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domingo, mayo 22, 2022

LA CUESTA DE LA CRUZ

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POR: CÉSAR SOLANO VEGA

Dolores Quintero nunca se enteró de aquella carta. En cuanto Elena Linares terminó de leerla, la hizo cachitos y los esparció por toda la casa como un remedio para inundar los espacios con el alma del hombre que más había querido en su vida. Fue por esas fechas cuando volvió a llover. Los vientos de marzo acarrearon unas nubes aguaceras que terminaron por inundar todo, que llenaron las calles de charcos y destiñeron las paredes pintadas con cal y arrancaron de raíz los arboles más débiles. Estuvo lloviendo semanas enteras. A veces, cuando parecía terminar la lluvia, la gente salía a reparar sus cosas, acomodaban las plantas y cocinaban una que otra gallina muerta, y cuando parecía que todo volvía a la normalidad, la lluvia regresaba igual o más fuerte que los días anteriores. Y entonces sucedió que después de unas semanas, de vivir entre los olores de la humedad y animales muertos, pasó aquello que estaría en los rumores del pueblo; la muerte de Dolores Quintero, acostada en su hamaca donde había salido a llorar su soledad y donde la habrían de encontrar los primeros que escucharon los gritos desgarradores de Elena Linares, pidiendo auxilio por la única mujer que había pasado de la guerra a la paz.

Con la muerte de Dolores Quintero terminaron las lluvias de marzo, sin embargo la humedad persistía. Los olores a perro mojado, a gallinas muertas, lo inundaba todo de tal forma que, de no haber sido porque Elena Linares a diario buscaba a Dolores Quintero para llevarla a comer, ésta se hubiera pasado semanas enteras muerta sobre su hamaca antes de que los olores detestables comenzaran a percibirse. La encontró igual de radiante que siempre, con sus manos pálidas apoyadas sobre su vientre donde siempre juró llevar la carga de sus pesares. Sus parpados estaban cerrados y en sus labios se dibujaba una sonrisa que a cualquiera hizo suponer que se había muerto a conciencia, bajo la única seguridad de renacer en un lugar donde se aliviarían todos sus males.

Fue a la primera persona que se le rindió un novenario en todo San Gabriel. La gente moría y se le hacía un pequeño funeral que no iba más allá de unas cuantas personas que lloraban por un peso ajeno, después se alejaban y no se volvía a visitar al muerto hasta los primeros días de noviembre o nunca. Pero con Dolores Quintero fue diferente.

Elena Linares, que por aquel tiempo había cosechado una pequeña fortuna con la venta de sus esquites, agarró sus ahorros de la vida y organizo una pequeña ceremonia  a donde por tres días seguidos se veló el cuerpo de Dolores Quintero, con la única razón de mantenerla en casa antes de que su mausoleo estuviera terminado. Al funeral asistió tanta gente, que fue difícil que todos se despidieran de ella y solo se optó por dejar una flor como muestra del cariño que todos juraban tener. Fueron nueve días de duelo donde la gente de todo San Gabriel iba a rezar las oraciones que se extendían hasta dos horas para esperar el café que con agradecimiento Elena Linares les daba. Fue tanta gente la que asistió al novenario, que Elena Linares tuvo que volver a contratar servidumbre para que nadie se quedara sin cenar, y tuvo que mandar traer las sillas de todas las casas y comprar un altavoz para que el mensaje del guía espiritual fuera escuchado por la última persona, que siempre cambiaba de ser, más nunca de lugar. Fue la única vez en que toda la gente de San Gabriel se juntó para festejar un novenario. Después llegaron las fiestas de mayo y el pueblo se llenó de puestos algodonales, y el mausoleo de Dolores Quintero, de las hormigas que habían viajado desde los restos de Augusto de la Fuente.

A pesar de los enredosos misterios del corazón, que presienten las cosas segundos antes de suceder, Ernestina nunca presintió la muerte de sus padres. Carecía de ese instinto por la simple razón que desde la tarde que Álfaro se le metió por los ojos, su corazón dejó de presentir cosas para entregarse en cuerpo y alma al único hombre que amaría en toda su vida. Pero Álfaro lo presintió, y si guardó el secreto solo fue para no regresar a San Gabriel. Sabía que Ernestina regresaría a como diera lugar, guiándose con las marcas que habían trazado en línea irregular sobre cada árbol que encontraron por si había necesidad de regresar. Sabía que se quedaría en San Gabriel para siempre, que una vez terminado el novenario visitaría todos los días el sepulcro de su madre para llevarle flores en agradecimiento a su fidelidad. Por eso Álfaro guardo el secreto que cada vez era más difícil de ocultar por las preguntas de Ernestina.

-¿Qué habrá sido de mi madre?

 La Cuesta de la Cruz seguía siendo el pueblo olvidado, con sus casas de adobe que se iban desmoronando lentamente, y sus lamentos nocturnos que más allá de infundir el miedo en Ernestina, se habían convertido en sus únicos momentos de conversación. Entre esos lamentos y platicas eternas, llegó a conocer una mujer que noche tras noche atravesaba la calle, entraba a la iglesia, y se confesaba en un lugar que no tenía religión. En una de esas noches Ernestina la siguió, y aunque la sombra aquella no dio muestras de nada, Ernestina supo que sabía de ellos, lo supo el día que la siguió hasta iglesia, cuando se detuvo a un lado de la puerta para escuchar esa voz que parecía vivir por la resonancia de sus palabras.

-Perdóname señor por todos los sacrificios que he hecho para intentar poblar el pueblo, que no ha conseguido otra cosa, que la usurpación de unos imbéciles enviados por el abandono de Melquiades. Pero pronto se irán, agarraran sus cosas y huirán al saber que aquí no pueden vivir.

A pesar de las suplicas de Ernestina, Álfaro nunca le creyó nada, pues desde que llegaron a La Cuesta de la Cruz, Ernestina comenzó a cambiar tan drásticamente que llegó el momento en que Álfaro la creyó loca, principalmente cuando le aseguraba que el pueblo vivía en almas penando por un descanso que sus rezos nunca les darían. “son almas negras, que atraviesan las paredes y vienen por las migajas del Padre Nuestro que les toca. Por eso me levanto todas las noches y rezo hasta que el sueño me envuelve”, y Álfaro la abrazaba, asegurándole que eran ilusiones suyas y que más allá de la muerte, no existía otra cosa que los restos de un cuerpo devorado por los gusanos. Pero Ernestina por más que intentaba entenderlo, no podía. Las sombras regresaban noche tras noche, acompañadas de unos tristes lamentos que solo ella podía escuchar. Fue una de esas noches cuando creyó reconocer la figura de su madre. Un grupo de sombras entró al cuarto y formaron dos filas en los extremos de la cama. Al centro, una sombra reciente, brillante, le hizo pensar que se trataba de alguien conocido. Intentó saber quién era, agudizo la vista y cuando estaba a punto de levantarse para mirarla mejor, la figura de sombras conocidas extendió los brazos y Ernestina gritó al creer que iba morir. Álfaro se despertó de un sobresalto y abrazó a su mujer que hablaba de su muerte como si hubiera sucedido….

Nunca supieron quién era la mujer que noche tras noche entraba a rezar a la iglesia oraciones olvidadas. Ernestina un par de veces trato de afrontarla con cualquier pregunta, pero de inmediato desistía al temer que fuera la mujer que una noche se le había presentado en sueños para abrirle los brazos. Por su parte, Álfaro a pesar de las pocas veces que la llegó a mirar, nunca quiso acercarse a ella al creerla la hermana de Melquiades, la que había dejado de cinco años, y a la que por ningún motivo pensaba dar el mensaje del viejo, ni nortearle el camino a San Gabriel, por la simple razón de haberlo olvidado.

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