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miércoles, abril 17, 2024

LAS LETRAS QUE ME TRAJERON HASTA AQUÍ

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POR CARLOS ACOSTA

La mañana del día lunes once de marzo, llegué de prisa al Colegio México de Mante. Ya esperaban alumnos, maestros, directivos y padres de familia. Saludé a la licenciada Maricela Morales Mayorga, directora del plantel. Enseguida se procedió a la ceremonia programada. Se hicieron, con la solemnidad requerida, honores a la bandera; se presentó el grupo de animación de la escuela, hicieron pirámides y ejercicios de gimnasia rítmica. El evento era conducido por alumnos de la propia escuela. Llegado el momento, la directora de la institución, procedió a entregarme un Reconocimiento que la letra dice Por su gran aporte a la literatura Mantense. Orgullo de Tamaulipas. Recibí el presente con alegría sosegada. Me cedieron la palabra y públicamente agradecí, en todo lo que significa, la distinción que me era conferida; también hice saber de mis mejores deseos y buenos augurios para la Semana Cultural y Deportiva que ese día iniciaba ¡Enhorabuena Colegio México!, expresé. Los aplausos de los presentes fueron una parvada de palomas invisibles en la nublada mañana.

Después pasamos a la Sala de Medios. Estaban, la directora Maricela, algunos padres de familia, alumnos de secundaria y prepa, los invitados especiales, Esperanza, Ricardo, Nadia, Julieta, Melissa, Mike; Manuel Núñez, Salvador Zamora. Como presentación, la maestra Hilda Almazán Cortés leyó una semblanza de mi quehacer literario. Luego se proyectó, en dos pantallas, el video de tres minutos y medio de duración, con fotografías, desde la niñez hasta la época actual, y con los huapangos El zacamandú y El agua nieve, de fondo musical. Enseguida pasé al frente para desarrollar la charla literaria que había preparado y a la cual titulé Las letras que me trajeron hasta aquí.

Dije que desde el año sesenta y nueve, del siglo pasado, mi familia vino a residir a El Mante. Que desde nuestra llegada me habían deslumbrado los canales de riego, el bulevar del ingenio, el verdor de los cañaverales, La Aguja, El Nacimiento, los almendros guindas del invierno. Les conté que luego me fui a la ciudad de México, a la UNAM, en donde me hice médico. Y que regresé a finales de los ochenta ya casado y con hijos. Y que recuperé el placer de caminar la ciudad. Entonces leí aquello que escribí en aquel tiempo: Me complace tanto andar mi ciudad / sobre todo si es otoño y de tarde / Ver cómo declina el sol amarillo detrás de la sierra / y cómo suspiran en un verde mar de lánguidas olas / cañas y espigas / Escuchar el canto del río paterno / y ver en sus aguas mi vida / mi tiempo / que pasan de prisa / siguiendo el caudal / como en un espejo. Lo leí completo.

Enseguida hablé de mi lugar de origen, Antiguo Morelos. Evoqué los días de infancia y con ellos a la profesora Eva. En honor a ella y aquellos días, leí su poema: Ella salvó mi infancia / Desde su viejo escritorio / de una escuela muy lejana / escribió en aquella pizarra virgen / que fue mi niñez / dos o tres palabras entrañables / que todavía hoy / cuando atosigan los desengaños / me gusta releer / ¿Cómo dejar en un niño / la impronta del amor y la esperanza? / ¿Cuál voz / qué miradas / derraman la luz necesaria?

Después, El hombre de los abrazos: Yo soy un hombre que vive de abrazos / Agua y pan / sueños y penas / son necesarios / pero no indispensables como los abrazos. Luego, el dedicado a Esperanza: Me gusta cuando fumas / porque estás como inerme / No me miras / no hablas / y finges cansancio / desamor / sosiego / No sabes qué hora es / qué día / o qué año. Hasta aquí podía ver caras de asombro y ojos atentos; el silencio imperante era mi mejor aliado. Enseguida leí cinco décimas, y aquí, pedí a los escuchas que dijeran conmigo los dos últimos versos (que eran los mismos repetidos) de cada décima. Fue una experiencia que me erizó la piel en varios momentos. Escuchar al salón entero -voces de hombres, mujeres, adolescentes, niños- decir, como quien reza una oración grupal, acompañando a mi voz, de manera unánime y rítmica: Ojos que te vieron ir / Jamás te verán volver. Ojos que te vieron ir / Jamás te verán volver. Al terminar esta parte, todos aplaudimos entusiasmados. ¡Son una maravilla!, casi grité. Y entonces sí, el aleteo de estas palomas invisibles estrujó mis párpados y amagó humedecerlos de más.

A continuación, hablé, otra vez, de mi lugar de origen, de la región de Tampemol y su significado desde la lengua tének: lugar donde se hace pan. Y leí un texto del libro El zarzo de los Pemoles: Yo soy Pemol / a la primera mordida me desmorono / Lo eres tú y no lo sabes / Lo es el nido de calandria / en las altas ramas de los árboles. Al seguir, volví a El Mante y leí: Aun con sus amaneceres plateados / y sus tardes de horizonte enrojecido / Con el rumor del agua en las acequias / y la algarabía de los tordos en las arboledas / Aun con la espiga y la caña / el sol calcinante y el agua sagrada / con sus hombres ilusos / sus realistas agrios / y sus parias / esta ciudad no sería lo que es / si tú no la habitaras.

Seguí con un texto escrito para el Río Mante, cuando lo vi enfermo de lirio. El que termina diciendo: ¿Han tirado por la borda de los siglos / el amor del hombre por la nube / el amor de la lluvia por el hombre? / Olvidan que son agua / que serán tierra / y otra vez agua / Perdona a tus hijos Padre Río.

Y terminé la lectura con un texto inédito. Ya para entonces la emoción desbordaba por cada uno de los poros. Lo leí al filo del abismo emocional: Ayer alguien me preguntó: / ¿Qué le dirías al niño que fuiste? / Quizás nada / es tan distraído / Se la pasa viendo las nubes / hablando con los pájaros / Anda de su casa a la escuela / del correr a la disnea / Lleva en la cabeza un pequeño ramaje en donde anidan / sueños y calandrias / Tiene un columpio / que cuelga de una ceiba / de grises / corpulentos brazos / Tiene un perro de pardo pelambre / un maizal tupido en el solar de su casa / un ciruelo fosforescente / Le gusta caminar solo / de su casa a La Cruz / que está en una loma / como a dos kilómetros del pueblo / Es afecto a / por las noches / mirar en silencio / el cielo sin estrellas / No conoce otra fuente de amor / que no sean los ojos de su madre / Tal vez / más que palabras / al niño que fui / yo le daría / no uno ni dos ni tres / sino todos / todos / los abrazos.

 

Di las gracias. El aplauso fue estruendoso, sólido, largo. Pero bien sé que los aplausos, cuando son para uno, parece que se alargan. Me pareció que alguien gritó algo, silbó de alegría. Yo, feliz. Siempre pensé que esta, y no otra, como persona, es mi mejor versión. Luego pasamos a la sección de Preguntas y Evasivas. Hubo muchas participaciones, muchas. Los alumnos brincaban (es real la expresión) para que les tomara su pregunta. Por cada participación obsequié un ejemplar de mi novela Espejos que se aclaran. Terminé entregando todos los que llevaba. La charla, que estaba programada para una hora, se alargó por cuarenta y cinco minutos de más (y aquí ofrezco disculpas por no haberla cortado a tiempo, pero las preguntas eran tantas). Puedo jurar, aunque no sea necesario hacerlo, que no me di cuenta del pasar del tiempo. Siempre que leo poseía, sucede. En la burbuja en la que vivo esos momentos, no existe espacio ni tiempo. Luego nos tomamos fotografías: con mi mujer, mis hijos, con la directora Maricela y la maestra Hilda. Al final, como se iba a ocupar la Sala de Medios para otra conferencia, terminé firmando los libros en una mesa afuerita, en el patio del colegio. Gracias. Ojalá. Siempre, eso dije. Son mis palabras preferidas. Gracias (gratitud es memoria del corazón), Ojalá (fe en Algo más allá de nuestros sueños), Siempre (siempre es ahora).

Ya en casa cavilé sobre la palabra Reconocer. Por principio recordé que es un vocablo palíndromo. Y en las acepciones de Reconocimiento aparecía una de mis palabras consentidas (que recibe muchos mimos, que se le quiere mucho): Gratitud. Somos espejos pensé. No, nunca lo voy a olvidar.

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