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Tamaulipas se mueve con ritmo…
Hay días —pocos, en realidad muy pocos— en los que Tamaulipas no amanece a la defensiva. Días en los que la conversación pública no gira en torno al miedo, la sospecha o la urgencia. Días en los que el estado sale a la calle a verse al espejo, a celebrar, a ensayar algo parecido a la normalidad.
El Carnaval Tamaulipas 2026 es uno de esos momentos.
Más de 35 carros alegóricos y comparsas registrados, una bolsa de 1.3 millones de pesos, descuentos hoteleros de entre 5 y 25 por ciento, artistas convocantes y una expectativa superior a 75 mil visitantes con una derrama económica estimada en 68 millones de pesos. No es poca cosa para una región que durante años fue sinónimo de repliegue y silencio.
Del 12 al 15 de febrero, Tampico, Ciudad Madero y Altamira no solo serán sede de una fiesta: serán territorio en disputa simbólica, donde el turismo deja de ser discurso y se convierte en ocupación hotelera, mesas llenas y calles habitadas. El secretario de Turismo, Benjamín Hernández Rodríguez, lo dijo claramente: el turismo es movimiento económico, convivencia social y proyección. Coincido. Pero agrego algo más incómodo: también es termómetro político. Si la fiesta funciona, el mensaje es claro; si no, la narrativa se cae sola.
La presencia de figuras del espectáculo ayuda, claro. Pero el verdadero protagonista aquí no es el escenario, sino la gente que vuelve a ocupar el espacio público sin miedo, algo que en Tamaulipas no siempre es posible.
No es propaganda. Es contexto.
Y sí, hay que reconocer cuando el gobierno estatal entiende que el turismo no es adorno, sino palanca. Aplauso medido, sin incienso. Porque celebrar no implica olvidar que las fiestas duran cuatro días… y los problemas, años.
En la intimidad… Mientras el ruido del carnaval toma las avenidas, algo más silencioso —y quizá más profundo— está ocurriendo en las aulas. La Universidad Autónoma de Tamaulipas, bajo el rectorado de Dámaso Anaya Alvarado, empuja una transformación que no grita, pero marca rumbo.
El Ecosistema de Microcredenciales UAT no es un programa más en el cajón universitario. Es un cambio de lenguaje. Veinte mil certificaciones internacionales, gratuitas, con validez global, orientadas a habilidades digitales, técnicas y blandas. En un país donde el título ya no garantiza empleo, esto sí importa.
Para los estudiantes, significa egresar con algo más que buenas intenciones. Para los docentes, una ruta real de actualización. Para la universidad pública, una señal clara: o se adapta al mundo real o se queda atrás. Aquí no hay estridencia política ni discursos huecos. Hay planeación, plataformas serias y una apuesta concreta por la empleabilidad. Eso también es desarrollo, aunque no corte listón.
Y cierro con algo que a muchos les parecerá menor, pero no lo es.
La entrega de 151 lienzos del Escudo de Armas de Tamaulipas a escuelas públicas de Tampico, en un acto presidido por la alcaldesa Mónica Villarreal Anaya, no fue un acto decorativo. Fue un gesto profundamente simbólico en tiempos donde la identidad se diluye con facilidad. Ver a niñas, niños y jóvenes portar una bandera estatal actualizada, conocer su historia y entender que pertenecen a algo más grande que su colonia o su escuela, también es política pública, aunque no dé likes.
Pero, en un estado golpeado por la desmemoria, la identidad también se defiende, y aunque haya Carnaval en la calle. Certificaciones en el aula. Bandera en la escuela.
No todo está resuelto, pero cuando las piezas se mueven en la dirección correcta, hay que decirlo.
davidcastellanost@hotmail.com
@dect1608

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