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viernes, diciembre 2, 2022

 GRIETA EN EL TIEMPO

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ALICIA CABALLERO GALINDO

Estoy sentada en medio de la noche. El verano está a punto de terminar, sólo me acompañan la sinfonía interminable y monótona de los grillos y las luces cintilantes e inciertas de las luciérnagas, que se ven opacadas por la brillantez de la luna llena, que parece salir entre las frondas de los árboles. El espectáculo es único y yo me encuentro hundida en mi soledad, sentada frente a la ventana de mi recámara con mi cabeza hecha un caos. Es más de medianoche y el sueño aún no acude a mis ojos. En mi conciencia se confunden y fluyen desordenadamente mis pensamientos y mis sentimientos sin una noción precisa de mi presente y mi pasado y frente a un futuro extraño.

Hace ¡No sé cuántos días! cuando me dirigía al trabajo se me cayó mi bolso mientras esperaba en la parada del autobús de ruta que diariamente abordo. Las llaves de mi escritorio se perdieron entre el pasto de un arriate y me angustiaba no encontrarlas, porque el tiempo pasaba y llegaría tarde. Sin mis llaves no podría abrir nada ¡Y sería un día perdido! Lo más seguro era que me lo descontaran por mi descuido.

Sin un motivo aparente, el cielo se oscureció y un remolino de viento fuerte me envolvió, tuve que detenerme en un árbol, que, por cierto, no había visto antes. No supe cuánto tardó el remolino de viento, pero cuando amainó, el sol brilló de nuevo y continué con mi tarea de buscar mis llaves. En ese momento escuché una voz a mis espaldas: – ¿La puedo ayudar señorita?

Cuando levanté la vista me encontré con los grandes ojos negros y enigmáticos de un hombre joven que se ofreció a ayudarme, se agachó y rozó ligeramente mi hombro con su brazo, fue una sensación extraña, en ese momento sentí que de algún modo lo conocía, él simplemente me dijo: –¿Qué busca?

–Necesito las llaves que se salieron de mi bolsa ¡Son de mi oficina!

Hurgando entre la hierba, aquel hombre, rápidamente las encontró y me las dio con una sonrisa    –Soy Germán Estévez y vivo en esa casa. Murmuró señalando un pequeño chalet en la esquina donde tomaba el autobús ¡Qué raro! Nunca había reparado en esa casa, los colores parecían más brillantes que de costumbre.

– ¿Usted vive cerca de aquí? No la había visto antes. –Sí, vivo a tres calles. Me llamo Azalea Jiménez. Consulté mi reloj y comprendí preocupada, que era demasiado tarde para ir a la oficina, el transporte se había pasado y, por la hora, aunque llegara me descontarían el día. Los ojos de aquel joven me miraban fijamente con una sonrisa, por fin se atrevió a decirme: –Adivino por su expresión que se le hizo tarde ¿Por qué no acepta mi compañía y vamos a la plaza a conversar un rato? Estuve fuera de la ciudad varios años y apenas hace una semana llegué, estuve un tiempo en París. Soy pintor, retratista, para ser preciso y me gustaría que posara para mí con el marco de los árboles del parque.

Algo me atraía de aquel joven pintor, su mirada enigmática, su sonrisa franca y amable, su rostro agradable y su cuerpo atlético ¡En fin! Sin pensarlo mucho acepté, él me tomó del brazo cortésmente y nos encaminamos al parque, en la otra mano llevaba un portafolios donde cargaba sus tizas y sus papeles para dibujar. Era extraño, pero la ciudad se veía distinta ¿Amor a primera vista? ¡tal vez!

Platicamos como si siempre nos hubiéramos conocido, él no dejaba de hacer trazos en el papel, mientras hablaba el sol se colaba entre las ramas de los árboles causando un efecto de luz y sombra muy bello. Cuando estuvo terminado el cuadro, dibujó con maestría una flor de azalea entre mis manos. Me quedé maravillada por la rapidez y maestría con que dibujaba, me enseñó el retrato y dijo que al día siguiente me lo iba a obsequiar, en su casa lo retocaría. Hubo un magnetismo que nos atrajo, y sin palabras de por medio, al levantarme de la banca me tomó la cara suavemente con sus manos y me besó. Más que un beso fue la comunión de dos almas en una misma sintonía, mezcla de ternura y pasión sus brazos me envolvieron con ternura. Fue difícil romper aquel abrazo con un profundo suspiro, tomados de la mano, regresamos y me acompañó hasta la puerta de mi casa con la promesa de vernos al día siguiente. Me quedé viéndolo alejarse, después de dar unos pasos volvió su rostro sonriente y me dijo adiós con su mano en el aire y se fue. Al abrir la reja del jardín de mi casa, de nuevo, el viento oscureció la mañana.

Así como llegó, igual se fue. Entré y todo volvió a la normalidad.

Esa noche no dormí, deseaba que amaneciera para verlo de nuevo; deseaba sentir otra vez el sabor de sus labios no estaba en la parada del autobús y eso me decepcionó un poco, pero pensé que a la salida estaría esperándome en la puerta de su casa.  Cuando llegué a la parada de regreso, noté con extrañeza que la casa no se veía igual que el día anterior estaba vieja, despintada ¡Y abandonada! Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y me quedé parada unos minutos en la puerta una viejecita que vivía al lado y notó mi intención de entrar, murmuró: – ¡Ni se le ocurra señorita! La casa está abandonada desde hace muchos años, aquí vive un pintor medio chiflado está casi ciego y vive solo.

La vieja se fue caminando y hablando sola ya no entendí lo que decía. Yo, armándome de valor, empujé la reja y entré temblando de miedo, de emoción, y con un montón de sensaciones extrañas. El viejo, sentado en la penumbra, al verme, o adivinarme, me dijo  con una mueca parecida a una sonrisa: –Yo sabía que un día volverías. ¿Por qué tardaste tanto?

Arriba de la chimenea estaba un retrato amarillento ¡Mi retrato! con la flor entre las manos. Me acerqué, sin entender de lo que estaba pasando, acaricié sus revueltos cabellos entrecanos y con un profundo suspiro, murió entre mis brazos con una sonrisa en los labios. Salí muerta de angustia y desconcierto y me dirigí a mi casa. ¿Cómo pudo regresar el tiempo? Y aquí estoy, en medio de la noche melancólica evocando aquellos besos, añorando sus brazos y esperando encontrar, de nuevo ¡Una grieta en el tiempo!

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