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lunes, mayo 27, 2024

RECUERDOS AL VUELO

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POR MARISOL VERA GUERRA

La hilera de letras negras sobre el papel blanco, estampándose bajo el golpeteo de las teclas de la máquina de escribir, fue la primera cosa en el mundo que me produjo fascinación. Debí haber sido muy pequeña la primera vez que me sentí atraída por esas formas simétricas que se deslizaban entre los rodillos metálicos del artefacto. Cuando la hoja se quedaba sola sobre el escritorio, yo tomaba una pluma y un trozo de cartulina, y las intentaba reproducir. 

En mi mente de adulta a veces venía esa imagen de las letras alineadas. Y yo desde afuera, como un observador externo, dibujándolas. No fue sino hasta 2022 que mi madre apareció en estas escenas; sólo recordaba los objetos, las hojas, la máquina, las plumas. No había un elemento humano en mi foco de atención.

 

Mi madre aparecía en mis recuerdos hasta alrededor de los 7 años. De pronto emergía de la nada, y empezaba a tener un lugar en las escenas de mi niñez. No me explicaba el porqué, puesto que tengo recuerdos claros de mi primera infancia. Era como si su imagen hubiera sido borrada al inicio de mi vida. Ahora pienso que su imagen siempre estuvo allí, pero no se había integrado a mi recuerdo. Como si hubiera tenido guardada la película en mi cabeza, pero en fragmentos. 

Al empezar a revisar mi vida, a través de este libro, la imagen de mi madre ocupó su lugar entre los objetos.

Lo que más he deseado en mi vida es entenderme a mí misma y al mundo; siempre he luchado por adaptarme, y sólo he conseguido esta adaptación siendo fiel a mi propia naturaleza.

Pero cuando las personas neurodivergentes buscamos adaptarnos, y en esa búsqueda nos desregulamos o adoptamos estrategias que no son convencionales, nuestros comportamientos suelen confundirse con rebeldía, berrinche o indolencia; así, en etapas de mi vida en las que no estaba regulada y en las que, precisamente, trataba de encajar en los esquemas sociales típicos, mi sobreesfuerzo me llevaba a constantes shutdowns y burnouts.   

A ensayo y error, buscadora compulsiva de información, he aprendido a regularme y a estar en el mundo. Mi estabilidad y mi salud mental son prioridades. 

Pero nuestra sociedad es contradictoria. La masa tiende a oprimir, censurar y excluir todo lo que perciba como “rebelde”, y al mismo tiempo celebra la rebeldía como un antivalor deseable. Acaso por esto, cuando me intento autodefinir, otros han llegado a interpretar que “mucho hay en mí de rebelde”. Si me atengo a la definición de la RAE, encontraré que rebelde se define con otros adjetivos como sedicioso, amotinado, insurrecto… Y, desde mi formación como psicóloga agrego que rebeldía implica, también, la intención, la consciencia de serlo. Apegada a estas acepciones, creo que en mi vida he estado, con mucha más frecuencia, en la búsqueda de la adaptación, en la necesidad de acorralar mis extravagancias y de domar los pensamientos para poder ser (desde una perspectiva clásica) el tipo de persona que he diseñado en mi mente: un ideal. Soy alguien que ama la belleza y busca la perfección −aunque la sepa imposible.

Si seguir mi propia naturaleza y construir mi camino con base en mis talentos natos y no acatando aquello que para mí no tiene sentido, puede considerarse rebelde; si ser auténtica y directa en mis opiniones, versos e imágenes es rebeldía, entonces ¡asumo la etiqueta! Pero sé, por experiencia, que ésta se asocia con mayor frecuencia a una “pulsión por ir en contra” y no a estos rasgos que acabo de describir. 

Mi lenguaje, desde pequeña, ha sido la poesía. En toda poesía hay experimentación, juego, y a menudo subversión y ruptura, así que tal vez mi poesía “ha ido en contra”, pero no creo que sea la rebeldía la que haya definido mi camino como persona, sino −por el contrario− la búsqueda de la adaptación. Claro que no una adaptación en contra de mis necesidades, sino una donde cohabitemos mis sueños, mis talentos, mis capacidades y las de los demás.

Pero todo esto ¡es tan difícil de explicar! Dejaré que sean mis frutos los que sigan hablando por mí. Todo lo que he construido con amor y dedicación, que siga siendo mi tarjeta de presentación.

    *

Sobreviví varias semanas siendo la señora de una casa, o sea, la casa de mis papás que me tocó cuidar en su ausencia. Ya saben que mi departamento (mi pequeña burbuja aislante) es silencioso, pequeño, lleno de libros y juguetes, con una luz eternamente encendida, y un solo espejo. Aquí hay demasiadas puertas y escaleras, demasiadas voces entrando por el orificio de la mañana, una penumbra fría que camufla los rayos de sol. Más ladridos, olores y timbres de los que estoy habituada a atender. 

Yo creería que lo hice mal, y sin embargo nada se derrumbó.

En el inventario del caos doméstico me estalló un huevo duro en la cara, me incendié el pelo dos veces y aprendí que la basura pasa los días miércoles… 

Y ahora que ellos están de regreso, estoy aprendiendo a tomar las manos de mi padre como él me las tomó a mí cuando era una niña pequeña. Entonces sus manos eran enormes, eran gigantes; mi mano cabía en la suya cuatro veces, lo recuerdo bien porque siempre jugaba ese juego de medir nuestras manos cuando estábamos en una fila, esperando algo, y así me mantenía entretenida. 

En cualquier momento anterior a este, habría considerado triste ver frágil a quien siempre quise ver como un héroe. Pero mi querida Carmelita Benitez me dijo algo sencillo y a la vez muy sabio: «Es un rol por el que nos va a tocar pasar, si tenemos la suerte de que nuestros papás vivan tantos años». Y esa tristeza se vistió, de pronto, con gratitud, porque es un privilegio haber podido ser la señora de la casa de mis papás, por un rato, y poder sostener ahora entre las mías, la mano de quien me enseñó a expresarme frente a un público. Antes de que aprendiera siquiera a leer, él me paraba en un estrado y me hacía declamar poemas, de memoria. Hasta que un día (cuando ya se había concretado en mi alma la alquimia de la escritura), lo vi hojeando un libro de poemas para niños y le dije: «Ya no me busques más poemas, de ahora en adelante yo los voy a escribir».

 

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