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viernes, septiembre 23, 2022

ÁLVARO ARREOLA VALDÉS: No quiero ser abogado, ni quiero ser contador…

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Por: Consuelo González del Castillo

Transcurrían los primeros minutos del pasado sábado19 de febrero, cuando un hombre bueno dejó este mundo: el Lic. Álvaro Arreola Valdés. Su partida causó consternación en la sociedad queretana. Diferentes plumas se manifestaron en los medios de comunicación compartiendo semblanzas, esquelas y agradecimientos. Algunos lo nombraron ciudadano distinguido, otros queretano ilustre.

Nació en el pueblo de Xicotencatl, Tamaulipas hace ochenta y ocho años, pero su obra la edificó aquí, principalmente en las aulas de la Universidad, trabajando con pasión, esfuerzo y profesionalismo como Maestro y Director de la Escuela de Bachilleres de la UAQ y Rector fundador de la Universidad Tecnológica de Querétaro, dejando una huella imborrable en la enseñanza de muchos jóvenes queretanos. No puedo dejar de nombrar su liderazgo en el logro de la autonomía de nuestra máxima casa de estudios. 

Sin embargo, hoy me gustaría utilizar mi tinta para hablar de su gran personalidad como ser humano, pero no de esa personalidad física que también lo distinguía. Hablo de la que construyó…esa que le imprimió carácter, siendo fiel a sus principios y valores. Destacaré el amor a su familia y su gran disposición a tener abiertas las alas para acoger a quien lo necesitara. 

Puedo decir que se fue en plenitud, vivió su vida como solo él sabía hacerlo: Alegre, bromista, exigente, claridoso, perfeccionista, bailador,  profundamente amoroso y defendiendo lo que consideraba justo. 

Puedo decir que no le faltó nada por hacer…o quizá algo: haberse ido junto con su amada Clementina para que no viviera un solo día sin su protección y cariño.

Tuvo la ventura de regresar a su casa después de una difícil operación. Al salir del hospital, mandó un mensaje de agradecimiento a la familia: “Con mucho gusto les saludo a todos. He tenido la satisfacción muy profunda y muy grande de que todos se acordaron de mí en estos momentos difíciles de la enfermedad…” 

Tres días después habría de llegar su momento de partir, lo hizo en paz, en su casa, tomado de la mano de su hijo Álvaro, muy cerca de su amadísima esposa, quien horas antes le había extendido los brazos para acogerlo, momento que él aprovechó para pedirle nuevamente, después de más de cincuenta años: “Clementina, ¿te quieres casar conmigo?” Sin duda un momento lleno de amor que quedará grabado para siempre en el corazón de todos quienes lo amamos.

No fue un hombre religioso, sin embargo, manifestó no tener miedo a morir porque ya había hablado con Dios.

El sacerdote dominico que ofició la misa de cuerpo presente, tuvo la delicadeza de hacernos vivir un merecido homenaje en su honor, tejiendo la celebración dominical con el reconocimiento a la vida de un buen hombre.

Poco antes de iniciar la salida del templo las emociones no pudieron estar más expuestas. La Estudiantina de la Universidad de Querétaro, hizo que se nos erizara la piel cuando las mandolinas y guitarras dieron inicio a las notas de un casi himno universitario y después las espectaculares voces iniciaron el canto a todo pulmón: “No quiero ser abogado, ni quiero ser contador, quiero ser tu enamorado. Aunque nunca, aunque nunca sea doctor”. 

Así, entre llantos y aplausos, despedimos a un caballero de fina estampa que supo pasar por la vida haciendo el bien, manteniendo abierta el alma para todo aquél que lo necesitara.  

 

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