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miércoles, febrero 21, 2024

Recuerdos extraviados

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Por Carlos Acosta

Entre el corredor de la casa y la ceiba gris estaba el tejadito. Era una construcción de cuatro horcones y techo de palma. No tenía paredes. En su interior había un fogón sobre una base que era un montículo de tierra sobre el cual se quemaban los leños, que luego brasas, calentaban el comal de barro el cual, apoyado en dos ladrillos, se ponía desde temprano.

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Casi al mismo tiempo que salía el sol, mi madre, desde allá, nos llamaba. Para entonces ya estábamos despiertos y vestidos, debido a que, en un rato más nos iríamos a la escuela. Miguel Ángel, el hermano mayor y yo, andábamos en pantalón azul y camisa blanca. Silvia, un año menor, iba toda de blanco y con sus cabellos rubios brillantes. El más chico, Saúl, todavía no entraba a la escuela y por esa razón andaba en pantalones cortos.

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Los cuatro, sin embargo, íbamos al llamado como quienes oían en la voz materna, un tañido de campanas que anunciara el mejor de los días. Mi padre, aunque desvelado porque él siempre fue trovador en serenatas y cantinas, también iba con nosotros. Nos sentábamos alrededor de una mesa pequeña, no tan grande como la que estaba en la cocina de la casa, y en banquitos improvisados con cajas de madera y trozos de troncos de árbol. Mi madre, después de que, todavía más temprano había llevado el nixtamal al molino de mi abuelo, amasaba la masa y, como quien aplaudiera por el día recien nacido, hacía tortillas que, con gracia y en cámara lenta, iba dejando sobre el comal.

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La ceiba, que no estaba lejos, nos miraba en silencio. Pero sus robustos brazos, de poder hacerlo, seguro nos habrían dicho, guarden en un lugar seguro este día para cuando necesiten de buenos recuerdos. Quizás nadie la escuchó. Tal vez alguien sí. Hacíamos un desayuno frugal. Apenas huevito revuelto y frijoles de la olla, un manjar. A veces, un vaso de leche Pero claro, lo que se llevaba las palmas, eran las tortillas recién hechas a mano.

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Veinte minutos antes de las ocho ya estábamos listos para irnos. Cada uno tomaba su mochila, su portafolios o su pequeña pila de libros de texto. El más chico se quedaba en casa. Fue en aquellos años cuando los niños íbamos y volvíamos, a pie y solos, a la escuela. Ya en el portón, mi madre, con su mano de ángel, nos revolvía el cabello: aunque no mucho para no despeinarnos. Y fue uno de esos días cuando ella nos tomó una fotografía, desde luego en blanco y negro, que, aún ahora luego de tanto tiempo, anda por ahí, entre algunos recuerdos extraviados que, a veces, sin aviso, aparecen y oprimen los años y hacen agua los ojos.

 

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