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miércoles, junio 19, 2024

HISTORIAS DEL ÉBANO

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POR: VALENTÍN ORTÍZ REBOLLOSO

* Hoy, uno de esos zalameros me invitó ir a beber un cafecito y poder charlar sanamente.

Al ir caminando hacía el café, me hizo varias preguntas sobre el porqué del atraso en algunos aspectos importantes del pueblo y que consideración de parte mía le merecían sus planteamientos. Antes me contó ficciones transformacionales de éste, lo escuché con suma civilidad.

Estábamos por llegar al café, cuando le detuve su verborrea, le enfaticé que consideraba como mentiras lo por el vertido.

Lo que tú me argumentas en defensa de lo indefendible, es porque tu posición de zalamero eso te dicta. 

No aguantó mi argumentación y un poco molesto con mis apreciaciones se olvidó de la invitación.

 ¡Otro día, hay nos vemos, estamos pendientes!

¡A mi importa una chin… el pueblo, los otros y las otras, mientras yo  gane, me vale!

Eso fue  lo último que le alcance escuchar, «El  Camilo» el perro que se salvó de ser envenenado por  las prontas acciones  de los  vecinos, le ladró con furia.

¡Quítate de mi camino perro, tú has de ser de uno de los resentidos que no nos quieren!

Cuando el zalamero se retiró, «El Camilo» otra vez se dispuso a continuar con su dormitada.

*

Cuando el territorio que comprende el Cerro de «La Dicha» era un gran bosque de árboles y plantas de distintas especies que producían salvadores alimentos, fue hermosa poesía… Hoy solo es contracultura creada por el mismo ser humano, que aun sabiendo que la naturaleza por cada pequeña destrucción, nos regresa golpes en contra con demasiada fuerza. 

¿Qué valores humanos tenían los hijos venidos de la China?

Siendo niño, una mañana en que ayudé al viejo Sam Loo en su pescadería 

Con gran tristeza lo escuché hablar en su idioma materno de que en el futuro, los grandes árboles frutales sembrados por sus hermanos de nacionalidad, bajo la complacencia de los gobernantes serían talados.

Mi padre le solicitó a Don Sam con un “no nos chingues” y dinos las palabras… que hoy les transcribo.

Mi padre fue muy amigo del viejo Sam Loo, y de su familia. Recuerdo que hasta los primeros galenos del pueblo, recomendaban visitar el bosque que a las faldas del cerro existían, que cuidaran su flora y su fauna.

En ese cerro existieron plantas medicinales, que han aliviado los achaques de gobernantes de gabachilandía.

Mi padre murió años después que el viejo Sam Loo y siempre por el elevaba sus oraciones.

Don Sam Loo salvó de la hambruna al pueblo al fiarles alimentos a los trabajadores en aquella  huelga contra las compañías extranjeras. Algunos nunca le pagaron y aún después, sin resentimiento por la deuda, les continuaba fiando alimentos.

Un  día propusimos que para honrar la memoria del hombre venido de otras tierras y de gran corazón para con el pueblo que tanto quería, las autoridades, construyeran una plaza y levantaran un busto en su honor.

Lamentablemente, las autoridades hicieron caso omiso y sí, por el contrario, repartieron las áreas verdes a sus canchanchanes por los favores recibidos.

Sí hubiera autoridades, leales, honestas y amorosas para con su pueblo, este pueblo hubiera sido ya declarado pueblo mágico y ejemplo de armonía y pujante progreso social.

Ésas áreas verdes pueden regresar al pueblo para con ello, honrar al viejo Sam Loo y a Don Jesús Leos Torres, héroe de las luchas por la nacionalización del oro negro del Ébano.

Fotografía del archivo de la Familia de «Los Mexicanos”

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