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lunes, mayo 27, 2024

EN DEFENSA DE LAS LÁGRIMAS

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POR CARLOS ACOSTA

Desde el título, el texto puede parecer poco atractivo para embarcarse en su lectura. Con lo devaluado que, históricamente, ha estado el llanto, lo cual persiste hasta el siglo veintiuno; y después de las miradas suspicaces de algunas personas a quienes comenté el proyecto de escribirlo, comprendí que debía iniciar, justo con ese primer renglón de catorce palabras que está a la vista. El despeñadero de los lugares comunes perturba: no le temo. Espero que en el material consultado -libros, apuntes, conversaciones con amigos, programas de televisión, Google, La Vida en sí- ayude a encontrar los recursos necesarios. Aquí vengo pues, allá voy, las dos expresiones quedan como anillo al dedo. Parece que el propósito consistirá en cruzar un río extraño, a veces de aguas lentas, a veces sin control, y en especial, alucinante. 

De entrada, llama la atención que la Neurociencia incluya, en sus comentarios, una palabra que remite más a bien a lenguajes chamánicos, cuando dice, el llanto es uno de los procesos ‘mágicos’ cerebrales cuya función es empatar socialmente a los seres humanos. Me queda claro, que no deja de ser alentador que se hable de empatía humana, condición siempre bien recibida en los espacios interiores de (casi) todas las personas. Y que termine diciendo, ver llorar al otro, activa las neuronas espejo e incrementa la frecuencia de su activación. Es una maravilla que se invoque a estas células cerebrales implicadas no sólo en la función social de entender las intenciones de los demás, sino también en comprender y percibir las emociones de otros.

Si no existiera la carga emocional inherente a todo ser humano, quizá nos quedaríamos en la definición burda y sin mayor horizonte: las lágrimas son un líquido que se produce mediante un proceso corporal llamado lacrimación, para limpiar y lubricar los ojos. Tienen la función de proteger la superficie ocular, especialmente la córnea. Además, nutren y mejoran la calidad refractiva de la superficie óptica. Pero ya se sabe que definir, aunque fija con exactitud el significado de un vocablo, es también un verbo en el que no cabe la abstracción. Constriñe. Y, si algo tiene el ser humano, en especial en manifestaciones como el llorar, es justamente, ser mucho más de lo que, a simple vista, se ve. 

He dicho que las conversaciones con mis amigos se convirtieron en piedra angular para la escritura del presente texto. Yo prefiero vivir la vida en seco, declaró con orgullo uno de ellos. Perteneces a los estoicos, intervine -aunque estoy seguro que él ya lo sabía-, ellos, aquel grupo de filósofos griegos, eran partidarios de que se llore lo justo y en privado, porque lo contrario es «un exhibicionismo lacrimógeno». Uno esperaría que tal filosofía se fundara en el temple del carácter, pero con esa expresión entrecomillada, parece que más bien lo que se deja ver son pudores y miedos. Pero hay gente así, que llora poco o nada, y también se puede pensar que esa sea su naturaleza. En contraparte, otro amigo deja sus palabras en la mesa: el que no llora, lleva una vida vacía. 

También se ha escrito que el llanto nos une en el dolor, en el miedo, en todo en cuanto podamos sentir debilidad. Es de hacer notar que, en esta acepción, encasillan a las lágrimas en emociones, digamos, negativas. Y, ¿qué hay de las lágrimas de felicidad? Se dice que el llanto nos produce alivio, descarga emocional en el momento necesario. Y quizás podría hacer más nuestra, mucho más abarcable, la felicidad. Es una sensación que sana y da tranquilidad. Nuestras pupilas se aclaran cual cristal y podemos ver mejor el camino a seguir. Quizás. 

Las lágrimas de la alegría es uno de los grandes misterios de la ciencia. Según el psicólogo Ad Vingerhoets, de la Universidad de Tiburg, Países Bajos, este tipo de lágrimas proceden del recuerdo de los malos momentos pasados antes de alcanzar ese instante de felicidad que explota en llanto. Queda claro que, al menos para el terapeuta, no es creíble que el ser humano llore de alegría, sino de amarguras que en el instante previo a la felicidad le asaltan. Cómo quisiera contradecirlo, no sé cómo hacerlo. Tal vez estas letras, al final, sean una manera de darle batalla. 

Según la RAE, lo cursi es una burda imitación de lo romántico, de lo elegante y lo refinado. Son palabras y actos vacíos, no expresan un compromiso sincero, son sólo medios para conseguir un fin. De ahí se deduce que ser cursi es ser egoísta, falso, pretencioso, una careta tras la que se oculta la mediocridad, la falta de voluntad y convicción. De taras como esas, a los propensos a las lágrimas, también les haría bien mantenerse alejados. Que nadie los tache de llorones; son gente lágrima-fácil, que no es lo mismo, aunque sea igual. Y no hay en este breve juego de palabras eufemismo alguno; si acaso, amor propio. 

Las causas del llanto podrían ser infinitas. Desde el ser testigos del amanecer, ver un pájaro en la rama del árbol o cualquier noche encontrarse con la luna llena. También llorar puede ser una manifestación de rabia y entonces, hacerlo suele ser liberador. Algún sabio anónimo sugiere que, ante todo, es importante comprender que muchos de nosotros lloramos cuando sentimos rabia y, si esto sucede, no significa que estemos fuera de control, que seamos débiles o tengamos algún problema. Opinión que comparto, porque lo usual es que si vemos llorar a alguien, de inmediato lo clasificamos -¡cómo nos gusta etiquetar gente!- como frágil. Como si la fragilidad no fuera connatural a todo ser humano. 

Tampoco es un secreto que hay gente afecta al llanto falso. Es un comportamiento más común de lo que se cree. Pienso que a veces, ni siquiera quien lo hace, se da cuenta cabal de lo que está sucediendo. Vuelvo a la expresión: quizá sea su naturaleza. Cuando alguien, después de hacer daño a otra persona, se echa a llorar o a lamentarse amargamente, se dice que las suyas son lágrimas de cocodrilo. Esta expresión es empleada desde hace siglos para señalar, a golpe de metáfora, a un hipócrita que finge dolor o tristeza. A veces todos lo notan, a veces nadie.

Un artículo de Harvard Health Publishing detalla algunas de las consecuencias negativas de reprimir las ganas de llorar: enfermedades cardiovasculares y sistema inmunitario menos resistente, asegura el estudio, son las más comunes. El llanto puede aparecer en cualquier momento y por ello es importante darle salida si así lo sentimos: la ciencia lo justifica. Así mismo, según el sitio Headspace, las lágrimas contienen la hormona corticotropina que tiene efectos anti inflamatorio y analgésico naturales y ayuda a regular los niveles de estrés, por lo cual contenerlas sólo implicaría agobio, frustración, disminución de los niveles de energía, entre otros factores. 

Y aquí viene un concepto del cual me declaro fan destacado. Esto es lo que encontré: la sensación de tener ganas de llorar sin motivo aparente es un recordatorio de que nuestras emociones son intrincadas y no siempre obedecen a una clara lógica. Perdón, ¿de quién hablan?, ¿acaso de alguien que cuando le llegan emociones intrincadas, que no siempre obedecen a una clara lógica, puede llorar o ponerse escribir? Y sigue el documento citado, en lugar de luchar contra estas lágrimas inexplicables, podemos abrazarlas como parte de nuestro ser emocional. Aquí sí, creo, pero no lo puedo asegurar, sólo creo saber, a qué tipo de personas se refiere la pluma que escribió esto. Y quizás debiera darle las gracias.

Dice el connotado escritor mexicano Juan Villoro en su libro La figura del mundo: Lloré con la separación de mis padres, lloré cuando perdió el Necaxa y lloré cuando le gano al América en la final de copa, lloré al ver mis calificaciones y lloré a escondidas al ver a mi madre llorar a todas horas, lloré cuando leí una historieta donde moría un superhéroe y lloré en la siguiente historieta por ser tan imbécil para creer que un superhéroe podía morir, lloré cuando mi padre desapareció rumbo a una manifestación y lloré cuando lo vi regresar. Lloré demasiado en un país donde el valor cultural del llanto era bajísimo. Lloré en México, donde sólo lloraban los débiles. 

Pero hay todavía más. Al llegar a la vejez, se van perdiendo de manera progresiva o repentina algunas capacidades tanto motoras como cognitivas, lo que hace que las personas mayores se vuelvan dependientes y esa falta de autonomía puede llevarlos a sentirse frustrados y por tanto irascibles. Es lo que sucede, reflexiono, con la espina del huizache que, con los años, se vuelve blanda y ya no punza. Y entonces, con la edad, somos más propensos a darle salida al agua salada que escurre por las mejillas. Aunque también es cierto que hay personas a quienes les puede más la acritud, y en todo caso, terminan siendo gente amargada, pero eso sí, que enarbolan el orgullo de que no acabaron siendo unos sentimentales. 

Hay quien dice que lo poetas caminan por el filo del abismo lagrimal. Si así sucediera, podríamos decir que se debe a que el autor/a ha logrado mediante imágenes y recursos sonoros, ocultos casi siempre, dar la impresión de que asistes a sus contenidos anímicos profundos, como si el lector viera lo que el poeta siente; esa comunicación, te hace llegar intuitivamente a su emoción y la vives. Y puedes llorar. Es la particularidad del lenguaje poético: comunicar emoción. Por muy insensible que aparente ser el poeta, que en este rubro los hay, y muchos, el poema, para serlo debe ser vivencial; si no es carne y sangre y huesos de uno mismo, no creo que valga la pena, escribe la admirada Elena Poniatowska. 

En realidad, no sé si al referirnos al llanto sea apropiado usar el término Problema. Algunas publicaciones dicen, el problema del llanto se sitúa en un punto crucial: el llorar ha sido entendido comúnmente como un fenómeno de expresión que demanda consuelo, representa en su desnudez misma una manera muy peculiar de vivirse el ser humano corporalmente. Es decir, según esta visión, quien llora necesita ser aliviado. No obstante, y esta es una experiencia que muchos hemos vivido, no pocas veces, unas lágrimas consuelan más, al que se acerca a consolar, que al que llora. 

¿Cuándo fue la primera vez que el ser humano lloró? ¿En qué momento de su evolución, aparecieron las emociones? ¿Al despedir a los muertos, los lloramos a ellos porque se han ido de este mundo, o lloramos por el desamparo en el que nos dejan sin ellos? ¿Por qué lloran los narcisistas? ¿Los gorilas lloran sus pérdidas? No es la intención divagar, aunque tal vez no se haya hecho otra cosa más que eso, en lo que va de estos renglones. Sólo me parece que hablar de lágrimas es mucho más que tomarlas como signo de fragilidad. Mucho más. 

Fue en la selva, en la Amazonia ecuatoriana, cuenta Eduardo Galeano, en su memorable El libro de los abrazos. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó: ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva? Y contestaron los que lloraban: para que sepa que la queremos mucho.

Desde el título, ya se dijo, el texto parecía un río de aguas difíciles por cruzar. No sé hasta qué punto lo ha sido. Mi barca, que iba ligera, más de una vez fue exigida al máximo, en especial cuando atravesó los rápidos. Por momentos pareció volcarse. Y no, no sucedió. Aunque debo dejar en claro que, para mí, aún habitante del siglo veintiuno, nunca estuvo devaluado el llanto, ni me importaron las miradas suspicaces cuando comenté el proyecto de cruzar este río. He llegado a la otra orilla, emocionalmente si no indemne, al menos a salvo. Y bueno, sé que, con eso, hoy por hoy, para seguir vivo, es más que suficiente.

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