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jueves, febrero 29, 2024

REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR

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POR Luisa Govela

Lo mejor que me ha pasado en la vida ha sido enamorarme de la literatura y los libros, eso me llevó a escribir poemas, cuentos, ensayos. Desde la infancia, al trazar las primeras letras, me sentí como pez en el agua: un presagio, quizá, de que tendría un destino literario. Mi otro gran amor han sido los idiomas y la enseñanza.

     Creo que todo escritor debe ser un incansable lector. Leo más de lo que escribo, declaró Borges. No hay buenos escritores que no sean lectores voraces. Las lecturas y las experiencias vitales son alimentos indispensables para él. He participado en varios talleres literarios durante mi larga carrera y, desde luego, se aprende mucho y es importante que otros lean y critiquen tus textos. Es un tamiz muy necesario antes de pretender publicar. No obstante, los mejores maestros son los grandes autores. Su estilo te lleva a desarrollar tu propio estilo y a descubrir y utilizar con destreza el lenguaje y los recursos literarios. 

     La mejor recompensa para quien tiene verdadera vocación es la escritura en sí, el acto de creación. No escribe para ganar renombre o premios económicos, sino para crear obras que conmuevan, que sirvan a la razón y la inteligencia; permitan conocer mejor al hombre, su mente, sus problemas y circunstancias. Lo ideal es que nuestras obras inquieten, emocionen, tal vez enojen o dejen reflexionando al lector. Lo peor que nos puede pasar, aparte de que no nos lean, es que el lector quede indiferente. 

      El oficio del escritor es arduo y complejo. Exige largas jornadas de investigación y lectura antes y durante la escritura. Cierto que, a veces, un poema o un cuento nos puede satisfacer en un primer borrador. Pero lo más frecuente es corregirlo, reescribirlo, dejarlo reposar y retomarlo, pulirlo y tener la humildad de saber cuándo debemos encestarlo, eliminarlo. Dijo T.S.Eliot: Lo nuestro es el intento. Lo demás, no es de nuestra incumbencia. Escribir bien implica semanas, meses y años de estudio e investigación, uso hábil del lenguaje y recursos literarios, dedicación y largas horas de tarea solitaria, acompañada a veces de momentos de frustración.

      ¿Por qué escribir si la tarea es tan dura y la recompensa escasa? En primer lugar, porque tenemos verdadera vocación literaria y sí disfrutamos en ocasiones de algunas recompensas. La mayor de todas, como dije antes, es la escritura en sí. En ella nos encontramos con esos parpadeos de eternidad que son casi una experiencia mística: cuando vemos que las palabras se alinean de la mejor manera posible, la alegría de sentir que hemos creado una obra de arte, ése es nuestro mejor premio.

 

IGUAL QUE UN RÍO

                                                              a la memoria de RGG 

                                                                                             «Abre tu corazón 

                                                                                           igual que un río…» 

                                                                                                  Jaime Sabines 

 

Con un presagio de alas 

se han abierto las puertas del recuerdo.

Aletean las palabras y se echan a volar, 

disparadas al filo de magueyes. 

El tiempo se devana  

en la queja 

de palomas distantes. 

Qué solo has quedado, padre, 

dormido en el silencio de las flores. 

En el naufragio de los signos, 

busco la huella fiel: 

te doy un crisantemo. 

hay un poco de música en esa flor. 

Vecinos del océano, 

Circundados por lagunas y ríos, 

fuimos la nave indócil de hermanos bifurcados, 

bogando en el caudal paterno. 

bañabas las heridas,  

a la luz de raíces de un aromado abrazo 

en tanto que la fruta maduraba. 

Eras un río de nubes, 

trotando por las calles 

de una ciudad de agua. 

Soy la prolongación de tus pasos 

en la acera de lluvia. 

Súbitamente irrumpió la tristeza 

por calladas estancias. 

Te has ido de repente 

en medio de febrero 

en medio de la casa. 

Viajero silencioso del último tranvía, 

sin adioses de musgo

ni gritos estridentes. 

Ese día,  

solos en la otra orilla, 

el llanto entre las manos, 

tu mujer y tus hijos 

hablamos sin palabras. 

¿Acaso puedes verme, me oyes entre sueños? 

Haz que el viento del norte juegue con los espejos. 

Ven, camina por las calles de mis venas. 

Sólo queda un sollozo de truenos 

y ataúdes de luna. 

El pinar umbrío teje una red de sombras 

en la arena.

 

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