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viernes, marzo 1, 2024

RECUERDO

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POR:  MARISOL VERA GUERRA

Pues yo confieso que de niña siempre quise tener una Barbie; las pocas veces, en aquella época, en que pude tocar una, me fascinó la textura de su cuerpo, sentir las articulaciones de las piernas moverse abajo del hule. Nada se parecía a esa sensación, ni siquiera la del papel burbuja o la del unicel que a veces llegaba a la puerta, metido en cajas, protegiendo algún misterioso objeto. 

Cada vez que mi mamá abría un regalo, una enciclopedia recién comprada, un perfume, una caja de zapatos, o cuando se ponía a organizar su closet, yo esperaba ansiosa y feliz para apropiarme de esos tesoros que caían al suelo: cajitas, papeles de colores, botellitas con tapa de rosca, tubos de cartón… (Mi casa hasta la fecha sigue siendo un almacén de objetos curiosos y vacíos: la bolsa de papel donde venía el sushi; los recipientes de lágrimas artificiales ya sin lágrimas; la botella en la que tomé un jugo de moras comprada en el aeropuerto de Panamá; el frasquito de sake traído de una tiendita japonesa en San Antonio, un guaje comprado por mi mamá en el mercado de Huejutla). 

Pero la sensación de tocar y mirar la delicadeza de las extremidades de la muñeca me atraía más que cualquier otra. Cuando llegaba a tener una Barbie en mis manos, pasaba mucho rato observando sus dedos en miniatura y la particular postura de sus pies. Envidiaba a la niña que de pronto aparecía para llevársela. 

Cuando iba a cumplir 7 años, mientras mi mamá hacía la lista de compras para el festejo, globos, platos desechables, bolsitas para envoltorios, le dije espontáneamente, no me hagas fiesta, sólo cómprame una Barbie. Pero me hicieron la fiesta con todo y grillo cantor incluido, que no me gustaba. Y por alguna razón nadie, en ese ni en algún otro cumpleaños, me regaló la ansiada muñeca. Veía con ansiedad cómo en las fiestas de cumpleaños de otras niñas abrían una tras otra montones de Barbies que acabarían trepadas en un clóset. 

Las muñecas que a mi mamá le encantaba regalarme eran las de tela, con carita de plástico, o las que tenían forma de bebé, porque (decía) eran las muñecas que a ella le hubiera gustado tener de pequeña.

Mi madre nunca tuvo un juguete en su infancia. Desde los 7 años había tenido que trabajar para mantenerse y para comprarse sus útiles escolares, cosa que estaba normalizada entre niños y niñas en condiciones de pobreza extrema. Yo no me imagino a mi hija Latika sobreviviendo sola un día.

Ahora pienso que tal vez no lo dije con suficiente fuerza, tal vez mi mamá ni siquiera me oyó cuando dije que no quería la fiesta, que quería una Barbie. 

Pero cuando tuve a mis hijas les llegué a comprar todas las Barbies que me pedían (o al menos las versiones económicas para las que me alcanzaba). Hace dos días pasé con Morgana por el área de juguetería del HEB y me dijo, melancólica, que ya casi no le gustan los juguetes (a diferencia de mí, que creo, no me van a dejar de gustar nunca), pero en ese momento sentía ganas de comprar uno. Pasó mucho tiempo observando unas casitas llenas de muebles en miniatura. Me dijo, tengo que confesarte que nunca me gustaron las Barbies, solamente las pedía porque quería construirles una casa llena de muebles. Desde que era muy chiquita, ha sido una de las pasiones de Morgana construir casas de cartón. A Latika en cambio le encanta hacerles ropa a las muñecas (Cosa curiosa que yo me vi orillada a estudiar corte y confección en la secundaria, cuando lo que quería era dibujo técnico «para hacer casitas», pero no me dejaron porque «eso era de hombres», y bueno, fui un desastre como costurera). 

Cuando me fui a vivir a Tampico para estudiar la universidad una de las primeras cosas que hice fue comprarme una Barbie. La tuve conmigo hasta que nació mi hijo, entonces mandé todos mis juguetes a casa de mis padres porque no sabía muy bien dónde iba a vivir durante los siguientes años. Nunca volví a verla. Nadie sabe darme razón de ella ni de mi carrusel musical, que también desapareció. Han pasado 15 años y cada vez que voy a la casa de mis papás, repaso con la mirada los rincones, como por descuido, con la esperanza de que la única Barbie que he tenido en mi vida esté allí, sentadita, esperándome.

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