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martes, septiembre 27, 2022

Mi amigo inseparable

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Por María Consuelo González del Castillo                                              

Escritora.

El mes pasado sufrí la pérdida de un compañero inseparable, habíamos estado juntos durante varios años, atesoraba mis mejores momentos y sabía de todos mis recuerdos.  

Fue difícil aceptar la separación. Hubo quienes me daban opciones para que mejorara mi estado de ánimo. “Búscate otro”, “inténtalo de nuevo, tal vez si lo arreglan pudiera volver a funcionar”, me decían.

Me empecé a desesperar porque la sensación de soledad y tristeza me incomodaba cada vez más, así es que me animé y tomé la decisión de intentarlo con otro, pero no era lo mismo, es difícil adaptarse a algo nuevo, además de que sentí un gran dolor al darme cuenta de que podía quedar en el olvido la mayor parte de la historia de tantos años vividos.  Así es que opté por llevar a mi amadísimo y viejo celular a la Plaza de la Tecnología para que me lo arreglaran.

Sucedió que con el cambio de una pieza mi flamante amigo quedó como nuevo y hoy seguimos con nuestra relación. 

Este episodio de mi vida que duró unos días, me sirvió para reflexionar sobre lo que está sucediendo con los teléfonos móviles.

La sensación que viví cuando me quedé sin “mi amigo inseparable” la comparé con aquellos rompimientos amorosos de la juventud: lo extrañaba, dolía, me hacía falta, no encontraba acomodo y la tristeza me embargaba en todo momento. 

Estoy segura que no soy la única que ha experimentado esta desesperanza, tristemente ocasionada por un artefacto tecnológico. 

¿Y cómo no va a ser así si difícilmente conocemos a alguien que no abuse del uso del celular?

Estamos acostumbrados a decir que las nuevas tecnologías nos facilitan la vida. Es innegable tal afirmación ya que nos ayuda a estar informados, a investigar, a permanecer más cercanos de nuestros seres queridos, recuerdo también cómo fue de gran apoyo en el confinamiento que vivimos en la pandemia…pero ¿no se nos está pasando la mano? ¿Qué consecuencias acarreará a chicos y grandes estar “enganchados” tanto tiempo a su smartphone? ¿De qué nos estamos perdiendo a nivel familiar? 

Después de mi experiencia al estar varios días sin celular me di cuenta de que mantenerse permanentemente conectados a través de la red, nos produce una dependencia que se vuelve ansiedad cuando no es posible tenerla. Observando a quienes me rodean, también me di cuenta de que hay miedo  a que se acabe la batería, a no tener señal o a que se estropee el dispositivo, pero no tenemos miedo de ignorar a los demás por estar concentrados en el aparato, provocando deterioro en nuestras relaciones interpersonales.

Me di a la tarea de preguntarme: ¿Qué podemos hacer ante esta problemática de la que hoy en día nadie escapamos? Encontré muchos consejos para evitar el uso excesivo del celular, sin embargo hay algunos muy puntuales con los que decidí empezar: 1) Pedir a mis familiares y amigos que en la medida de lo posible nos llamemos en lugar de enviarnos mensajes. 2) Dejar el teléfono dos horas antes de ir a la cama y sustituirlo por un buen libro y, creo yo el más importante: 3) Apartar mi teléfono cuando estoy compartiendo en familia. 

Este medio de comunicación forma parte de nuestra vida cotidiana, difícilmente podremos prescindir de él, sin embargo, si nos esforzamos podemos aminorar los efectos negativos que innegablemente conlleva su mal uso. 

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