estas actividades no solo fortalecen habilidades académicas, sino que también enseñan a escuchar y a expresarse con claridad. El tiempo dedicado a conversar nunca es tiempo perdido; es, por el contrario, un puente hacia un aprendizaje más humano.

Tanto en la escuela como en el hogar, el reto principal es oponerse a la prisa y a la distracción. La tecnología es una aliada valiosa, pero no puede sustituir la presencia, la mirada, el tono de voz y la intención que hacen de una buena conversación un acto de respeto.

Si queremos formar seres humanos críticos, empáticos y capaces de trabajar junto a otros, debemos enseñarles a dialogar.

Quizá sea momento de recuperar ese hábito que parecía tan simple y que, sin darnos cuenta, estamos dejando atrás. Porque cada charla bien llevada, cada escucha sincera y cada intercambio de palabras contribuye a construir una sociedad más comprensiva, más reflexiva y, sobre todo, más unida, situación que tanta falta hace hoy en día.

 

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