25.1 C
Ciudad Mante
lunes, junio 24, 2024

AROMA DE JAZMÍN (PRIMERA DE DOS PARTES)

- Advertisement -spot_img

Debes leer esto

- Advertisement -spot_img

POR ALICIA CABALLERO GALINDO

Guillermo caminaba aquel atardecer por las calles empedradas de Encarnación de Díaz; un pueblo de Jalisco que limita con el Estado de Aguascalientes; sus angostas calles como serpentinas, suben y bajan entre las lomas; el espectáculo era bello; se entremezclaban las ancestrales casonas coloniales con una que otra construcción moderna que parecía un insulto entre tanta belleza tradicional de nuestro México. Ahí, el tiempo trascurría plácidamente y las horas parecían monedas de oro viejo cayendo sobre sus piedras cada vez que se anunciaban con una campanada de la iglesia.

Las estrechas calles, eran transitadas por los habitantes en un constante ir y venir escuchando a lo lejos la monótona voz de los vendedores de pan que a esas horas ofrecían su producto; era una delicia percibir, después de mediodía, el olor de los viejos hornos de leña donde se cocía el pan.

Ese día en particular, había en las calles más gente que de costumbre; faltaban dos días para el 13 de agosto, fecha en que se celebra a San Hipólito, Santo Patrono del lugar y se hacen una serie de eventos tradicionales y religiosos; hay feria, en los portales se ponen vendimias de todo tipo y por supuesto, bailes populares, la Iglesia de San Hipólito es adornada; constituye todo un acontecimiento el festejo que dura por lo menos una semana.

El clima era agradable todo el año, por ser un lugar con una altitud con 1800 m. sobre el nivel del mar. Los rostros de sus pobladores son chapeados por el clima imperante.

Guillermo, caminaba como ausente entre los lugareños; realmente le importaban un comino sus festejos, llegó unos días antes y estaba de paso; haría un sondeo de mercado para ver la posibilidad de establecer una maquiladora de ropa en las afueras de la ciudad y que pudiesen trabajar en ella gente del pueblo.

Además, se encontraba muy deprimido porque unos días antes de abandonar la ciudad de Guadalajara para hacer su trabajo, Aída, su novia de más de dos años a quien pensaba proponerle matrimonio, decidió irse a Alemania a perfeccionar el idioma y… no se iba sola; un antiguo compañero de la universidad, la conquistó sin él darse cuenta y se iban juntos. Fue un duro golpe que recibió antes de irse a Encarnación; no quería saber nada del amor y perdió la fe en las mujeres.

Su desencanto lo hacía pensar que nada le gustaba; tan solo mostraba interés por su trabajo, tal vez era una forma de huir de su realidad, equilibrarse…

La gente que se cruzaba con él, a veces lo testereaba, pero Guillermo no reparaba en ellos; se dirigía a su hogar provisional, una vieja casona colonial que estaba a unas seis cuadras de la plaza principal; le gustaba caminar y respirar esa paz que en Guadalajara no tenía por el ritmo de vida; sólo que el recuerdo de Aída taladraba en su mente…

Al llegar al viejo portón de la casa, lo recibió doña Calixta; era nieta del último caporal de aquella magnífica casa que había pertenecido por más de trescientos años a la familia Velarde; sus últimos dueños eran dos ancianos y vivían en Zacatecas; nunca quisieron habitar aquella mansión porque decían que estaba llena de recuerdos dolorosos y viejas historias que deseaban olvidar…Guillermo pensó: “Todo en este lugar huele a misterio; si pudiéramos leer en estas gruesas paredes los secretos que guardan sería interesante. La vieja portera, parecía adivinar sus pensamientos; le sonrió y sólo le dijo.

-¡Ay joven Guillermo! A veces se me cargan mis fantasmas y quisiera platicar con alguien. Una de estas tardes nos sentaremos frente a una taza de chocolate y le contaré… ¡Esta casa está

viva! Miró a Guillermo con nostalgia apoyando su rugosa mano sobre la de él diciéndole: No sé por qué sus ojos, me recuerdan a… otros ojos que creí haber olvidado.

Una lágrima inexplicable rodó por la mejilla de la vieja y sacudiendo la cabeza, entró a su habitación que era la primera a la derecha de aquella casona tradicional con un patio central rectangular y en torno a él, un corredor sostenido por columnas que abrigaban las puertas originales de cada cuarto. Se conservaban iguales, por fortuna se salvaron inexplicablemente de los ataques de la Independencia y la Revolución. Al fondo de la casa había una puerta que comunicaba con el área de lo que un día fue el establo y las cuadras. Según doña Calixta, en muchos años nunca se había abierto después del incendio, afortunadamente no llego a la casa porque cayó providencialmente un aguacero que lo contuvo; sólo dañó las habitaciones de los trabajadores. Cuando la portera hablaba de ello, sus ojos se llenaban de miedo y cambiaba el tema asustada. Sólo Dios sabe qué secretos se ocultan en el tiempo. Guillermo alcanzó a escuchar cuando la vieja se quitó de la cintura el manojo de llaves que siempre llevaba para colgarlo en una vieja alcayata en la pared. La escuchó murmurar: ¡Esos ojos del joven Guillermo!…

La noche ya había caído; el joven no deseaba salir a cenar como de costumbre, en una fonda cercana; tanta gente y tanta alegría, eran un insulto para su estado de ánimo… Frente a la casona había una panadería donde hacían pan dulce horneado en leña, compraría una o dos piezas y las disfrutaría en la soledad de su habitación con una aromática taza de café; en su cuarto tenía una cafetera.

Se regresó y atravesó la calle para comprar su pan y se regresó a su cuarto que estaba a dos habitaciones del de la portera; normalmente toda la casa estaba a oscuras, solo se prendían los focos del frente. Al parecer era el único que rentaba, el aviso era reciente. Abrió aquella puerta magnífica y pesada con una llave que debía tener…tal vez más de cien años; era increíble cómo se había conservado todo.

Conectó su cafetera con una extensión; al parecer no querían romper nada de las paredes originales y él lo entendía. Después de disfrutar su café, se asomó por el postigo de la puerta y vio el cielo despejado; en el horizonte una luna casi llena, lucía en un cielo despejado dando un aspecto mágico a aquella casa; decidió salir a explorarla obedeciendo un impulso inexplicable de curiosidad, la luna estaba bellísima e iluminaba todo cubriéndolo de una luz blanca y magnífica.

Salió de su cuarto y, extrañamente, dejó de escuchar el bullicio de la ciudad, se hizo un silencio casi mágico; sus pisadas resonaban por el corredor y Guillermo admiraba cada puerta, cada maceta de talavera antigua rebosante de helechos, se veían algunas imágenes de San Hipólito en azulejo colonial en algunas paredes. Al llegar a la habitación de la esquina, se detuvo en seco; lo sorprendió escuchar sollozos femeninos, alguien lloraba desconsoladamente. Sabía que la casa estaba sola, entonces se atrevió a asomarse por el postigo y vio la habitación iluminada por velas blancas en candelabros antiguos ¡Era sumamente extraño! porque al parecer por aquella habitación el tiempo no había transcurrido y se quedó estacionado en otra época; la mujer que lloraba era muy joven y vestía con ropa de… otros tiempos – ¿Está bien señorita? ¿La puedo ayudar?

Guillermo tocó la puerta y se abrió; no tenía llave, el joven se sorprendió y se atrevió a dar unos pasos dentro de aquella habitación que lo cautivó porque pareció transportarlo a otro tiempo; la muchacha dejó de llorar un momento y miró con sorpresa a Guillermo diciéndole entre lágrimas ¡No! ¡No puedes ser tú! Por qué me hacen esto ¡No puede ser!

Guillermo se quedó desconcertado y ella se levantó del sillón junto a la mesita donde lloraba; se le acercó; la luz amarillenta de las velas, daba a la escena un aspecto sobrenatural. La joven, de tez blanca y ojos negros, grandes y bellos, con ternura acarició su cara; los vuelos de su vestido azul, rozaron las piernas de Guillermo; ella lo miró fijamente a los ojos haciéndolo estremecer y sin más, salió corriendo, mientras sollozaba sin parar; destacaba en su espalda su cabellera negra ondulada y suelta que llegaba a media espalda.

Guillermo se quedó petrificado por unos instantes y cuando por fin salió de aquella habitación, el corredor estaba desierto y de la chica, ni un indicio…

Fue un encuentro extraño y estrujante; los ojos de aquella muchacha se clavaron en el pensamiento de Guillermo quien volvió a su habitación mirando hacia aquel cuarto de la esquina más de una vez; no entendía nada de lo que había pasado, sin embargo, sentía en su mejilla el aroma de un perfume a jazmín que emanaba de aquellas manos. No, no había soñado, el encuentro fue real y… extraño. Pensó que al día siguiente le preguntaría a Calixta quién es esa joven que lloraba con tanto dolor y… a dónde pudo haberse ido.

Se puso ropa de dormir y se dispuso a descansar, sin embargo, abrió el postigo de su puerta para mirar hacia aquel cuarto de la esquina donde sostuvo el extraño encuentro; la luna estaba en el punto más alto y miró el reloj; eran casi ¡Las doce de la noche! A él le pareció que había pasado poco tiempo; la luna apenas asomaba en el horizonte y… ya era media noche. Un estremecimiento le recorrió la espalda cuando vio a la joven que entró a su cuarto y en seguida, las luces mortecinas de las velas se apagaron. Sólo se escuchaba en la calle el ulular del viento que anunciaba lluvia y gruesos nubarrones taparon la luna; la voz de las lechuzas de vez en cuando se escuchaba en los escasos árboles cercanos. Guillermo cerró el postigo y se tendió sobre su cama. Esa noche durmió mal; se confundían en sus sueños la silueta de Aída alejándose y los ojos de aquella mujer que dejó en su mejilla aroma de jazmín.

A la mañana siguiente, caminó como de costumbre a su oficina y al pasar por el balcón de aquella habitación de la esquina que daba a la calle, de nuevo aquel aroma; no alcanzaba ver por el opaco cristal de aquella ventana protegida por una forja negra centenaria y un poco oxidada por el tiempo y la falta de mantenimiento. Apresuró el paso; no quería pensar en eso, lo esperaba mucho trabajo, el ir y venir de los transeúntes lo distrajo y continuó su camino. La oficina de la empresa que lo contrató estaba en la segunda planta de un edificio colonial frente a la plaza; cerca de las tres de la tarde, bajó a comer algo; después de pagar la cuenta, se quedó unos momentos en la plaza y vio a la mujer sollozante de la noche anterior atravesando la plaza, sin pensarlo la siguió y la vio entrar a la iglesia, se abría paso entre la gente para dirigirse a una pequeña puerta al lado del altar mayor, entró sin mirar atrás, Guillermo la siguió, abrió la puerta pero no había nadie, todo estaba oscuro y olía a humedad, al parecer nadie había entrado en mucho tiempo, sin embargo, se escuchaban sus sollozos. Después de unos momentos sintió que alguien le tocaba el hombro con suavidad y una voz femenina le decía: Esa zona está fuera de servicio, no puede entrar; era la sacristía, pero desde que … ¡bueno! No tengo qué darle explicaciones, ahí no puede entrar.

Guillermo, más desconcertado que nunca, salió de la iglesia y se fue a su casa; era imposible que pudiera trabajar. Caminó de regreso entre procesiones y música acompañada de la algarabía de la gente. Al entrar a la casa, se sintió aliviado; el ruido lo abrumaba. Calixta lo recibió con una sonrisa nostálgica. -En poco tiempo te he tomado cariño, muchacho, no entiendo por qué me haces recordar… a otra persona.

Guillermo aprovechó el momento y le dijo: -Esta casa me gusta mucho; podría mostrármela, veo que tiene muchas llaves, deben abrir todas las habitaciones; cuénteme sus viejos secretos es increíble que esté tan bien conservada a pesar del tiempo.

Con sus ojos brillantes, Calixta le dijo: -Me encuentras de buenas y a ti no te puedo negar nada; deja que me apoye en tu brazo y vamos a regresarnos un poco en el tiempo.

Una a una fue abriendo aquellas habitaciones que guardaban vestigios de otros tiempos y contándole historias de amores y desamores; todo se veía viejo, deteriorado y lleno de polvo. Al llegar al cuarto de la esquina, Calixta se detuvo un momento; tomó una llave, pero de inmediato con una expresión de dolor le dijo: -Esta habitación no se ha abierto en muchos años y no tengo la llave, además, ya me cansé, me duelen las rodillas; vámonos de aquí, lo único que te mostraré es el comedor principal; sólo se usaba en ocasiones especiales, está al lado de esta habitación. Pasó de largo por aquella puerta pero Guillermo percibió el olor a jazmín, sin embargo, no dijo nada.

La vieja abrió una puerta de dos hojas que dejó ver un comedor antiguo para más de 20 personas; a pesar de su deterioro por el tiempo y la falta de mantenimiento, se veía impresionante y fastuoso; con grandes candelabros de bronce ennegrecidos y unas sillas de madera de cedro talladas a mano con elaborados adornos. Guillermo se quedó inmóvil viéndolo todo e imaginando la vida de sus habitantes hace muchos años. Calixta había recobrado la compostura y prácticamente jaló al muchacho pidiéndole que regresaran; amenazaba lluvia y debía de cerrar las habitaciones en uso. -Vamos muchacho, que tengo mucho qué hacer.

A la entrada de la casona, frente a la habitación de Calixta, estaba una acogedora cocina y un pequeño comedor usado por los últimos habitantes de aquella casa; se usaría cuando hubiera más inquilinos, por lo pronto, sólo estaba Guillermo, la vieja lo invitó a tomarse con ella una taza de chocolate caliente. Calixta interrogó al joven y supo que su madre era de Guadalajara y su padre, era de Encarnación, pero nunca hablaba de su vida ni de su familia; murió cuando él era un adolescente. El rostro de Calixta palideció al escuchar lo de su padre, cambió el tema. Guillermo, se despidió y se dispuso a retirarse a su habitación. CONTINUARÁ

More articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisement -spot_img

Las ultimas

- Advertisement -spot_img