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sábado, febrero 4, 2023

REFLEJOS

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POR: ALICIA CABALLERO GALINDO

Suelo mirar los aparadores por donde camino porque me gusta ver mi reflejo en ellos, perdido entre el ir y venir de gente que pasa a mi lado, disfruto verme, aunque a veces lo sufro cuando no me agrada del todo mi apariencia, pero sirve para autocriticarme, el espejo de mi habitación parece conocerme y antes de salir, cuando refleja mi aspecto me dice que estoy bien y salgo satisfecha ¿Será que me conoce y me consiente? ¡Debo estar medio loca! A través del reflejo de los cristales, observo también quién me mira y cómo me mira al pasar a mi lado. Algunos no reparan en mi existencia hundidos en el propio universo de sus problemas cotidianos y… otros, barren mi espalda a veces con intenciones críticas y otras, parecen desnudarme con la mirada. Si son mujeres, no alcanzo a comprender si con coraje, envidia o…o tal vez sólo curiosidad. Si son hombres, prefiero ignorar los intrincados caminos de la mente masculina que no siempre es bien intencionada, pero el hecho de que miren me satisface porque no paso desapercibida como un fantasma… A veces las miradas  me hacen pensar que algo hice mal en mi arreglo personal  y mi aspecto no es del todo natural porque me miran. Cuando  era una adolescente, si alguien me miraba, lo primero que llegaba a mi cabeza era pensar que, en definitiva, algo tenía mal y estaban censurando mi ropa, mi peinado, tal vez mi postura o mi estructura corporal;  me sentía insegura y un poco tonta. Cuando descubrí que algunos chicos me miraban con cierto interés o me sonreían mirándome a los ojos, empecé a disfrutar de esas miradas y pensaba  “creo que le agrado” y sentía, algunas veces, esas cosquillas especiales de vanidad  que corren desde la garganta hasta la boca del estómago. Era una sensación agradable y a veces pasaba grandes ratos frente a los aparadores disfrutando de las miradas de los chicos y pensando que tal vez fuera bella. Soy un poco tímida y  me sentía fea porque los chicos no se acercaban a mí con libertad y sencillez; no entendía que ellos tenían tanto miedo como yo del rechazo al abordarme porque estaban sufriendo los mismos conflictos naturales de la edad. La inocencia de esos años es hermosa y  la recuerdo con cariño.

A medida que pasaban los años, la vida me fue enseñando con lecciones cotidianas y a veces dolorosas, pero logré  adquirir seguridad en mí misma, en mi aspecto y en mi comportamiento como ser humano. Entendí también  que detrás de una sonrisa o una mirada enigmática, existen mil intenciones que no se alcanzan a comprender siempre. Ni qué decir de las palabras lisonjeras o melosas; las apariencias, casi siempre,  engañan. Los rostros ocultan tras una mirada, una sonrisa o un halago, mil cosas distintas que no es sencillo descifrar cuando se les mira de frente porque un velo de simulación cubre muchos rostros.

Se dice que los ojos son el espejo del alma pero habríamos de agregar que de las almas limpias y sinceras, porque hay miradas y sonrisas que son capaces de esconder todo un universo secreto de pasiones bajas, deseos insanos y emociones que se ocultan tras una “dulce sonrisa”; de ahí el adagio tan socorrido “caras vemos, corazones no conocemos”. Por eso me gusta mirar a la gente a través de los reflejos en aparadores y espejos, cuando ignoran que son observados, porque en esos momentos, sí miran con sinceridad y entonces sí se convierten esas miradas, en espejos del alma o tal vez hasta de sus pensamientos.

Es curioso, cuando era niña confiaba en todos, en la adolescencia desconfiaba hasta de mi propia sombra pero cuando empecé a madurar, aprendí a conocer a quienes me rodean por sus acciones y busco en sus ojos respuestas ocultas pero… a veces me equivoco y esos errores me llevan a no confiar fácilmente.

Pienso que si quiero conocer a alguien debo de encontrar  la manera de observar cómo me mira cuando no se da cuenta que lo veo para poder realmente conocer lo que sus ojos y su rostro te dicen. 

Cuántas veces nos ordenan algo y esbozamos una dulce sonrisa con un “sí, al momento” pero al dar media vuelta y dirigirnos a cumplir la encomienda fruncimos el ceño y dibujamos un rictus de desagrado en los labios…

Por eso persisto en la costumbre de mirar los aparadores y los espejos para divertirme observando las miradas de quienes me observan. La diferencia consiste en que hace muchos años dejé de ser adolescente y he aprendido a entender que “yo soy yo” con virtudes y defectos y no me afectan las miradas de todos tipos; desde las que denudan con afán de crítica o admiración, las que destilan coraje, celos envidia u otro tipo de negativismo, hasta las que me ven como un objeto más del paisaje urbano, hay de todo. También aquellos ojos que ni siquiera reparan en mi existencia porque transitan hundidos en sus propios conflictos existenciales sin ver  que un mundo circula a su alrededor. 

La vida me ha enseñado a crecer como ser humano, valorarme y dimensionarme en mi entorno con mis virtudes y defectos. He aprendido a valorar a quienes me rodean en su justo espacio pero… sigo disfrutando de caminar por las calles, detenerme en los aparadores y observar en el reflejo del cristal a la gente que pasa y me mira de mil maneras distintas revelando la pluralidad de un mundo a veces extraño, a veces falso,  en raras ocasiones sincero pero siempre cambiante, enigmático plural y lleno de sorpresas. Al final de cuentas, formo parte de él.

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