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miércoles, junio 19, 2024

LA DIMENSIÓN DE LA PASCUA

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COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO

(Jesús, al ascender hacia Jerusalén se revela a sí mismo, con la verdad interior de su alma y entregando el espíritu. Llora sangre, purga nuestras miserias, derriba la enemistad con su calvario. Así, hemos experimentado la fuerza renovadora del verbo, retornado al níveo verso y a la justa palabra, con la protección celestial de María). 

I.- EL DOMINGO DE RAMOS

 

La población que aguarda al Mesías,

crea y se recrea en el enardecimiento,

une la tierra con el cielo, la hace viva,

enaltece de gozos todos los caminos,

toma el sol y remueve las oscuridades.

Es el soplo de acoger y de recogerse,

de lanzarse con laurel y de relanzarse,

de volver la vista al interior de cada ser,

de sentirse parte de esa ofrenda divina,

pórtico que nos lleva a la santa semana.

Florezca en nosotros la vida de Cristo,

tomemos la decisión de acompañarle,

de guardar y resguardar su gran amor,

dando fundamento a toda existencia,

y esparciendo la esperanza en los días.

II.- LA RECONCILIACIÓN CON DIOS

 

La tradición de la pasión nos sublima,

y nos engrandece nuestra mística fe,

nos lleva a profundizar sobre la cruz,

y nos devuelve a un hondo silencio,

para observar la noche de su agonía.

Los continuos oficios de este tiempo,

a quien fue triunfador de la muerte,

nos atraen a elevar al Señor rogativas,

en acciones concretas de conversión,

y de justa reparación de corazones.

El Padre, suculento en clemencia,

ha derramado sobre el ser humano,

su imperecedera bondad y verdad,

por medio del sacrificio de su Hijo,

para que nuestra savia no se disipe.

III.- EL LENGUAJE DEL SUPLICIO

La alianza del Martirizado no ahoga,

sigue el camino de la mansedumbre,

nunca es un pacto armado, ¡nunca!,

tampoco es algo interesado, ¡jamás!,

es una donación de luz y existencia.

La Pascua brota de alegría siempre,

es el saludo del Redentor nuestro,

que nos alienta corazón a corazón,

nos cita y nos resucita cada aurora,

vacíos de dominio y llenos de amor.

Pasemos de lo terrenal a lo celeste,

abrámonos al alma de lo benigno,

cerrémonos al espíritu del maligno,

que con la piedad dada y recibida,

se fragua el hogar y se forja la paz.

Por Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

corcoba@telefonica.net              

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