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jueves, mayo 23, 2024

UN MARZO DE VIENTOS Y POLVAREDAS

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POR CARLOS ACOSTA

Pepe Lucena recién había llegado al pueblo, hacía tres semanas quizás. Era inquilino en los cuartos de Doña Elena, allá por el barrio de La Bolsa. De modo que conocía a poca gente, y pocas personas sabían de él. Era un marzo de días soleados, con vientos y polvaredas, sudores y tardes largas. Estaría en el pueblo poco tiempo, cuando mucho mes y medio. Era el encargado de efectuar los cálculos y representaciones de las mediciones topográficas, de lo que, después, sería la construcción de la presa El Oyul. A sus cuarenta y pocos años -siempre tuvo problemas al hablar de su edad y esa es la razón de que aquí no podamos consignarla con exactitud- éste sería un trabajo más, en su largo historial como topógrafo.

Por las tardes, luego del trabajo, esperaba tirado en la cama a que anocheciera, porque debido a los solazos, los calores ya eran como para no salir a la calle antes de que el astro rey cayera en el horizonte. Ya casi de noche, salía a caminar. Dadas las dimensiones no tan grandes del pueblo, era cuestión de poco más de una hora lo que tardaba en recorrerlo. A él siempre le gustó caminar. Tal vez por eso escogió la profesión que ejercía. 

Aquel jueves, el último del mes, era día feriado: jueves santo. El calor seguía terco y rabioso. Desde temprano, el topógrafo percibió un ambiente distinto a los días previos. Antes de mediodía, salió de su cuarto y se dio cuenta que se trataba de una celebración en la que participaba un buen número de lugareños. Había un trío de huapangueros -jarana, guitarra quinta y violín- que a media calle tocaban música huasteca. Se cubrían del sol con sombreros de cuatro pedradas. Con ellos, iba un grupo, como de quince disfrazados, que bailaban. Son Las Marotas, hombres que se visten de mujer, le dijo uno de los tantos mirones. Él estaba desconcertado. Aquello le parecían más bien, brincos y corretisas, y no propiamente, pasos de baile. Entre el grupo de mujeres grotescas, con pañoletas en la cabeza y máscaras de cartón, había un diablo que portaba ropaje vistoso, aunque empolvado, que por encima de la máscara tenía los cuernos y, en la mano, un largo látigo que cada vez que tronaba al aire, parecía que se iba a convertir en añicos el día. Le llamó la atención que nadie del grupo, ni las marotas ni el propio diablo, hablaran; todo lo hacían en silencio. 

Al acercarse a la comparsa, le llamó la atención una marota que le pareció distinta a las demás. Era de cuerpo esbelto, nalgas y pechos pronunciados y usaba un vestido amarillo muy ajustado. Su máscara mostraba, en dibujos, unos ojos grandes, pero rasgados, nariz respingada y los labios apretados, haciendo de manera permanente el gesto de piquito de pollo. Además, sus movimientos eran lentos, sus pasos medidos; parecía andar, en medio de la vorágine de la música y el baile, flotando en cámara lenta. No era ordinaria como las demás, ni hacía el jueguito de andar sacando a bailar a los mirones o abrazarlos y pegarse a sus cuerpos.  

El topógrafo no dejaba de verla. Y eso no pasó inadvertido para la marota. Entonces, dirigió su caminar, como de manera casual, hacia él. Se le acercó, pero no mucho. Luego se iba otra vez. Así lo anduvo haciendo durante la media hora que duró la música. ¿Ya terminó?, preguntó Pepe Lucena a los lugareños. ¡Se acabó!, contestó alguien, ¡a menos que usted pague otra media hora! ¿Cuánto? Cien pesos, dijo el que tocaba la jarana. El fuereño sacó de la bolsa trasera del pantalón su cartera, y extendió un billete. Hubo música y baile otro buen rato. Pero en realidad, el hombre había pagado porque deseaba seguir viendo a La Mustia, como en sus divagaciones ya la había bautizado.   

Se fueron las marotas con su música (y su baile) a otra parte. Lucena, quedó con un sabor agridulce. ¿De verdad eran hombres vestidos de mujeres? No podía creerlo. La Mustia lo había impresionado de sobremanera. Supo que por la tarde andarían en la plaza. Así que después de comer, se preparó, se dio un baño, se vistió como si hoy fuera domingo, y se dispuso a ir a la plaza. Y en efecto, allá andaban. Se acercó. Con mirada atenta se puso a buscarla. La encontró. De un modo que pareciera casual, se fue acercando. La Mustia parecía reconocerlo. Hacía de nuevo sus escarceos con el fuereño, pero esta vez las insinuaciones eran más atrevidas. Hubo un momento en que lo rozó con su cuerpo. Pepe sintió un escalofrío.

Esa noche el topógrafo casi no durmió. Al cerrar los ojos, aparecía la imagen de la marota con su flotar sobre la tierra en cámara lenta, sus ojos rasgados, sus labios en piquito de pollo. El hombre despertaba agitado. Intentaba dormir de nuevo. Lo hacía durante unos minutos, pero la imagen volvía a presentarse en la oscuridad de sus ojos cerrados y le hacía abrirlos otra vez. Antes del amanecer del viernes santo, dejó su cama. Le parecieron largas, largas las horas de espera. Antes del mediodía salió a la calle, pasó a la cantina Los Parientes; preguntó por dónde andarían las marotas. Por El Callejón, le informaron. Y enseguida, de prisa, fue hacia allá

La Mustia lo estaba esperando. Cuando le vio llegar, se acercó. Con un baile cadencioso, apenas perceptible, llegó hasta él. Pepe Lucena estaba inmóvil, no sabía qué hacer. La marota se animó y le pasó el brazo por la espalda. Alguien que traía una cámara fotográfica hizo clic en ese momento. Él se animó. Tal vez fue el efecto de las cuatro cervezas que, antes de venir, se había tomado. El caso fue que de pronto, de nada tuvo vergüenza. Se dejó llevar. El trío de huapangueros, con su música inundaban el momento. Pepe Lucena y La Mustia, como si nadie, nadie más, hubiera a su alrededor, empezaron a bailar. Ella mostró aún más osadía y le echó los brazos al cuello. Él le rodeó la cintura. Pudo haber sido media hora -no faltó quién pagara otra tanda- o dos o tres horas, el tiempo fue lo de menos. Todo aquel día, la pareja se lo pasó bailando. Entre pieza y pieza musicales, él pedía otra y otras cervezas. Cuando luego, la comparsa se fue al barrio de La Misión, allá se fueron, a seguir bailando, los dos. 

El sábado de gloria fue lo mismo, pero más evidente. La atracción mutua de la marota y el fuereño aumentó. No faltaron los acomedidos del pueblo, que siempre se hacen los aparecidos. Es hombre, ¿a poco no se ha dado cuenta?, repetían con morbo sarcástico; además, como él trae la cara cubierta, usted ni sabe quién es. Lucena no respondía. Miraba fijamente un punto perdido en algún lugar del polvo de la calle. Había seguido bebiendo desde la noche anterior. Hoy se le acabará el encanto, machacaron con escarnio los metiches. Y era verdad. Según la tradición, al día siguiente, que sería domingo de resurrección, se acabaría esta especie de aquelarre mundano. El pueblo volvería a estar en paz; sería otra vez bueno, limpio, cuasi perfecto. 

Después de aquella noche, nadie, nunca, volvió a ver al topógrafo de la presa El Oyul. Se sabe que pagó, hasta el último día, en las cuarterías de Doña Elena. Al mismo tiempo, no apareció por ningún lado el joven que se vestía de La Mustia. No está bien que en este relato se escriba su nombre, pero todos lo sabían. En el pueblo de mis orígenes, todos sabemos todo de todos (y si no es necesario, sabemos todavía más). Corrieron muchas versiones, pero la más chismorreada fue la siguiente: la noche del sábado, durante la quema simbólica del diablo en la plaza, Pepe Lucena y La Mustia, se habrían aprovechado del ruido provocado por la música y la gritería, y sin que nadie los viera, escaparon en un taxi que el topógrafo había contratado, por teléfono, en la vecina Ciudad Valles. Y eso no era todo: alguien juró escuchar cuando Pepe Lucena dijo, te vas conmigo, mi vida no es vida sin ti; dejaré tirado el trabajo de topografía, no me importa, lo dejo todo por ti; sé tu nombre, sé en dónde vives; lo único que te voy a pedir es que, todas las noches, después de la cena, uses tus ropas y la máscara de la marota que eres. El que así lo comadreó, dijo no haber oído la voz de La Mustia, pero ya se sabe que las marotas siempre fueron mudas.

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